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¿Quién quiere casarse con mi hijo?

"Si la Reina viera el 'reality' de moda, quizá revisaría algún breve comentario que tuviera sobre la política matrimonial de su descendencia"

Isabel Sartorius, saliendo el lunes 20 de febrero de la sede de la cadena Antena 3.
Isabel Sartorius, saliendo el lunes 20 de febrero de la sede de la cadena Antena 3. GTRESONLINE

Llegamos al fin a la salida. La entrada de Iñaki Urdangarin al juzgado de Palma de Mallorca, después de un paseíllo de 35 metros, una suerte de alfombra roja pavimentada, rodeada de la escenografía medieval colindante. Una vez concluida su declaración, ofrecerá un breve comentario a la prensa acreditada y apelotonada en las estrechas calles del casco antiguo. Es probable que esta cortesía del duque con su pueblo imponga una moda para futuros imputados, la de entregar un statement, una declaración, al estilo de las imágenes que el cine estadounidense nos ha ofrecido siempre: acusados e inocentes enfrentándose a ese otro juez que son los micrófonos. El toque aristocrático lo lleva la definición: “breve declaración”. Antes en las embajadas e instituciones españolas se informaba de que al final de cualquier evento, conferencia o entrega de medallas “se servirá un vino español”. Ahora no más vino, sino breve comentario.

La breve declaración del imputado se hará igual de importante que aquello que pueda decir, o no, en el interior del juzgado. Mañana cuando la acumulación de emociones en torno al caso haya alcanzado tal clímax, terminaremos todos exhaustos e incapaces de conseguir un nuevo impulso hasta el día de la sentencia. Por eso la idea detrás de la corta declaración es buena: pese a lo pequeña, dilata. No por corto su eco es más efectivo a largo plazo: devolverle al imputado un poco de inocencia, acercarlo a la gente, favorece. Lo acerca al victimismo. A lo mejor hoy en su declaración se deslinde que todo ha sido un malentendido, abusos de parte de sus socios. El breve comentario que sintetice lo que fue el caso Urdangarin es que arrebató el halo, el aura, a la Corona, la hizo menos inviolable. Poco a poco empezaremos a asumir la normalidad que tanto ansían los duques. Aceptaremos verles regresar a Washington para seguir con su vida normal en aquella extensa y acogedora república.

Habrá muchos y largos comentarios del breve comentario. La familia real ha decidido alojarlos en La Zarzuela en este histórico y obligado weekend en nuestro país. Reconforta que en palacio se sostenga una tregua familiar y también que haya siempre un palacio acogedor a mano. Y con reina dentro.

Se ha dicho en estos días que el duque parece más delgado. Fruto, quizá, de los maratones que se pega cada mañana en Washington. “Correr es lo que más seca”, afirman, brevemente, los entrenadores personales. Expertos en costumbres americanas se asombran de que el señor Urdangarin vista pantalones blancos en pleno invierno, pero aquí muchos han visto a uno de los hijos del duque de Feria con los mismos vaqueros en Madrid, así que debe de tratarse de una moda entre los duques, de breve duración.

Isabel Sartorius nos regala su biografía. Y con ella, un alivio: la Reina no tuvo nada que ver en el desenlace de su relación con el Príncipe

El mismo domingo en que España se lanzaba a las calles a cuestionar la reforma laboral y recortes en gasto social se entregaban los premios Goya por la noche. ¡Qué fastidio! En una alfombra roja, que antes fue verde, asistimos a un desfile de glamour que quiere ser un antídoto a la crisis. El resultado se parece a un desfile de trajes prestados, escogidos por estilistas que nunca van a vestirlos públicamente. Quizá la crisis también influya en esto: no más actrices disfrazadas de princesa. Necesitamos un criterio menos medieval.

La Academia del Cine Español fecunda el pequeño comentario. Ignora la película que les ha salvado la existencia, Torrente 4, y se parte de risa con el divertido monólogo de su director, Santiago Segura. El monólogo, a su vez, se convierte en el momento estelar de la gala. Todo un buen show de glamour para encontrarse con la realidad del país convirtiéndolos en una fiesta un poco a destiempo.

Mientras, Europa envía mensajes descorazonadores y cortos. Recesión. España, la nueva Grecia. En el Gobierno hay más preocupación sobre la imagen que se pueda tener de España en el exterior por las revueltas en Valencia que en asumir las razones que han disparado ese malestar. Enemigos, han dicho cargos policiales. Los jóvenes, la gente, son enemigos. Y son también contribuyentes. ¿No puede alguien recuperar aquella frase de Fernando Tejero “¡un poquito de por favor!”?

Desgastados por el presente, buscamos mirar al pasado e Isabel Sartorius nos regala su biografía. Y con ella, un alivio: la Reina no tuvo nada que ver en el desenlace de su relación con el Príncipe. Es una tranquilidad saber que la Reina no fue una de esas madres entrometidas. En la época del noviazgo de Isabel y Felipe no existían los realities. Si la Reina fuera espectadora de ¿Quién quiere casarse con mi hijo?, el reality de moda, seguramente revisaría algún que otro breve comentario que tuviera sobre la política matrimonial de su descendencia. Podemos decir que es un programa que llega con retraso.

Está allí, siempre observándonos, la Gioconda. El Prado exhibe desde el miércoles su magnífico duplicado, seguramente pintado a la par que el original, como una especie de ensayo en el que probar y errar para conseguir la inmortalidad del de Leonardo. ¡Qué suerte sería imitar esta técnica en tantas ocasiones de nuestra vida! En los matrimonios de las Infantas, las indecisiones para los trajes en los Goya, las descargas policiales contra los jóvenes. Lamentablemente, lo único que nos ofrece La Gioconda es esa leve sonrisa, somo breve comentario, mirándonos con ironía cuando la contemplamos.