Euroescépticos

Nigel Farage, líder del UKIP, partido que aboga por un referéndum para sacar a Reino Unido de la UE. Farage es miembro del Parlamento Europeo desde 1999. Así es el viejo continente
Nigel Farage, líder del UKIP, partido que aboga por un referéndum para sacar a Reino Unido de la UE. Farage es miembro del Parlamento Europeo desde 1999. Así es el viejo continenteReuters / François Lenoir

Circular por el centro de Bruselas en hora punta, un día lluvioso, puede ser desesperante. La primera vez que vine a esta ciudad, hace medio siglo, Bruselas era una floreciente capital europea, con un centro algo descosido de resultas de la guerra: espacios verdes y edificios suntuosos, interrumpidos por otros modernos hechos deprisa y sin respeto por el encaje de lo nuevo en lo viejo. Para la Exposición Universal de 1958, famosa por el Atomium que simbolizaba en aquella época incierta lo mejor y lo peor del presente y el futuro, Bruselas había construido una red de túneles urbanos que dejaba boquiabierto al visitante: los automóviles circulaban bajo tierra y la calle era para los peatones. Hoy los túneles siguen ahí, pero la calle es un caos. Esto y los grandes centros gubernamentales de la Unión Europea pervierten la impresión del forastero. La explanada donde me apeo articula varios bloques descomunales. Aquí no es fácil orientarse y he de preguntar varias veces, y otras tantas deshacer lo andado. La gente es amable pero expeditiva. Centenares de personas van y vienen, absortas y apresuradas. La eficiencia parece ser un fin en sí. Esto es un no-lugar, y los de fuera, un estorbo.

Más tarde, en privado y en el curso de una relajada conversación con varios funcionarios, surge la preocupación crónica: cómo hacer que los europeos se sientan europeos. Los datos que aportan justifican el desaliento. Las elecciones al parlamento europeo solo mueven a los descontentos; en muchos países estas elecciones son un mero sondeo para elecciones internas, a veces, un recurso para recolocar políticos desubicados. Por no hablar del euroescepticismo rapante. El resto es rutina y confusión. Suena agorera la palabra desafección.

Me atrevo a sugerir que la cuestión está mal planteada. La Unión Europea fue creada precisamente para desterrar el sentimiento que ahora la propia organización reclama. El orgullo cantonal, la frontera excluyente, la pulsión hegemónica. Dulce et decorum est pro patria mori, como dijo el dulce y decoroso Horacio. Lo contrario es justamente la desafección, la indiferencia y el olvido. Nadie es consciente de su buena salud hasta que la pierde, y lo mismo ocurre con la paz y con la libertad. Pongo el ejemplo de los ordenadores personales. En las primeras décadas de su aparición todas las reuniones terminaban siendo un debate sobre los ordenadores: opiniones encontradas y quejas por las limitaciones y los fracasos. El ordenador era un intruso en la vida personal. Luego eso pasó y hoy todos utilizamos el ordenador con naturalidad, como lo que es: una máquina útil, con sus ventajas e inconvenientes. El proyecto de una nueva Europa cumplirá su cometido cuando sea algo parecido: una máquina en la que nadie piense, en la que todos vivan tranquilos, con plena desafección. Durante dos milenios Europa fue un conjunto de potencias avasalladoras. A hora y media en coche de Bruselas, pueden visitarse los inmensos y melancólicos cementerios de la Primera Guerra Mundial, cuyo centenario conmemoramos este año. Que Europa haya dejado de ser lo que era es una buena noticia para Europa y para el mundo entero. Pero llevamos el antiguo idealismo impreso en los genes y es ingrato pensar que el enorme esfuerzo que se hace en Bruselas consiste en administrar la jubilación de la belicosa emperatriz.

En Bélgica se encuentran algunas de las ciudades más hermosas del mundo. Bruselas no les va a la zaga, pero ha tenido que sacrificar una parte de su encanto para albergar los mastodontes administrativos y el correspondiente enjambre de políticos y funcionarios que impone el aparato. Los rincones apacibles, los encantadores barrios residenciales, los espléndidos parques han quedado fuera. Bruselas es un hervidero de comisarios, parlamentarios, asesores y empleados de alto nivel, gente que pasa las horas en un no-lugar, mientras fuera llueve y el tráfico sigue atascado, trabajando para conseguir una estable, unánime y utópica desafección.

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