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EDITORIAL

Cerco a Obiang

El dictador guineano se enfrenta a la presión internacional por el origen dudoso de su fortuna

La Policía Judicial y el Banco de España han descubierto operaciones de blanqueo de capitales llevadas a cabo en España por el dictador guineano, Teodoro Obiang Ngema, y su entorno familiar y político, según la información publicada ayer por EL PAÍS. Un matrimonio ruso estaría sirviendo de testaferro a través de cuentas abiertas en Canarias, por las que habrían transitado varias decenas de millones de euros. Las investigaciones en España no son las únicas a las que está siendo sometido el dictador, cuya fortuna procede de las formidables reservas de petróleo halladas en Guinea Ecuatorial. Estados Unidos y Francia tienen abiertas causas judiciales contra miembros de la oligarquía guineana, entre ellos el hijo y posible sucesor del dictador, Teodorín.

La investigación judicial de la fortuna que Obiang y su entorno mantienen en el extranjero es una de las pocas esperanzas que la comunidad internacional puede ofrecer a los guineanos, sometidos a una feroz e inacabable dictadura por los mismos que esquilman en beneficio propio los recursos del país. El interés por acceder a las reservas guineanas, gestionadas según el capricho del dictador, ha inspirado hacia la excolonia española una política internacional dispuesta a ver avances democráticos donde no hay más que represión apenas disimulada e invariable tiranía. Antes de que Guinea se convirtiese en uno de los principales productores petrolíferos del mundo, Obiang y su entorno estuvieron sometidos a un cerco diplomático que se aligeró a medida que se conocía la dimensión de las reservas de crudo guineanas. Las acciones judiciales en curso en EE UU y Francia, y las que podrían emprenderse en España, exigen el retorno al punto de partida: Obiang y su entorno no pueden pasearse por el mundo y recibir trato de Estado sencillamente porque manejen a su antojo reservas de crudo que no les pertenecen a ellos, sino a todos los guineanos, a los que mantienen en la miseria.

En sus más de tres décadas de poder absoluto, el dictador guineano ha desarrollado una extraordinaria habilidad para explotar los titubeos y las debilidades de la comunidad internacional. El petróleo ha sido en sus manos un instrumento adicional para apuntalar un poder omnímodo y una descarada impunidad. Solo que ahora los tribunales han empezado a actuar donde la diplomacia internacional se mantuvo pasiva. Los guineanos no merecen la soledad a la que se les condenó con esa actitud.

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