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La romántica elegancia de Salacot

El capitán Durrance de 'Las cuatro plumas', aquí encarnado por Wes Bentley en la película de 2002, demuestra el potencial estético de un salacot Ampliar foto
El capitán Durrance de 'Las cuatro plumas', aquí encarnado por Wes Bentley en la película de 2002, demuestra el potencial estético de un salacot

Si hay un elemento de vestuario que caracteriza como ningún otro la aventura y la exploración es el salacot. Escribo la palabra salacot y ya me fluye inmediatamente por las venas un irresistible anhelo de tierras exóticas y grandes peripecias. El salacot, como saben, es el característico e icónico (!) sombrero en forma de casquete para protegerse del sol usado por los exploradores, cazadores, tropas coloniales y aventureros de toda clase en las zonas tropicales. También llamado salakhoff o topi, y conocido en inglés como pith helmet, safari helmet o sun helmet, dotado de una cupulita de aireación en lo alto y orificios a los lados para lo mismo y con una banda alrededor o puggaree (en realidad hay muchos modelos, siendo uno de los más populares en tiempos del Raj el Cawnpore Tent Club), tiene sus humildes orígenes en un sombrero tradicional en uso en Filipinas y fabricado con tejido vegetal. De hecho nuestra palabra salacot procede del tagalo salacsac o salaksak. Realizada esta precisión etnológico-semántica, digamos que, para lo que nos ocupa, nadie ha lucido el salacot como los británicos. Sus militares y exploradores del siglo XIX y principios del XX lo elevaron al rango de objeto simbólico y lo dotaron de esa aura romántica que a mí tanto me puede.

Clásica influencia otomana

Su primera aparición tuvo lugar durante las guerras con los sikhs y su uso se popularizó –por así decirlo– durante el Motín de los Cipayos en 1857 para convertirse, ya en corcho y cubierto por tela blanca y después teñido de caqui, en el tocado característico de las tropas que combatieron en Sudán contra el Mahdi y en Suráfrica contra los zulúes y, luego, los bóers. Es en esos parajes y tiempos inhóspitos, como también en la época del Raj (¡hay que ver cómo les quedaba a los jinetes de The Calcutta Light Horse o al viejo amigo Walter Hamilton, V.C.!), donde el salacot, imprescindible para prevenir insolaciones y dar el toque colonial, se pone de largo y alimenta pinturas, novelas y películas, incorporándose a la procelosa historia de la moda en su tendencia más de campaña.

Llévese con cuidado

Al igual que algunos gustan vestir de Armani, a mí lo que me pirra es ir de Harry Faversham, el héroe de Las cuatro plumas, la novela de A. E. W. Mason, que ha dado pie a varias versiones cinematográficas, y que incluye junto a la casaca el salacot. No les ocultaré que el salacot hay que saber llevarlo. No todos somos Kitchener y no está al alcance de cualquiera portarlo fuera de Jartum, Rorke’s Drift o Majuba Hill (o las recepciones en casa del virrey, o la cacería de leones), sin hacer el ridículo. Yo mismo lo he empleado en Formentera con resultado ambiguo –admiración y risas–. Es útil costumizarlo: los soldados lo tiñeron con té para camuflarlo, los lanceros del 21 le añadieron cogotera, se precisaba un firme barboquejo para el polo, el pig-sticking o el shikar en elefante y en el Camel Regiment era costumbre colocar encima las gafas protectoras para el polvo. En safari, fíjense en cómo lo usaban Theodore Roosevelt, Lord Delamere y Finch Hatton. Era una tradición lanzar el salacot por la borda en Port Said al regresar de la India, un gesto que siempre me ha repelido. ¡Tirar el salacot, Dios mío! Cualquier gentleman que se precie no debe excluirlo jamás de su fondo de armario. Nunca se sabe.

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