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LA CUARTA PÁGINA

Una celebración incompleta

La mayoría de los países en transición del mundo se estancan o asisten a preocupantes retrocesos en su acceso a la democracia. Aun así hay que festejar este sistema político, tal como propone la ONU para hoy

Una celebración incompleta

Uno de los mayores logros políticos del siglo XX ha sido sin duda la expansión de la democracia en el mundo. Las revueltas en Túnez y Egipto en 2011 dieron pie a una oleada de transiciones democráticas, libertades políticas y prosperidad económica en regiones en las que el autoritarismo, la represión y la corrupción habían imperado durante décadas. A pesar de esto, gran parte de las expectativas creadas en torno a estas rápidas y heterogéneas transiciones se han visto frustradas. Una vez más, en 2014, Freedom House se ha hecho eco no de mejoras, sino de alarmantes retrocesos en la mayoría de los países en transición democrática.

Aunque el número de personas que puede acudir a las urnas en 2014 es más elevado que nunca, los analistas sostienen que “la democracia parece estar estancada en el mundo, por no decir en franco retroceso”. Aun siendo esenciales en una democracia, las elecciones son tan solo una herramienta para hacer posible la democracia. De acuerdo con la resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que estableció el Día Internacional de la Democracia que hoy se celebra, la democracia es un sistema que se basa en “la libre expresión de la voluntad del pueblo para decidir su propio sistema político, económico y social; así como su plena participación en todos los aspectos de la vida”. Hoy en día la ciudadanía quiere expresar su voluntad de manera amplia y profunda en “todos los aspectos de la vida”, no solo con un voto cada cuatro o cinco años. La democracia representativa no parece hoy capaz de dar respuesta a la creciente demanda de participación directa, y el resultado es un desencanto cada vez mayor.

A esta “cuarta oleada” de democracia, supuestamente impulsada por la primavera árabe, le han seguido una serie de conflictos dramáticos en la región, sobre todo a partir de la frustrada revolución en Siria; en Europa, con el conflicto Rusia-Ucrania como expresión más grave; así como distintos modos de reprimir la libertad de expresión (también online) desde Latinoamérica hasta Oriente Medio, entre otras manifestaciones de deterioro de la democracia. El mundo, por tanto, parece estar dando tumbos de una crisis a otra. Aun existiendo ejemplos esperanzadores en Myanmar, Indonesia, Colombia, Túnez y zonas del África subsahariana, la tendencia global está aún muy lejos de ser favorable. Nuevas y en ocasiones sutiles formas de populismo y comportamiento autoritario se están imponiendo en varios países, con independencia de que hubieran alcanzado un buen nivel democrático. El resurgir del terrorismo de grupos extremistas islámicos no solo continúa contaminando la política exterior, sino que puede acarrear un debilitamiento aún mayor de los derechos individuales y valores democráticos al obligar a los Gobiernos a hacer frente al binomio libertad-seguridad.

Ningún diagnóstico pesimista debe desanimar el pensamiento y la acción democrática

Si estas tendencias perturbadoras se agravan, el futuro de la democracia estará pronto en peligro. Pese a la significativa reducción de la pobreza global, la desigualdad dentro de cada país está exacerbando la tensión política en el plano doméstico. El crecimiento de las clases medias en países y regiones emergentes ha facilitado el acceso a la educación y a la tecnología a cientos de millones de ciudadanos. Sus necesidades y expectativas se han disparado y presionan persistentemente a las debilitadas instituciones públicas. Por un lado, los nuevos movimientos prodemocráticos, a menudo impulsados por las generaciones más jóvenes, utilizan las redes sociales y las nuevas tecnologías de comunicación para generar los valores de una democracia global. Por otro, la crisis económica que empezó en 2008 ha creado tensiones, particularmente en las democracias consolidadas donde la asentada clase media está experimentando un drástico empeoramiento de su nivel de vida. Las expectativas de los ciudadanos se están viendo frustradas a tal ritmo que las instituciones comienzan a resquebrajarse.

La gobernanza democrática de la economía es un concepto relativamente nuevo. Aunque para muchos la democracia tiene solo una dimensión política, el eje de la acción de gobierno hoy es la economía, y esta no puede sustraerse de las peticiones de mayor participación ciudadana. El libre acceso a la economía de mercado es clave para el futuro de este sistema. El fin de la relación de exclusividad que mantenían el capitalismo y la democracia conlleva una reconsideración del papel del capitalismo en la democracia. Los países democráticos deben demostrar que son capaces de crear las condiciones necesarias para una vida digna para todos y hacerlo mejor que los países no democráticos donde la economía de mercado ya se ha instaurado.

Hoy en día, la democracia se enfrenta a otro peligro, aparentemente “externo”. La democracia actual necesita no solo ser sostenible como la mejor forma de gobierno, sino que también debe asegurar un planeta sostenible por el bien de las generaciones futuras. De nuevo, los ciclos electorales presionan hacia el cortoplacismo precisamente en un momento en el que lo que se necesita desesperadamente son compromisos duraderos. Un pacto global, económico y social estable es esencial si queremos que nuestros recursos, nuestra tierra y aire puedan seguir permitiendo que la humanidad exista.

La progresiva fragmentación de la toma de decisiones (consecuencia y factor determinante de la democracia moderna) provoca dificultades en la efectividad, a pesar de estar tanto las sociedades como sus dirigentes cada vez mejor informados. Mientras la crisis en la democracia se manifiesta en diferentes partes del mundo, las similitudes entre las regiones nunca han sido tan evidentes. La gente tiene ansias de movilidad, interacción y participación dentro y fuera de las fronteras nacionales, pero a menudo la defensa de las identidades conduce a la exclusión y la radicalización. No parece tratarse de una reacción pendular, sino de procesos simultáneos y contradictorios.

Las desigualdades dentro de cada país están exacerbando las tensiones políticas

Como Miembros del Club de Madrid, estamos convencidos de que la gobernanza democrática es la respuesta. El buen gobierno determina nuestras vidas como individuos y miembros de una comunidad y organiza la utilización de recursos y de la economía en general. En este sentido, la democracia debe generar una colaboración entre diferentes sectores para proteger nuestros derechos y preservar los ecosistemas a la vez que se crean oportunidades de negocio para todos. Estamos convencidos de que solo la democracia y no otra forma de gobierno puede afrontar con éxito este reto poliédrico y hacerlo con la participación de todos.

Durante los próximos meses, el Club de Madrid, junto a varios socios y colaboradores de diferentes partes del mundo, liderará un proyecto participativo y colaborativo, Next Generation Democracy, que tiene como objetivo revertir las señales de deterioro e impulsar la democracia en todo el mundo. Sobre la base de un profundo análisis de las tendencias en el desarrollo democrático de las distintas regiones del mundo desde el año 2000, el proyecto identificará líneas de continuidad y ruptura previsibles, proyectando los resultados hacia 2030. Asimismo desarrollará programas regionales y globales que recogerán valores y prácticas innovadoras e ideas transformadoras para el logro de una democracia efectiva.

Ningún diagnóstico pesimista debe desanimar el pensamiento y la acción democrática. Celebremos hoy la democracia, pero hagámoslo reconociendo que queda aún mucho por hacer y que la contribución de todos es imprescindible. Tal y como destaca este año el Día de la Democracia, nuestro propósito no tendrá éxito sin la implicación activa de los jóvenes como líderes futuros y presentes de la democracia.

Vaira Vike-Freiberga, expresidenta de Letonia, en nombre de los 97 expresidentes y primeros ministros miembros del Club de Madrid.

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