Perdonen a Kanye
Muchos queremos creer que el polémico artista es efectivamente un enfermo, que sus estupideces y crueldades se parecen más a la pataleta de un niño asustado que a la mente de un adulto perverso


El gobierno de Zambia lanzó en 1964 un programa piloto espacial, una especie de rudimentaria NASA africana. El objetivo era enviar 12 “afronautas” a la luna, antes incluso que la misión estadounidense. Nunca llegó a suceder, pero aquel experimento prometeico ha sido recuperado después por muchos artistas para reflexionar sobre la discriminación, el poder y el progreso. No sabemos si Kanye West está también al tanto de todo esto. No es descartable para un hombre obsesionado con la estética futurista y tan humilde que perfectamente podría haber dicho de su carrera aquello de “un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”.
Seguramente nunca lo sabremos, pero el rapero de Atlanta apareció este fin de semana embutido en un esponjoso traje espacial en la plaza de toros de Ciudad de México. Las 40.000 personas, que llenaron el recito dos fechas consecutivas, presenciaron durante más de dos horas algo parecido a la fábula de un astronauta negro habitando él solo -con la breve aparición en un par de canciones de su hija de 12 años- un ruedo transformado, en uno de sus monumentales montajes marca de la casa, en el círculo blanco y humeante de la luna.
Llamar lunático al exmarido de Kim Kardashian sería quedarse muy corto para alguien que con 20 años se presentaba a sí mismo como un orgulloso artista afroamericano que quería “vencer la mentalidad de la esclavitud”, llamaba racista a George Bush y se encaraba con Taylor Swift en el escenario de las Grammys por “robarle” el premio a Beyoncé. Y que dos décadas después, convertido ya en una superestrella y una celebridad multimillonaria, llegó a negar los 400 años de esclavitud, se hacía fotos con Donald Trump antes de anunciar su propia candidatura a la Casa Blanca, para despeñarse los últimos años por un barranco de antisemitismo, incluidas las esvásticas en sus diseños de moda y una canción titulada Heil Hitler.
El inicio de esa espiral abominable coincidió además con su desplome creativo y el anuncio de su diagnóstico como enfermo bipolar. Hasta 2016, su discografía contiene un puñado discos asombrosos que ensancharon los límites de la música negra hacia un terreno nada complaciente, más bien incómodo y arriesgado, que marcó un nuevo canon en el pop. Todo eso fue languideciendo y muchos presagiaban que su carrera como músico, diseñador y celebridad estaba definitivamente acabada. Por eso había especial expectación por sus conciertos en Ciudad de México, su regreso a América Latina tras 17 años. Y sobre todo, su primera actuación tras sus disculpas públicas de la semana pasada en las páginas de The Wall Street Journal, la biblia de periodismo de los negocios.
No era la primera vez que pedía perdón por sus boutades, siempre después de algún descalabro económico como resultado. Pero por primera vez, Kanye dio esta semana detalles sobre el diagnóstico de su bipolaridad. Habló del miedo, la confusión, la humillación y el agotamiento. Y de que sus últimas barbaridades fueron producto de una fase maníaca que lo alejó de la realidad y que además no le permitía aceptar su propia enfermedad. Son síntomas que coinciden con el complicado cuadro psiquiátrico de la bipolaridad. Aunque el perdón también ha coincidido con el anuncio de un nuevo contrato discográfico por siete cifras con Gamma, un emporio millonario de un exejecutivo de Apple, para el inminente lanzamiento de su nuevo disco. En los conciertos de Ciudad de México sonaron algunos de los primeros singles, que recuperan la producción bombástica de sus inicios con samples de soul clásico.
Kanye nunca ha sido el prototipo de rapero gánster. Durante sus inicios, los tipos duros que manejaban el juego le dieron la espalda al considerarle poco más que un nerd, un mago de los beats a la sombra de las verdaderas estrellas. Durante aquella época solo parecía sostenerle su madre, Donda, una profesora universitaria de literatura inglesa que le crio sola. En sus primeras apariciones públicas ya se colaban señales de vulnerabilidad, con una confianza sobreactuada siempre al borde del precipicio. Un precario equilibrio que se empezó a resquebrajar con la muerte de la madre en 2009. El hijo único de Donda se fue quedando cada vez más solo, entregado al torbellino desquiciado del mercado y el espectáculo, donde nunca nada es suficiente. Como diría más o menos Rihanna: Kanye buscó el amor en el lugar equivocado.
Muchos queremos creer que efectivamente uno de los artistas más relevantes de este siglo es un enfermo, otro juguete roto, y que sus estupideces y crueldades se parecen más a la pataleta de un niño asustado que la mente de un adulto perverso. Como le dijo su madre una vez antes de morir: “Mantén los pies en el suelo. Los demás pueden ver a un gigante, pero cuando el gigante se ve al espejo, no ve nada”.
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