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EDITORIAL

Un caso de encarnizamiento

El ayuntamiento está dispuesto a gastar lo que sea necesario para que nadie hurte un sólo céntimo al parking regulado

Un caso de encarnizamiento

Cuando se analiza con detalle la gestión pública se observa que está sostenida sobre el principio radical de desconfianza hacia el ciudadano. Esta ley ineludible implica además que la tasa de desconfianza es directamente proporcional a la proximidad; se comporta de forma más recelosa un Ayuntamiento que una autonomía o un Ministerio. Analícese el caso del Ayuntamiento de Madrid. El Servicio de Estacionamiento Regulado del Consistorio ha lanzado a las calles cinco automóviles provistos de una aparatosa tecnología que escanea las matrículas de los coches estacionados en zona azul y verde; comprueban a través de un depósito informático central, abastecido de datos por los parquímetros en los que es obligatorio introducir la matrícula; se cercioran de que han pagado la tasa y, en caso contrario, conminan al vigilante que pasea comprobando los tickets a que multe al presunto infractor. ¿Es o no es un caso de encarnizamiento que dilapida los recursos ciudadanos?

Obsérvese la redundancia de la decisión municipal, imputable a algún concejal desocupado. Como queda dicho, se desconfía del ciudadano; después, se recela de los vigilantes, sobre quienes pesa la sospecha de condescendencia o distracción; por último, se transmite el mensaje de que el municipio está dispuesto a exprimir hasta los últimos diez céntimos que esconde, por prisa, inadvertencia o desafío de menor cuantía, hasta el último de los conductores. No bastan los controladores, que, con estos coches oteadores, quedan en evidencia; hay que aumentar el gasto para demostrar a los madrileños que nadie puede escapar del ojo ubicuo del parking regulado.

Un modismo británico parodia esta política desquiciada: Pennywise and poundfoolish (los que vigilan hasta el último penique y despilfarran las libras). Ni pestañean cuando heredan una deuda de 7.000 millones, pero persiguen al infractor de calderilla; no tienen dinero, ni iniciativa, para limpiar el aire de Madrid, pero aprueban planes agobiantes para el ciudadano; no saben tomar medidas drásticas —cerrar el centro de la capital—, pero se encelan en las cominerías. Si tuvieran a Robocop (o drones), lo usarían para cobrar multas.

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