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TRIBUNA

Un manifiesto equivocado

Hay que defender la racionalidad democrática y las soluciones pactadas

Podría ser el arranque de un episodio de El ala oeste de la Casa Blanca a escala local. El jueves 10 llega a manos del presidente Rajoy en formato Pdf una carta del presidente Mas y el viernes 11 de julio a la una del mediodía el presidente Mas recibe en su móvil una llamada del presidente Rajoy. Al menos desde el mismo jueves se ha puesto en marcha la difusión de un manifiesto firmado por algunas de las mejores cabezas de este país, empezando por Vargas Llosa. Y sin embargo el texto introductorio y la motivación misma del manifiesto contienen una insólita dosis de nacionalismo a la defensiva: la defensa de una hegemonía amenazada por otro nacionalismo. El manifiesto llega con algunos de los mejores caballeros, pero no entiendo que el nacionalismo español los necesite y menos aun entiendo que semejantes nombres asuman de ese modo la defensa del Estado.

A mí me parece que los caballeros deben proteger a los débiles, a las damas fermosas, a los niños desvalidos, a los ancianos indefensos y las causas justas. Quien vive en la indefensión y la vulnerabilidad, quien está a un paso de vivir una injusticia irreversible, no es el Estado español ni es la Generalitat de Cataluña. Quienes viven en esas condiciones de exposición pública al riesgo son los ciudadanos españoles y los ciudadanos catalanes que asisten estupefactos a la pelea de gallos de dos nacionalismos con vocación hegemónica y suficientes mayorías parlamentarias. Cualquier analista fiable está de acuerdo: el precio de una posible secesión es caro, es duro, y es amargo. Nadie cuestiona que será oneroso al menos para una generación, para los próximos quince, veinte años de enlentecimiento, de readaptación, de soportar y amortizar (con vistas a un esplendoroso futuro fabulado) las hipotecas de una decisión causada por factores múltiples que atañen a los dos bandos: orgullo, soberbia, conformidad interesada en el enquistamiento o complejo de superioridad desorbitado. Esa es la principal causa que habría que proteger: protegernos de un sistema un tanto sonado, sonado en Madrid y en Barcelona. El bien futuro de la ciudadanía española y catalana es la verdadera causa que necesita los mejores caballeros, y a esa causa este manifiesto contribuye poco. Es más, me parece que llega para minar la credibilidad de un proceso de diálogo o incluso dinamitar la mera posibilidad de restablecer los únicos cauces verosímiles para resolver problemas en democracia. Y llega nada menos que en puertas de la primera ocasión pública en muchos meses en que parece posible retomar las conversaciones políticas ante un problema político que reclama una solución política. Cuando parece que la sensatez empieza a asomar la cabeza en forma de Pdf y de móvil, parte de la mejor nómina intelectual del país decide entorpecer esa incipiente posibilidad de regresar a una mesa y dialogar, pelearse, gritarse y convencerse, pero sin moverse de la mesa excepto para ir al lavabo. Debilitar este proceso se me antoja una irresponsabilidad política en la que muchos no quisiéramos vernos.

No dudo que no está en el ánimo del manifiesto este efecto. Su finalidad es respaldar al Gobierno de Rajoy para que no ceda a ilegalidad alguna ni a chantajes o cambalaches que enturbien la legalidad. Incluso más: que no ceda a soluciones económicas que desprotejan a las zonas más pobres de España en favor de las zonas más ricas, como lo es Cataluña. Pero entre un nuevo concierto vasco para catalanes —que deje fuera a Cataluña de cualquier solidaridad con el resto de España— y el actual desequilibrio fiscal, es improbable que técnicos, economistas y expertos con voluntad política no puedan encontrar una solución pactada y con el menor coste posible para todos (o para la mayoría). El respaldo a la situación actual lo tiene preservado Rajoy con una contundente mayoría absoluta, en plena transición política de la oposición, con una fuerte presión mediática en su favor y con todo el peso de las instituciones, desde el Tribunal Constitucional hasta el más remoto despacho del Estado. Quienes no tenemos dónde agarrarnos somos aquellos que aspiramos a que cada gallo contenga su arrebato o su espolón y procure el bien común más allá de la coyuntura interesada de cada partido, incluidos el PP y UPyD. Este manifiesto no creo que surta el efecto de proteger el bien de la mayoría de los ciudadanos sino lo contrario: contribuirá a multiplicar el recelo instalado en Cataluña (en sus instituciones y en buena parte de su ciudadanía) como fundamento de las razones para irse e incluso favorecerá la sospecha de que la recentralización que propicia el gobierno del PP no es sólo cosa de retórica política. Yo no he firmado el manifiesto porque no creo ni buena ni útil ni bella la independencia de Cataluña y en cambio me parece que, sin preverlo y sin desearlo, este manifiesto la favorece mientras complica la dificilísima posibilidad de volver cuanto antes a una mesa de negociación. Cuando unas elecciones autonómicas ofrezcan, si lo ofrecen, un resultado abiertamente secesionista se nos quedará a todos cara de tontos. Por razones precisamente democráticas, accederemos sin reservas a dotar a Cataluña de una independencia política si es explícitamente votada en las urnas, tanto si perjudica como si no perjudica los quince o veinte años futuros de España y Cataluña. Quien necesita caballeros andantes es, por tanto, la racionalidad democrática que reclama una solución pactada, no el nacionalismo con pulsiones populistas ni de un lado ni del otro.

Jordi Gracia es profesor y ensayista

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