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La economía circular necesita una vuelta

La Comisión Europea debe actualizar la normativa de reciclado para continuar avanzando en la reutilización de materiales

La retirada de 80 documentos, tales como propuestas de directiva o de revisión, que anunció el pasado 16 de diciembre la Comisión Europea, indica, cuando menos, una aproximación pragmática del nuevo gobierno comunitario a los retos que le esperan. Se han tomado la molestia de ver qué había por los cajones. En ese viaje ha encontrado bastantes atascos, como muestra el que muchos de los documentos retirados indiquen como causa de esa misma retirada un escueto “obsoleto”. En un mundo burocratizado como el que más, hay que reconocer que han tenido valor.

Entre esos documentos había un paquete de revisiones de varias directivas europeas referentes a residuos, reciclado y en particular la revisión de la directiva de envases, conocido como paquete de economía circular, cuya retirada va a provocar sin duda un buen número de reacciones.

La realidad es que desde muchos sectores este paquete se había considerado algo así como un regalo envenenado de la Comisión saliente a la entrante, al tratar de cobijar bajo un paraguas cada vez más discutido de economía circular una mezcla de conceptos difusos y sobre todo algunos disparates técnicos que parecían indicar que en muchas de esas revisiones el conocimiento había dejado paso a los buenos deseos.

Seguramente eso mismo habrá ocurrido en muchos otros casos entre los documentos restantes, pero me voy a centrar en lo que contenía la revisión de la directiva de envases y residuos de envases que había conseguido poner de acuerdo —en contra, naturalmente, que son los acuerdos mas fáciles de conseguir— a sectores bastante dispares.

En primer lugar está la economía circular en sí. Hace tres o cuatro años que este término parece haber sustituido en el lenguaje —sin ninguna razón aparente— a la palabra reciclado , que consiste ni más ni menos que en volver a introducir en el ciclo productivo materiales que se han empleado para fabricar cosas y que se pueden volver a utilizar. Ese mismo nombre ya es algo confuso de por sí, porque, abrazado sin pudor, se ha venido utilizando para cuestiones tan peregrinas como promover que el agua una vez utilizada se vuelva a aprovechar, como si no fuera algo que la naturaleza lleva haciendo desde que existe el planeta y el agua empezó a correr por encima y por debajo de su superficie, evaporase y volver a caer sobre nosotros, haya sido cuando haya sido ese momento.

Hoy sabemos aprovechar mucho mejor los recursos una vez utilizados; en contra quien dice que sólo nos dedicamos a “usar y tirar”

El hombre siempre ha aprovechado lo que podía, notablemente en épocas de escasez, y los avances realizados en ese aprovechamiento, como en cualquier otra faceta de la actividad humana, han venido como consecuencia del ingenio y la expresión organizada de esas facetas de la inteligencia que en términos comunes llamamos ciencia y tecnología.

Hoy sabemos aprovechar mucho mejor los recursos una vez utilizados; en contra de lo que se ha propagado interesadamente desde muchos foros como acusación indiscriminada a la humanidad de que sólo sabemos “usar y tirar” el reciclado de todo tipo de materiales ya es un compendio de tecnologías avanzadas, aunque muchas veces también desconocidas para el gran público. En los países desarrollados cada vez hay una mayor recuperación de las materias primas utilizadas, en forma de materias primas secundarias (me gustaría que el concepto de secundaria se asociara a la segunda vez que una cosa se utiliza y no a una peor calidad) mientras en países en vías de desarrollo esa recuperación, desgraciadamente en muchos caos llevada a cabo sin ningún respeto por el medio ambiente o la salud, está dando lugar a una nueva economía. Por cierto, remediar esta última carencia del sistema debería ser la prioridad absoluta antes de intentar seguir refinando los métodos más refinados de recuperación, como pretendía entre otros una de las propuestas de directiva ahora retiradas.

Así pues, ante la oportunidad de empezar de nuevo, siempre aprovechando la mayor parte de lo que el trabajo anterior ya tenía de valioso, me gustaría destacar un par de cosas a mejorar. La mayor virtud de la directiva de residuos de envases fue en su momento, hace 20 años, alertar de los riesgos de seguir por el camino del usar y tirar sin perder de vista que los argumentos medioambientales no deberían usarse para establecer barreras artificiales al movimiento de bienes y servicios. Establecer unos objetivos de reciclado, aunque fueran modestos, para los envases usados, fue un auténtico acierto, y de hecho la mayor parte de los países avanzados, incluyendo por supuesto a España, ha hecho esfuerzos notables por cumplirlos y los ha cumplido. De ello dan fe los grados de recuperación alcanzados que, cuando se promulgó aquella directiva, muchos creímos estratosféricos. Tampoco hay que dejar pasar que la relación entre el PIB y el consumo de materiales a partir de minerales y nuevas materias primas cada vez es menor, precisamente por la creciente importancia del reciclado de materiales a todos los niveles y muy especialmente en el caso de los metales.

Sin embargo este mismo objetivo ha chocado con un importante inconveniente, ya que dejó en libertad a los países miembros la elección del método de medida. En un negocio basado en el peso hay que especificar que el kilo debe estar certificado por el kilo patrón, cada uno no puede elegir lo que le parece más o menos un kilo. La principal debilidad de la ahora retirada propuesta de revisión era la insuficiencia de previsión sobre el modo en que cada país debía medir las cantidades recicladas. Si medimos con varas distintas, difícilmente podríamos comparar si reciclamos lo mismo, más o menos.

Establecer unos objetivos de reciclado fue un auténtico acierto. La mayor parte de los países avanzados los han cumplido

Otros de los defectos tienen que ver con la homogeneización que se ha pretendido buscar entre países distintos. El problema de un vertedero en un país con 70 habitantes por kilómetro cuadrado es muy distinto del que se plantea en otro donde la densidad es cuatro veces mayor y a su vez de otro donde el subsuelo es agua y no tierra. Estando de acuerdo en que el vertedero debería ser el último e indeseable destino para los residuos lo importante es definir en qué condiciones deben gestionarse y no en eliminarlos por completo, entre otras razones porque algunos países que presumen de tener residuo o vertido cero lo que hacen es trasladar el problema a países terceros.

Algo parecido pasa con la idea de eliminar o reducir al mínimo la valorización energética, que en países nórdicos se ha manifestad como una de las maneras más sostenibles de gestionar determinadas fracciones de residuos con alto poder calórico.

También esperamos que se utilice algo mas el sentido común para, en la propuesta que se desarrolle en los próximos meses, reconocer que algunos materiales que forman parte de los envases en muy pequeña cantidad no deberían tratarse igual que otros de alto peso, ni imponer que componentes minoritarios de algunos de ellos sean tratados como envases independientes a la hora de cumplir objetivos, en contra de una práctica que es de las cosas que no tenían discusión en la directiva aún en vigor.

La manera de agrupar los materiales también requiere sin duda que se le de una vuelta: por ejemplo se pretendía mantener bajo el nombre “plástico” a una variedad de materiales que suman en Europa cerca de 20 millones de toneladas, mientras se quería desglosar el concepto “metal” en dos apartados, acero y aluminio, que equivalen en peso al 20% del total de plásticos, y de los que uno de ellos el aluminio, a su vez sólo representa el 10% en peso.

Así pues, esperamos que el pragmatismo del que ha hecho gala la nueva comisión se transforme en hechos y se llegue a una legislación sensata que haga bueno el término que da título a estas líneas: economía circular.

Miguel Aballe es físico y director de la Asociación de Latas de Bebidas.