La escuela concertada sufre para cubrir las bajas por covid

Los centros subvencionados tienen dificultades para comunicar oficialmente las ausencias y encontrar sustitutos. Con las plantillas mermadas, se reorganizan como pueden para continuar el trabajo

Un profesor de la escuela Pia Balmes de Barcelona da clase a sus alumnos confinados, a través del ordenador desde el aula.
Un profesor de la escuela Pia Balmes de Barcelona da clase a sus alumnos confinados, a través del ordenador desde el aula.MASSIMILIANO MINOCRI (EL PAÍS)

El golpe de la sexta ola de la pandemia en las escuelas, con un aluvión de casos positivos entre alumnos y profesores, no distingue entre red pública y concertada, con todos los problemas que ello conlleva. Los equipos docentes van resolviendo como pueden la situación, día a día, y muchas veces sin toda la ayuda que necesitarían de la Administración, según protestan muchos de ellos. En el caso de la escuela concertada, además, se suman las dificultades que están sufriendo para cubrir las bajas de personal, algo que muchas veces ni siquiera consiguen, pues son los propios centros los que deben encargarse de buscar los sustitutos y contratarlos.

“Una dirección puede estar varias horas organizando una baja: buscar el sustituto, rehacer horarios, tramitar la baja del profesor y tramitar el contrato del sustituto… Estos días las escuelas parecen gestorías”, se queja Meritxell Ruiz, secretaria general de la fundación Escola Cristiana, la principal patronal de la concertada en Cataluña. “En un caso, tardamos cuatro días en conseguir la baja [necesaria para poder conseguir un sustituto] y en otro pasaron tantos días que le dieron al profesor a la vez la baja y el alta”, explica Soledad Casas, directora del Colegio de Jesús en el barrio de Barajas, en Madrid, sobre los problemas que supone para un centro concertado como el suyo la saturación de los servicios de atención sanitaria. Y añade: “Y muchas veces tampoco encontramos sustitutos solo para siete días [lo que dura la cuarentena]; si están en el paro o preparando las oposiciones, no les merece la pena”.

Las escuelas concertadas son centros privados subvencionados con dinero público para que ofrezcan las enseñanzas obligatorias de forma gratuita. Atienden a un cuarto de los alumnos de toda España, con porcentajes que van del 15% en Extremadura y Canarias a casi la mitad del estudiantado en el País Vasco. Envueltas siempre en el debate entre los defensores de esta oferta subvencionada (mayoritariamente católica) y los que abogan por la preeminencia de la oferta pública y se quejan de que la concertada cobra cuotas a las familias, su naturaleza híbrida les puede dejar en tierra de nadie en situaciones como la actual. “Nosotros pagamos la nómina de los profesores, pero no somos responsables de buscar a la gente”, comentó hace unos días la secretaria general de Educación de Cataluña, Patrícia Gomà. “La concertada somos siempre los últimos de la cola, se nos ve como privados, que solo queremos cobrar a las familias para hacer negocio y no se acaban de creer que también somos un servicio público”, lamenta Enric Masllorens, director general de la Fundación Jesuitas Educación.

Pedro Huerta, secretario general de Escuelas Católicas, entidad mayoritaria en la red concertada en el ámbito estatal, insiste en esa misma dirección: “Parece que siempre nos estamos quejando, pero es que, en el fondo, va en detrimento de los alumnos, de la enseñanza. Alguien podría decir: pues la concertada que se busque las habichuelas... Pero, mire usted, me puedo buscar las habichuelas si tengo uno o dos profesores [de baja], pero no ocho y no sé cuántos van a ser la semana que viene”.

Una maestra atiende a la vez dos aulas en el Colegio de Jesús del barrio de Barajas, en Madrid.
Una maestra atiende a la vez dos aulas en el Colegio de Jesús del barrio de Barajas, en Madrid. Víctor Sainz

Huerta recuerda, además, que muchas comunidades retiraron a principios de curso buena parte de los refuerzos docentes para atender la situación de pandemia, que tan bien vendrían en la situación actual. “En algunos casos, se los retiraron también a la pública, pero en otros solo a la concertada”, asegura. Este curso, aunque en muchos casos menos que hace un año, a los centros concertados se les está dotando con docentes adicionales en todas las comunidades menos en Aragón, Castilla-la Mancha, Murcia y La Rioja, según el recuento hecho por Escuelas Católicas. Según estos cálculos, algunas autonomías también ofrecen ayudas para contratar coordinadores covid (Andalucía, y Cantabria) o reforzar el servicio de limpieza (Madrid) y muchas también dan fondos para comprar materiales como mascarillas: Aragón, Asturias, Cantabria, Comunidad Valenciana, Galicia, Baleares, Madrid, Navarra y País Vasco.

Algunos gobiernos autonómicos, además, están intentando agilizar los mecanismos para sustituir a los docentes de baja, pero aún en esos casos, las dificultades llegan por otros lados. Por ejemplo, la falta de sustitutos. La fundación Escola Cristiana, que agrupa el 70% de la concertada catalana, cuenta con una bolsa de sustitutos de 900 personas que ofrece a sus 400 centros adheridos, pero se le ha quedado corta. Ante el gran volumen de bajas actual, y que muchos renuncian, enviaron un correo a todos los candidatos para saber los que realmente estaban disponibles inmediatamente: respondieron 260. Además de estar intentando engordar la bolsa, han cerrado un acuerdo con la universidad privada Ramon Llull para incorporar estudiantes ya titulados que están estudiando un máster o un segundo grado. También han intentado incorporar estudiantes de último curso, pero la Generalitat no se lo ha permitido. Eso sí, podrán contratar a docentes de secundaria para dar clases en primaria.

En el barrio madrileño de Barajas, la directora del Colegio de Jesús explica que, con cuatro profesores ausentes (han llegado a ser cinco de 46) se van a apañando como pueden, gracias al esfuerzo extra de la plantilla. En un paseo por el centro la mañana del viernes se aprecian claros ejemplos de a qué se refiere: una maestra de infantil dando clase en medio de dos aulas cuyos alumnos no se pueden juntar; otra atendiendo a los pequeños a una hora y a los de ESO a la siguiente; el jefe de estudios dirigiendo ejercicios de taichí en otra clase; videocámaras encendidas en casi todas apuntando al profesor para que los alumnos en casa sigan la lección… “Cada día llegas y no sabes lo que va a tocar hacer. Antes, yo no metía el móvil en clase, pero ahora tengo que llevarlo encima porque continuamente te comunican un positivo de un alumno o un profesor, algún cambio….”, cuenta la profesora de Lengua Marta Gómez.

Al final, con todas las dificultades y aunque hayan tenido que aparcar las metodologías más punteras, los colegios siguen abiertos, las clases siguen su curso y el currículo va avanzando. Pero a costa, insiste Soledad Casas, de unos equipos cada vez más extenuados, unas familias más agotadas y unos alumnos a los que cada vez cuesta más mantener el ánimo.

“En una semana y media hemos tenido las mismas bajas por covid que en todo el primer trimestre”, cuenta Natalia Llorente, directora Escola Pia de Igualada (Barcelona). Llorente define como “compleja” la situación de su centro, con el 10% del personal de baja. A ello se suma la gestión de los positivos entre el alumnado. “Esto nos genera mucho trabajo, mandando comunicados a las familias, contando cuarentenas, viendo los que no están inmunizados… Y Salud no nos puede dar respuesta a todo porque están colapsados y no tienen medios suficientes”, se queja la directora, quien también lamenta que las gestiones por la covid se coman casi todo el tiempo. “A las escuelas se nos está cargando de tareas que no nos corresponde, como informar a las familias de temas sanitarios, deberíamos tener un refuerzo para estos asuntos. Nuestra responsabilidad es dar un buen servicio educativo”.

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