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Comprendiendo a Sugar Man

El cantante norteamericano Sixto Rodríguez recoge el cariño del público en Barcelona en un recital muy imperfecto

El músico norteamericano Sixto Rodríguez,  durante el concierto ofrecido en Barcelona
El músico norteamericano Sixto Rodríguez, durante el concierto ofrecido en Barcelona EFE

Había en el Poble Espanyol de Barcelona un ambiente extraño, como de recogimiento. Todos tenían una misma razón para estar allí, la fascinación generada por un personaje sobre el que un excelente documental ha construido casi un mito. Una historia de intriga al servicio de un buen hombre, una persona llena de ética y de valores humanos, de esos que casi se extinguen. De ahí la expectación, no todos los días se ve a un artista querido unánimemente más allá de su propio cancionero. A él se le quiere por lo que ha sido en una vida que mañana alcanza los 71 años. De ahí el ambiente, inusual en un concierto. Porque nadie deseaba una mala actuación.

Pasaban muy poco de las 21.30 y Sixto Rodríguez salía a escena en su único concierto en España. Amparado por dos mujeres, caminó titubeante hasta el micro, vestido de negro gastado y bajo un sombrero desastrado de fieltro, con sus alas caídas sobre la cara, enmarcada por una melena negra. Sixto, el del documental tantas veces explicado en decenas de cenas, el hombre bueno del que todos han querido tener noticia estaba en escena y los aplausos y vítores eran los propios que saludan a una superestrella. Y no lo es, artísticamente, pero por el calor de los vítores del público, más de 5.000 personas, volvieron a recordar que aquello no era un concierto normal, no era el concierto de un artista popular, era el trabajo de una persona honesta recuperada por la justicia poética.

Y de hecho esa es la crónica de una noche en la que en cierto modo lo de menos fue la música. Antes de que comenzase a sonar todo el mundo comentaba agorero lo que había escuchado sobre los conciertos de Rodríguez. Unos decían que hacía conciertos muy cortos, de apenas 20 minutos; otros que bebía demasiado, los más que a sus setenta años no estaba para trotes. Pero todos, absolutamente todos, deseaban con todas sus fuerzas que eso no fuese así, que el mundo diese un respiro a la esperanza y que un hombre bueno bien merecía una buena noche como una buena historia merece un buen final. Aunque sea cierto que un buen final no siempre es un final feliz.

Dejábamos a Sixto en escena, alargando la mano para tantear el micro que sus enfermos ojos no le permiten distinguir. Y empezó a cantar y lo hizo queriendo caer bien, como Guardiola con su alemán. Sixto cantó Malagueña salerosa y se pudo comprobar que su afinación no era la mejor. Pelillos a la mar, Sixto merece confianza, el público la buscaría en lo más recóndito de sus gastadas reservas. La tercera canción, tras Climb on my music, ya alimentó suspiros y aplausos, pues se trataba de Crucify your mind. El color de su voz se mantenía bien, reconocible, pero en cuanto Sixto deseaba subir el tono, las octavas no le seguían, dejándolo abajo. El público se miraba como pasando un mal trago, pero los hombres buenos merecen el perdón de las subidas bajas.

El ambiente seguía siendo especial. Sixto se quitó la americana dejando ver sus brazos emerger de un chaleco, y fue como si se desvistiese Ryan Gosling. Sixto respondía afable intentando hablar en castellano. Y otra versión, esta vez la sacrificada fue Love me or leave me, un estándar cuya selección demuestra que el héroe bueno tiene un valor incluso fuera de la lógica. A pesar de los pesares, más aplausos, porque a esas alturas y dando por sentado que el artista haría todo lo posible por resultar digno, nada rompería el idilio. No al menos esta vez, no en este concierto, no la primera vez que el héroe del documental se hizo carne y fieltro negro.

El concierto ya no tuvo más historia. Canciones sobradamente paladeadas y soñadas I wonder, Sugar man —qué griterío emocionado—, la deliciosa I think of you, se sucedieron entre inesperadas y, dígase bajito, innecesarias versiones como Unchained melody, Fever o Lucille. Tampoco la voz le acompañó, como no lo hizo una banda del montón, en ocasiones demasiado ruidosa, pero los sueños y las esperanzas no se conciben para ser desterradas a las primeras de cambio. La próxima vez, si llega, ya hablaremos. Ayer, durante poco más de una hora, Sixto fue más hombre que artista. Y eso se respetó. Y eso, al menos, fue hermoso.