Para el turismo árabe, la primavera es el invierno

Aviones obligados a reprogramar rutas, maravillas ancestrales vacías... La ola revolucionaria que recorre el Magreb y Oriente Próximo ha redefinido uno de los destinos más atractivos del planeta

Un empleado del Hotel Le Meridien Pyramids, en El Cairo y cerca de la célebre pirámide de Guiza, limpia las instalaciones que antes la geopolítica limpió de turistas
Un empleado del Hotel Le Meridien Pyramids, en El Cairo y cerca de la célebre pirámide de Guiza, limpia las instalaciones que antes la geopolítica limpió de turistasMartin Sasse (Laif)

Mediados de agosto de 2012. El vuelo 562 de Air France París-Beirut sobrevuela el aeropuerto de la capital libanesa. Se le ha denegado el aterrizaje por disturbios violentos en los alrededores del aeródromo, en una zona controlada por el partido-milicia Hezbolá. El avión es redirigido a Ammán (Jordania), donde es imposible llegar a través del espacio aéreo de Israel, legalmente en guerra con su vecino mediterráneo. Tampoco es posible sobrevolar Siria hasta Jordania y, sin embargo, el vuelo aterrizará en Damasco, una capital en guerra desde que estalló en 2011 la revolución contra el caudillo Bachar el Asad a imagen de los levantamientos de Egipto, Libia y Túnez, y donde las sanciones internacionales contra el régimen obligan al comandante a pedir a sus pasajeros dinero en efectivo para pagar el repostaje y llegar a Chipre. Tras una noche en el pequeño país-isla, el vuelo aterriza un día después en la pista a orillas del confín oriental del Mediterráneo.

Ni las exenciones de impuestos que convierten al país en un gigantesco duty free considerado paraíso fiscal por las autoridades europeas amortizan el sinvivir que provocan tres años de guerra a las puertas, más de 170.000 vecinos muertos, dos millones de refugiados y los puntuales atentados

Ese día en que la Primavera Árabe entró de lleno en el anecdotario de la aviación comercial, el agua que baña Beirut estaba calma, una leve bruma se estancaba en las montañas verdes que encierran la otrora perla de Oriente Medio y hacía, como cada agosto, un calor húmedo de mil demonios. A diferencia de otros veranos, sin embargo, el ajetreo en el aeropuerto libanés se había reducido considerablemente merced a las alertas lanzadas por varios países a sus ciudadanos ante la inminencia de un contagio de la violencia en Siria.

Desde entonces, la situación no ha mejorado. Líbano, su mar, sus montañas verdes y sus ruinas romanas y alejandrinas plantadas en el corazón de Oriente Próximo, una de las regiones más inestables y atractivas del planeta, sigue pagando el pato de lo que empezó siendo una oleada de revueltas de ciudadanos hastiados ante la tiranía de sus apoltronados líderes y acabó en un terremoto del que no se atisba el final de la sacudida.

“Lo que más nos afecta es la decisión de los gobiernos del Golfo árabe recomendando encarecidamente a sus ciudadanos que eviten Líbano por razones de seguridad”, esgrime Roger Eddé, uno de los mayores empresarios hoteleros del país y principal impulsor de la refundación de la ciudad fenicia de Byblos, un oasis reconstruido a golpe de su propio talonario. “Los árabes del Golfo gastan diez veces más que europeos o libaneses en hoteles y resorts de lujo”. Con un patrimonio descuidado y una costa a menudo oculta a los cazadores de postales, Líbano se deja querer por las fortunas ansiosas de menguar en las boutiques que salpican el reconstruido downtown y que llegan desde Kuwait, Arabia Saudí o Catar para ocupar suites de lujo también en los hospitales que se anuncian junto a restaurantes y hoteles en las pantallas frente al asiento del avión.

Vistas del Burj Khalifa (Dubai), el edificio más alto del mundo
Vistas del Burj Khalifa (Dubai), el edificio más alto del mundoMartin Sasse (Laif)

Pero ni las exenciones de impuestos que convierten al país en un gigantesco duty free considerado paraíso fiscal por las autoridades europeas amortizan el sinvivir que provocan tres años de guerra a las puertas, más de 170.000 vecinos muertos, dos millones de refugiados y los puntuales atentados dirigidos, sobre todo, contra Hezbolá por su implicación al otro lado de la frontera siria. Desde 2010, el país del cedro ha perdido más de la mitad de sus turistas. Ni los hijos pródigos de la diáspora guerracivilista ni los “sospechos habituales de la élite libanesa adictos a los resorts de playa y jardín”, según Alice Eddé, esposa del magnate, están de humor. “¡Nuestras famosas fiestas con duchas de champán sin fin no se ven por ningún lado!”.

2010, Café de Prague, Beirut, en la versión 'hipster' del clásico “cantando en batín en un tren en llamas”
2010, Café de Prague, Beirut, en la versión 'hipster' del clásico “cantando en batín en un tren en llamas”Eddie Gerald (Laif)

Las tuberías burbujeantes de los Eddé no son las únicas que se han resentido. El estallido de la Primavera Árabe ha estancado un crecimiento en toda la región, desde el Magreb hasta el Levante mediterráneo, que la Organización Mundial del Turismo (OMT) situaba a la vanguardia del globo, con un 6,5% de media de aumento anual en la llegada de turistas para el Norte de África entre 1995 y 2010, y un imbatible 10,5% en Oriente Medio. Desde que estallaran las primeras protestas en Túnez y Egipto, imanes para guiris sedientos de un exotismo que mezcla ostentación relativamente accesible, aguas cálidas durante casi todo el año y la superposición de capas y capas de historia, cultura y civilizaciones, ambos países recibieron una estocada mortal.

“La situación tras los eventos que arrancaron en Egipto, Túnez, Libia y otras partes del mundo árabe (…) ha tenido un impacto directo en el turismo de la región”, reconoce el secretario general de la OMT, el jordano Taleb Rifai. “El efecto ha sido más serio en los países con un historial de mayor dependencia y apoyo al sector turístico”. Pero no todos han perdido, aclara: “Un tercer grupo de países, entre ellos los Emiratos Árabes Unidos, Omán o Catar, se ha beneficiado e incluso ha crecido”. Solo Dubai, que adolece de un clima tan extremo como la pompa de sus resorts y hoteles salidos de la nada, ya ha superado en número de visitantes a muchos de sus vecinos, con un aumento del 10% anual en 2012 y 2013. “Si sabes a lo que vas, Dubái no está mal”, conviene Miguel Ángel, profesor español afincado en Beirut, “te permite lujo a mucho mejor precio”.

El maná dubaití y el páramo cairota

No ha sido fácil ni siquiera para la tierra bañada de petrodólares. El pequeño emirato en el extremo del Golfo Pérsico ha resistido la amenaza de bancarrota provocada por la construcción de algunas de las infraestructuras más delirantes del planeta. Su oferta de piscina con pulserita y centros comerciales temáticos que acogen hasta un hotel alpino con vistas a la mayor pista de esquí cubierta del mundo, culmina en fantasías de islas con forma de palmera y archipiélagos artificiales que encierran el mundo entero. Es una competencia, más que dura, casi excesiva hasta para los oasis de corales a orillas del Mar Rojo, donde se miran, cara a cara, Egipto, Jordania e Israel.

La historia se repite en Turquía, el quinto país más visitado del mundo y el preferido por los turistas musulmanes, según el informe sobre el Estado de la Economía Islámica 2013 elaborado por Thompson-Reuters. En Estambul, donde los niqabs, abayas y halabiyas se cruzan en el aeropuerto con los ombligos descocados y espaldas al aire de los veraneantes, carteles y pancartas en la céntrica plaza Taksim anuncian una antigua Constantinopla de gala en pleno Ramadán, como si de Madrid en Navidad se tratase. Las ofertas de fin de semana o de Eid (la festividad que pone fin al mes de ayuno) en hoteles de cinco estrellas con menú especial de iftar y restaurantes halal donde se cumple el precepto islámico de no servir alcohol o cerdo, han robado una buena mordida de turistas árabes a otros países como Egipto, hasta ahora meca de la comunidad muslim-friendly con hospedaje específico para familias y hasta piscinas segregadas por sexos.

Más de 4,5 millones esquivaron Egipto en 2011 debido a las protestas contra Hosni Mubarak

De vuelta por El Cairo, hasta las pirámides han perdido su tirón. La marabunta humana que fluía desde los autobuses de touroperadores que organizaban excursiones a Guiza ha desaparecido, dejando al viajero la dura tarea de apartar como moscones a los guías improvisados que prometen recontar la historia de camino a la única maravilla de la antigüedad que sigue en pie. Hoy, las tres moles más famosas de la historia se erigen sobre un páramo de arena que deja una sensación parecida a la que debió tener Napoleón la primera vez que recorrió los poco menos de tres kilómetros que las separan de la esfinge, con la excepción de verse rodeado de un puñado de colegiales locales y no de la caballería imperial.

La escena se repite en cada lugar emblemático de la capital egipcia, por cuyas callejuelas deambulan caballos macilentos que antes paseaban en calesas a los exploradores de pantalones cargo y sandalias con calcetines. La escena, y las preguntas. El desconcierto desolador de los cairotas se cuela en interrogatorios sobre las razones por las que dos extranjeros pasean, cámara al hombro, por el empedrado de la ciudadela, donde la antigua cárcel, aún usada en la época de Mubarak, asegura el guarda, se ha convertido en atracción turística, con maniquíes que reproducen las condiciones de presidio, y culmina con un “gracias por venir”, como si tres años hubiesen borrado el recuerdo de camisetas de tirantes y hombros pelados al sol del desierto.

Occidente ya no es imprescindible

Más de 4,5 millones de personas esquivaron la patria de los faraones en 2011 debido a las protestas que acabaron derrocando a Hosni Mubarak y encumbrando a un rais tras otro (léanse el islamista Mohamad Morsi, vencedor de las elecciones de 2012, y el general golpista Abdelfatah Al Sisi, presidente electo en 2013). Desde entonces, el Nilo casi se ha vaciado de cruceros desde los que observar uno de los más fantásticos derroches de la naturaleza, que se derrama en vegetación a los pies de un desierto con piedras capaces de desatar todo tipo de ensoñaciones sobre la fundación extraterrestre de la humanidad.

Sonría, está en el aeropuerto de Dubai y han puesto el aire acondicionado. En abril se anunció un plan para ampliar su capacidad en un 30%.
Sonría, está en el aeropuerto de Dubai y han puesto el aire acondicionado. En abril se anunció un plan para ampliar su capacidad en un 30%.Shawn Baldwin (Getty)

“Estamos mejorando”, comenta Dylan Saleh, una velada estudiante de Historia que pide hacerse una foto con los dos únicos turistas occidentales que merodean a principios del pasado diciembre por el patio central de la mezquita del sultán Hasan. “Cuando las cosas se calmen, volverán los turistas”, pronostica con reconocida melancolía esta excelente alumna de inglés y aspirante a guía profesional que va buscando interlocutores extranjeros con quienes practicar.

Es una de las caras más duras de la era posrevolucionaria. Para el 13% de los trabajadores egipcios, el turismo era la principal fuente de empleo, según datos del Consejo Mundial de Turismo y Viaje. El hundimiento del sector ha disparado un paro incapaz de recuperarse con la afluencia de los trotamundos, generalmente low-cost, ante quienes se abre ahora la posibilidad de redescubrir unos encantos a menudo eclipsados por una miríada de flases aficionados. La pequeña ventana abierta en 2012 a la recuperación se frustró súbitamente tras el derrocamiento, el verano siguiente, de Morsi y las brutales matanzas en los campamentos de sus partidarios. El polvo volvió a las vitrinas del expoliado Museo Egipcio, donde Mohamed se afana en chapurrear entre inglés, español e italiano excusas que quiten hierro a las barricadas montadas a las puertas y a las alas cerradas por reconstrucción.

Los árabes del Golfo gastan diez veces más que los europeos. y sus duchas de champán ya no se ven Roger Eddé, uno de los mayores empresarios hoteleros de Líbano

Algo parecido se vive en Túnez, la cuna de la Primavera Árabe. Las previsiones más halagüeñas del Gobierno ponían por encima de los siete millones el número de visitas esperadas para 2014, en consonancia con los datos registrados antes del inicio de las revueltas que acabaron por mandar al exilio al entonces presidente Ben Ali. A diferencia de Egipto, Líbano o Jordania, donde el turismo interior y las miras hacia el mercado islámico (especialmente el de los países del Golfo) y oriental (rusos e israelíes encabezan el ranking de visitantes en Egipto y Jordania, respectivamente, mientras el mercado asiático es el que más ha crecido en origen) dibujan un panorama en el que pronto europeos y americanos serán, hasta cierto punto, prescindibles, el Ministerio de Turismo tunecino aún confía en recuperar la tradicional cuota francesa.

El miedo es el primer enemigo

Jóvenes motorizados en marzo de 2014 en la capital de Túnez
Jóvenes motorizados en marzo de 2014 en la capital de TúnezGuenter Standl (Laif)

“La situación no es buena”, se queja Rached Daghfous, ingeniero de paso en Beirut y vecino de Hammamet, la Marbella tunecina. “Necesitamos que vengan turistas, los de aquí no tenemos dinero [para hospedarse en resorts], aunque contamos con los libios, que no son turistas, son refugiados, pero tienen dinero porque poseen petróleo”. La situación del país que vio partir a Amílcar Barca desde la legendaria Cartago condensa los vaivenes a los que la Primavera Árabe, en su primigenia andanza de décadas de dictadura hacia la democracia, ha sometido a sus escenarios.

Daghfous conversa un día antes de volver a casa para celebrar la recta final del Ramadán y a pocas horas de conocerse la muerte de 14 soldados en el ataque más grave perpetrado contra el Ejército desde su independencia. Pese a que la comunidad internacional ha aplaudido su ejemplo de transición política, sucesos puntuales han liquidado uno tras otro cada amago de recuperación. Ocurrió en 2013, tras los asesinatos de dos líderes de la izquierda en la oposición, y ocurrirá, previsiblemente, este año, tras el ataque al convoy militar, pronostica Daghfous antes de lanzar un SOS contra la paranoia: “Ha sido [el atentado] en el sur, lejos de la costa. Hammamet es seguro”.

El miedo es, precisamente, la clave en toda la región. “[El sector] debería promover una idea clara sobre la tranquilidad y la seguridad en Jordania y vender Jordania como ‘una isla de calma en un mar de caos”, reivindica Mamoon Allan, doctor del departamento de Desarrollo Turístico y Arqueología en la Universidad de Jordania. “Creo que el país se ha visto claramente afectado por todo este fenómeno; la imagen mental de los turistas internacionales es conjunta y mezcla Jordania con otros países erráticos de Oriente Medio. Es una cuestión del estereotipo general sobre toda la región”, apostilla por correo electrónico.

El país, donde entre 2011 y 2012 se reprodujeron algunas manifestaciones que obligaron al rey Abdulá II a realizar cambios constitucionales y de Gobierno para intentar contener cualquier conato de revuelta, ha pagado el precio de constituirse en un destino empaquetado que los turistas extranjeros podían disfrutar en ruta hacia Siria o Israel. Su gran reto es convertirse en un destino donde la vista del Tesoro desde el siq, el cinematográfico pasadizo que utilizó Harrison Ford para llegar en la película En busca del arca perdida hasta la espectacular portada de la ciudad nabatea de Petra, no rivalice con países fronterizos capaces de aguarle la fiesta.

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