Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

¿Una generación secuestrada?

Al mundo le queda por ganar la guerra de las discriminaciones contra las niñas

El 14 de abril de 2014, el grupo terrorista islámico Boko Haram secuestró a 276 alumnas de la escuela secundaria pública de Chibok, al norte de Nigeria. Muchas pudieron escapar, pero 219 siguen cautivas y no se conoce su paradero.

Tan profundas son la desesperación y la desolación que sienten sus padres que están considerando la posibilidad de declarar a sus hijas “presuntamente muertas”. La tradición local manda que los funerales se celebren cuatro meses después de la pérdida de los seres queridos, para dar a las familias tiempo para elaborar el duelo. Las muchachas llevan más de cinco meses cautivas.

Nadie puede negar la angustia indescriptible de las familias al no saber si sus hijas han sido violadas, torturadas, traficadas fuera de Nigeria o tan siquiera si están vivas. El resto del mundo siguió andando, pero para estos padres cada mañana es el inicio de un día más de angustia y resignación. Las esperanzas son cada vez más débiles.

Lograr el regreso de las muchachas sanas y salvas no parece empresa fácil. Lanzar una operación militar para rescatarlas sería muy arriesgado. Se cree que a las niñas las separaron en grupos, de modo que un intento de rescatar a un grupo pondría en peligro a las otras. Se habla de que el Gobierno negocie un trato con los captores, pero esta idea también entraña grandes riesgos.

Incluso si al final todas las niñas vuelven a casa, ya nada será igual para ellas o sus familias; y para algunas, ya es demasiado tarde. Siete padres relativamente jóvenes han muerto de infarto o derrame cerebral, y es probable que la tensión intolerable que padecían haya contribuido a este desenlace.

Pero en medio de tanta desolación brilla un rayo de esperanza. Aunque no sabemos qué será de las niñas que todavía están cautivas, 15 de las 57 que escaparon de sus secuestradores ya están de nuevo en la escuela, desafiando las amenazas de Boko Haram de regresar y raptar a más estudiantes. Otros cientos de miles de niñas en el norte de Nigeria están demasiado asustadas para ir a la escuela, pero estas no se dejan acobardar, y están decididas a compensar el tiempo perdido.

Parece que el mundo no está suficientemente indignado, excepto los jóvenes mismos

Esta exhibición asombrosa de coraje y determinación de estudiar debería inspirarnos a todos en la lucha contra la discriminación. Para apoyar y alentar a más niñas a asistir a la escuela a pesar de las amenazas de secuestro, se lanzó en Nigeria la Iniciativa por Escuelas Seguras, cuyo objetivo es financiar diversas herramientas defensivas, de comunicaciones y de seguridad que ayuden a calmar el temor de las niñas de ir a un lugar donde deberían sentirse protegidas.

Lamentablemente, la respuesta del mundo a las solicitudes de donaciones ha sido lenta y mezquina. Esta indiferencia es similar a la que ya vimos ante otros llamamientos recientes a la solidaridad internacional; por ejemplo, para colaborar con la escolarización de refugiados sirios en el Líbano. Una falta de interés que denota bastante insensibilidad, si se piensa que el coste de dar educación a un niño refugiado no supera los ocho dólares por semana.

Parece que el mundo no está suficientemente indignado, excepto los jóvenes mismos. Ellos son los más afirmativos a la hora de defender un derecho, el de recibir educación, que supuestamente deberían defender los adultos. Fue especialmente alentador ver a los cientos de embajadores de la juventud que, llegados de 100 países, se reunieron hace poco en Nueva York para pedir el cumplimiento de este derecho y apoyar la campaña Bring Back Our Girls en Nigeria, que aunque hoy es la iniciativa más visible en la lucha contra la discriminación de las niñas, es sólo parte de un creciente movimiento global de jóvenes a favor de los derechos democráticos.

La lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, que alcanzó su apogeo en los sesenta, combatió el prejuicio racial y la discriminación fronteras adentro y se opuso al colonialismo en el exterior. Pero al mundo todavía le falta ganar una guerra de liberación: la guerra contra el trabajo, el matrimonio y el tráfico infantil, y contra la discriminación de las niñas. Ninguno de estos males se terminará hasta que la educación básica sea universal y obligatoria, como es en Occidente desde hace más de un siglo.

La campaña por las 219 muchachas nigerianas secuestradas por querer ir a la escuela es una batalla representativa de esta lucha por la libertad. Una lucha que ganaremos algún día, ya que ninguna injusticia puede durar para siempre. Pero para las niñas que faltan y para sus seres queridos, es una lucha que hay que ganar lo antes posible.

Gordon Brown, ex primer ministro de Reino Unido, es enviado especial del secretario general de las Naciones Unidas para la educación mundial.

Traducción: E. Flamini.

© Project Syndicate, 2014.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS