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EL ACENTO

El delirio interrumpido

El presidente de la Xunta de Galicia anuncia que no se levantarán los dos edificios pendientes de construir de la Ciudad de la Cultura

El delirio interrumpido

Alberto Núñez Feijóo, presidente de la Xunta de Galicia, acaba de anunciar que no se terminarán de construir los dos edificios que faltaban por levantar de la Ciudad de la Cultura, el magno proyecto que Fraga Iribarne puso en marcha a unos dos kilómetros del casco urbano de Santiago de Compostela. Ya se han inaugurado la Biblioteca, el Archivo, el Museo y los Servicios Centrales del complejo. Quedaban por edificar el gran Teatro Auditorio y el Centro de Arte Internacional.

Pero no se llegará al final, se acabaron las pesadillas y el chorreo de dinero: ¡que cese el delirio! No hay que olvidar de qué iba la cosa: en un espacio de unos 148.000 kilómetros cuadrados, habría una biblioteca más grande que la Biblioteca Nacional de Berlín —concebida, además, solo para libros editados en Galicia—, una imponente hemeroteca (ahora convertida en archivo) en tiempos donde todo se consulta en la Red, un majestuoso teatro que permitiera montar tres óperas al mismo tiempo, enormes espacios para recoger el más rabioso arte contemporáneo, etcétera. Todo eso, claro está, para un público aún inexistente.

El asunto debió de atragantársele de tal manera al presidente de la Xunta que obró contra natura, obligando a su grupo parlamentario a secundar una iniciativa de uno de sus enemigos políticos, el BNG: paralizar definitivamente las obras. Del sueño de grandeza quedan las marcas: cuatro monumentos y dos enormes huecos. A Fraga debió ocurrírsele el proyecto hacia 1997, cuando se inauguró el Guggenheim, pues dos años después había convocado un concurso. Lo ganó el arquitecto Peter Eisenman con una filigrana escultórica inspirada en una concha de vieira. Lo advirtió él mismo “Saldrá caro”. No le hicieron caso.

Hubo otros dislates. Al arquitecto lo obligaron a trabajar con piedra gallega, con unas cuarcitas de un pueblo de Lugo. Fueron insuficientes y de mala calidad, así que tuvo que recurrir a unas canteras de Minas de Gerais, Brasil. Cuando ya se habían gastado 400 millones de euros, se abrieron los primeros edificios. Tiempo después eran cuatro gatos los que los visitaban. La gente vendrá, dicen los que no se rinden. Mientras van llegando, el mantenimiento le cuesta al año a la Xunta cuatro millones de euros.

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