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EDITORIAL

Intervenir en Siria

Las potencias occidentales temen involucrarse en un conflicto de perfiles caóticos y difusos

La intervención internacional en Siria puede haber empezado ya, aunque de forma desigual. Por una parte, se han detectado elementos yihadistas, próximos a Al Qaeda, entre las filas rebeldes. Al tiempo, EE UU acusa a Irán de lanzar ayuda militar al ejército sirio por medio de aviones que sobrevuelan Irak y le ha pedido al Gobierno de Bagdad, próximo a Teherán, que lo impida; como si ese devastado país dispusiera de los medios para controlar su espacio aéreo. Francia hace sonar los tambores de una intervención que sería inmediata si el régimen de El Asad llegara a usar armas químicas y sopesa armar a los rebeldes.

Intervenir en Siria sería una apuesta contra los elementos por parte de las potencias occidentales y de los regímenes árabes que pretenden debilitar a Irán en Siria. Los occidentales insisten, comprensiblemente, en actuar bajo la cobertura legal de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, que Rusia y China, en defensa de sus propios intereses, vetan. Pero la ONU pierde peso en este conflicto. Tanto, que el nuevo mediador, el argelino Lakdhar Brahimi, ha calificado su tarea de “misión casi imposible”.

El caos político que reina en la oposición siria, con un abierto enfrentamiento entre el interior y el exterior, no facilita las cosas. Además, la geografía plantea un problema de enorme envergadura de cara a una posible intervención. Nunca le ha resultado fácil a Occidente intervenir en una guerra civil étnica. La de Siria lo es y no tiene buena solución. La elección bascula entre lo malo y lo peor

Armar a los rebeldes plantea el problema añadido de que no se sabe realmente a quién se está armando. Siria no es Libia. Pero en Libia, además de contar con la cobertura marítima y aérea, los occidentales también lograron poner orden entre las fuerzas rebeldes y convertirlas en algo parecido a un ejército. No cabe excluir acciones similares en Siria.

Lo único seguro de la dramática situación actual, que ya ha producido, según Naciones Unidas, más de 20.000 muertos, es que, como ha afirmado el presidente egipcio Mohamed Morsi, El Asad no va a durar. Pero nadie se atrave a vaticinar cuánto y qué reguero de sangre suplementario dejará. El caso es que mientras los occidentales no intervienen por aire, otros pueden estar haciéndolo por tierra en apoyo de una abyecta dictadura. ¿Se llegará tarde una vez más?

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