Enrique Loewe, el tigre de Serrano

Cuarta generación de la única casa de lujo española, el empresario confía en que su nuevo director creativo, J.W. Anderson, revolucione la moda masculina

Enrique Loewe posa entre el juego de espejos de la exposición 'Fragmentos de historia: 168 años de Loewe', y junto a una de las sillas que diseñó el arquitecto Javier Carvajal para la firma en los años sesenta
Enrique Loewe posa entre el juego de espejos de la exposición 'Fragmentos de historia: 168 años de Loewe', y junto a una de las sillas que diseñó el arquitecto Javier Carvajal para la firma en los años sesentaXimena Garrigues & Sergio Moya

Enrique Loewe (Madrid, 1941) se retiró hace un año y todavía está acostumbrándose. “Ha sido como en 2001: Odisea del espacio, cuando intentan desconectar a HAL 9000. Le van quitando enchufes y pasa de hacer un zumbido, BRRRRRR, a ir bajando, BRRRrrrrrr. Ha sido un lento desvanecimiento del que ha sido el caldo de cultivo de toda mi vida. Un enfrentamiento a otras posibilidades. Tendré más tiempo para dedicarle a la enseñanza y quizás para algún proyecto... de cara a la sociedad. Creo que mi experiencia de casi 48 años en Loewe le puede ser de utilidad a los demás”. Como mínimo, su tiempo de servicio le garantiza que, periódicamente, la casa que lleva su apellido –pero pertenece a LVMH desde 1996– requiera sus servicios como biógrafo autorizado. La úlitma vez, por la exposición Fragmentos de una historia: 168 años de Loewe, que recuperó en clave histórica eso que siempre debería esconder un bonito producto: la emoción. Esta muestra es como una gran magdalena proustiana para el hombre que protagonizó el desarrollo de la enseña durante la segunda mitad del siglo XX. “Está todo, la seda, los bolsos, aquellos escaparates de Pérez de Rozas... Es como una expresión que leí hace poco: slices of life. Trozos de mi vida y de la vida de esta empresa”.

Lo único que se echa en falta es moda masculina, la típica gran ausente cuando la moda se cita en los museos. “Creo que ha llegado el momento de que Loewe haga esa reflexión en serio. Revisando la trayectoria de mujer y tomando partido en la estrategia por definir de las colecciones de hombre. Hay una especie de actitud vergonzosa, de falta de seguridad...”. ¿En el hombre en general? “En el español, en particular. Vamos a dejarnos de chorradas. El hombre español quiere, pero no quiere; puede, pero no le da la gana... y se contenta con el armonioso conjunto que produce el color negro. Somos personajes a la búsqueda de un autor, como la obra de Pirandello. Sí creo que ha habido un paso gigantesco a nivel internacional: Giorgio Armani. Él inventó las prendas desestructuradas, otro tipo de tejidos... Pero creo que J. W. Anderson [el nuevo diseñador de Loewe] está haciendo un gran esfuerzo en esta línea y a lo mejor, por fin, haremos una pequeña contribución al hombre. Quizás incluso al hombre español”.

Vamos a dejarnos de chorradas. El hombre español quiere, pero no quiere; puede, pero no le da la gana... y se contenta con el armonioso conjunto de color negro"

El pasado septiembre, Anderson, un norirlandés de 29 años (conocido tanto por su talento en bruto como por su gusto por diseñar prendas de hombre con aspecto de perversa ropa de mujer) sustituyó a Stuart Vevers, que había sido director creativo de la firma madrileña hasta el marzo anterior. Sin embargo, todavía no ha presentado ningún resultado. “Se lo está tomando... con mucho interés. Me gusta que se haya permitido un tiempo de descanso, habría sido desacertado que se pusiera a diseñar la siguiente colección deprisa y corriendo. Ha tomado aire y ahora veremos la expiración, qué tal es ese aire”, explica Loewe. Se incorporó a la casa que fundó su bisabuelo en 1965 y ha tenido tiempo para sacar sus propias conclusiones acerca de un negocio obsesionado con la inmediatez. Y también sobre su significado: “Las grandes guerras limpiaron tabúes y estereotipos, y permitieron que pensadores como Walter Benjamin definieran la moda como una especie de teoría del eterno retorno: un tigre que se lanza al pasado, coge los slices of life, esos famosos trozos de vida y, pasando rápidamente por el presente, los deposita en el futuro”.

En los años setenta, Armani o Karl Lagereld fueron los tigres de Loewe. “Lagerfeld tenía unos detalles maravillosos. Venía a hacer las colecciones a Madrid e iba cargado con un saco enorme. ¡Eran dos botellas de agua Evian! Porque pensaba que se iba a contaminar…”. Sin embargo, pocos saben que tales luminarias han pasado por Madrid. “Es que antes teníamos cierto pudor, que habíamos aprendido de casas como Hermès. Quién diseña Hermès es algo que se sabe hace cinco días, porque antes era la maison Hermès, y punto. Pues yo tenía que salir a saludar al final de los desfiles, porque éramos la maison Loewe y la maison Loewe solo se encarnaba en ese ser deforme y gordito que soy yo, asomando la cabecita. Bueno, no es verdad, antes no existía esta costumbre tan cómoda de asomar la cabecita. ¡Antes tenías que recorrer la pasarela entera!”. Pasado el tiempo en que los diseñadores eran anónimos y el lujo, un silencioso acto de fe, hemos llegado a la era de la moda convertida en cultura, de la didáctica corporativa. Algo que suena más romántico, y a la vez más lógico, en palabras de Loewe: “Estamos viviendo cinco crisis al mismo tiempo y una de ellas es la del lujo. Porque ya no es lo dorado, lo pesado, lo evidente. Es algo más sutil, más experiencial, relativo a la cultura, al ennoblecimiento de la sociedad y del ser humano. Por eso creo que hay que hacer este tipo de exposiciones, para explicarlo y conocerlo, y conocernos a nosotros mismos”.

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