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“Lo que no es africano es la homofobia”

En su libro '¡Esto no es africano!', Marc Serena hace un recorrido por 15 países para contar historias de personas cuya sexualidad es, en la mayoría de los casos, perseguida y castigada

Marc Serena
Marc Serena

Once años y miles de kilómetros después, Marc Serena (Manresa, 1983) aún necesita regresar a aquel verano de 2003 en Senegal para explicar muchas cosas. Como el hecho de que, a los 25 años, tras mucho ahorrar para comprar un coche, decidiera usar el dinero para recorrer el mundo. O por qué hace tres años dedicó siete meses a cruzar la África en busca de respuestas honestas para preguntas incómodas. “Era un intercambio cultural y me tocó hospedarme en la casa de un hombre que criaba a varios niños”, recuerda. “Un primo suyo venía de visita y dormía con él. Me pareció raro que la gente en Senegal hablase mucho, pero de esto, nadie dijera nada. En esa casa había un secreto que no debía ser mencionado”.

Ocho años después, el periodista volvió a coger la mochila, pero esta vez, para desvelar ese secreto. Lo buscó en 15 países de África. En algunos estaba muy escondido, como en Marruecos, donde ni las ONG quisieron ayudarle. En otros, a la vista de todos, como en Cabo Verde, donde un grupo de transexuales le sirvió de guía por la ciudad de Mindelo. El secreto dejó de serlo a través de su libro ¡Esto no es africano!

“Allí lo clasifican como una lucha por la identidad africana... Dicen que la homosexualidad es importada de Occidente, que antes no se daba en el continente. Pero lo que no es africano es la homofobia, que justifican con leyes de origen colonial”, defiende con una voz a prueba de fisgones. Muy útil a la hora de entrevistar a homosexuales, lesbianas, transexuales e intersexuales en países donde la ley prohíbe el amor entre personas del mismo sexo.

El libro empieza con una visita a la sede de Amnistía Internacional en Rabat, donde Serena acude en busca de orientación para su investigación. El máximo responsable de la delegación le recibe y le da a entender lo difícil que va a ser sacar de su escondite a los más perseguidos del continente: “Nosotros no tocamos ese tema. Aunque le parezca mentira, en Marruecos se puede criticar al Rey. Pero hablar de eso… Imposible”.

“En África, existe una red de lucha clandestina contra la homofobia muy interesante. Una vez entras en contacto con ella, todo es más fácil”, asegura Serena. Así fue como pudo localizar a personas en situaciones tan vulnerables como John, un joven albino de Nairobi. La población albina es discriminada en el continente y ha sufrido una grave persecución a raíz del uso de partes de su cuerpo en rituales de brujería. Su esperanza de vida no supera los 30 años y, sin embargo, John vive más preocupado por que no se descubra su preferencia por los hombres que por los peligros que le acarrea su tono de piel en Kenia. “Él decía que era peor ser gay porque, al menos en el caso de los albinos, la gente estaba más concienciada sobre su persecución. Estaba convencido de que si en algún momento alguien le atacaba por su color, la policía lo defendería. Pero si lo hacían por ser homosexual, más bien se uniría a la paliza”, cuenta Serena.

Entre vidas dobles y encubrimientos, hubo un lugar donde halló un pequeño oasis de libertad: Cabo Verde. “Es el mundo al revés. Allí había un grupo de transexuales a las que todos conocían”. Un día iba con una de ellas por la calle cuando una mujer mayor empezó a reñirla en portugués. “Resulta que su marido había muerto el mes pasado y esta chica no había ido al funeral. ¡La mujer estaba muy enojada! Le preguntó si había tenido algún problema con su esposo. Hay países, como Senegal, donde conocí a un hombre al que su padre quiso matar por ser gay y, en cambio, allí, este grupo estaba tan integrado en la sociedad, que la gente se enfadaba si no asistía a algún evento”.

Este es el segundo libro de Serena que nace de un largo viaje. El primero, La vuelta de los 25, surgió de un recorrido por 25 países entrevistando a personas que, como él en ese entonces, tenían 25 años. Tras haber conocido a cientos de personas en decenas de Estados, aún vuelve a aquel intercambio para explicar qué es lo más importante que ha aprendido fuera de casa: “Unos amigos que se alojaban con otra familia senegalesa abrieron la puerta de su habitación y la encontraron llena de hormigas. Intentaron deshacerse de ellas con un mechero y un desodorante, pero eran demasiadas. Cuando se lo dijeron a la familia anfitriona, esta cogió un puñado de arroz y lo tiró al suelo”. Las hormigas lo recogieron y se fueron. “Aprendí que hay otras formas de ver el mundo y de solucionar las cosas”.

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