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EDITORIAL

Consenso obligado

Los partidos de El Salvador deben acatar el resultado electoral y no alentar la polarización

Las elecciones recién celebradas en El Salvador fotografían un país dividido en dos bloques idénticos. Salvador Sánchez Cerén, del izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN, la antigua guerrilla), encabeza el recuento con una diferencia del 0,22% sobre su rival Norman Quijano, de la derechista Alianza Republicana Nacionalista (Arena). Apenas 6.364 votos separan a los dos candidatos presidenciales. Ambos han proclamado su victoria, y Arena, esgrimiendo un supuesto fraude, ha presentado varios recursos ante el Tribunal Electoral, entre ellos una petición de nulidad. En tanto no se resuelvan, no habrá ganador oficial.

Es obvio que un resultado tan igualado siempre dará lugar a conflictos. Pero en el juego democrático, lo único que cabe es ajustarse al cauce institucional. Los partidos tienen el derecho de recurrir a la vía legal, pero también el deber de aceptar el veredicto. Si el sentido de Estado y el juego limpio son siempre exigibles a los representantes políticos, tanto más en un país como El Salvador, que salió de una guerra civil hace apenas 22 años.

Por eso resultan lamentables algunos de los pronunciamientos de Quijano, que ha llegado a apelar a las fuerzas armadas —para estupor de la propia institución, que en estos años ha dado sobradas muestras de su transformación—. El centroderecha, que partió dividido y con una pésima campaña, haría bien en aprovechar el empuje adquirido en la segunda vuelta para modernizar sus estructuras y su estrategia. Y actuar con responsabilidad, si le toca estar en la oposición.

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No menos deberes tiene el FMLN. Si, como parece, repite mandato será gracias a la sobriedad y a la moderación del presidente saliente, Mauricio Funes, un independiente que logró que la exguerrilla, controlada por una facción comunista ortodoxa, llegara al poder en 2009 después de 20 años de derrotas electorales. No ha sido una convivencia fácil, pero la credibilidad de Funes y los amplios programas sociales han pavimentado el camino a su vicepresidente, Sánchez Cerén. El excomandante guerrillero, que en el pasado dio muestras de un dogmatismo preocupante, debe seguir la línea de apertura y respeto democrático que ha prometido, y evitar las aventuras bolivarianas que hasta hace poco aplaudía. Venezuela demuestra adónde conducen los Gobiernos que dividen y polarizan. Los enormes desafíos económicos y sociales de El Salvador exigen consenso político.

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