Futuros maestros trazan el camino para elaborar un aceite ético en la provincia de Jaén

Profesores y alumnos del centro universitario SAFA de Úbeda impulsan una cátedra de buenas prácticas en el sector olivarero

Los profesores José Luis Soto y Antonio Almagro, de la Cátedra de Ética y Responsabilidad de la SAFA de Úbeda (Jaén), con alumnos del centro en una finca olivarera donde trabajan inmigrantes subsaharianos.
Los profesores José Luis Soto y Antonio Almagro, de la Cátedra de Ética y Responsabilidad de la SAFA de Úbeda (Jaén), con alumnos del centro en una finca olivarera donde trabajan inmigrantes subsaharianos.Jose Manuel Pedrosa

Lidia González, alumna de cuarto curso del grado de Educación Primaria, ha trasladado esta semana sus clases hasta una finca olivarera de Úbeda (Jaén). Allí, junto a sus compañeros Juan Jesús Vargas, Lurdes Marín, María del Mar Serrano y María Isabel Ruiz, ha compartido experiencias con los inmigrantes subsaharianos que cada año acuden a recoger la aceituna. “Lo que más impacta es la dureza del trabajo y el desarraigo que sufren estos temporeros”, señala González, que conoce bien, por tradición familiar, el modo de vida del sector oleícola, casi un monocultivo en la provincia de Jaén, con 66 millones de olivos.

La clase práctica en pleno tajo aceitunero ha recuperado de alguna manera el espíritu con el que, hace varios cursos, nació la Cátedra de Ética y Responsabilidad Social en el centro universitario en el que estudian, el SAFA de Úbeda, adscrito a la Universidad de Jaén. Lo hizo abordando la problemática de la acogida de la población migrante que cada año llega a la campaña de recolección de la aceituna en Andalucía. “Hemos hecho propuestas para mejorar el alojamiento y las condiciones sociolaborales de esta población intentando implicar a los empresarios”, subraya José Luis Soto, profesor de Ética y miembro de esta cátedra. En el centro, perteneciente a la Compañía de Jesús, estudian varias especialidades de Magisterio cerca de 500 alumnos y dan clase una treintena de profesores.

La cátedra está inspirada en la llamada economía del bien común, un modelo alumbrado por el austriaco Christian Felber, según el cual existe un sistema alternativo al capitalismo y al comunismo basado en la cooperación y con el objetivo principal de maximizar el bienestar de la sociedad. “Buscamos la formación de las cuatro C: ciudadanos conscientes, competentes, comprensivos y comprometidos con su entorno y con una sociedad justa”, asegura Antonio Almagro, director de la cátedra, que este año ha dado un paso adelante creando el grupo de trabajo sobre Aceite ético: el futuro de los aceites de oliva.

Preguntas como qué se entiende por aceite ético, qué pasos hay que dar para obtener un sello de calidad ética para el aceite o si tienen futuro los aceites de oliva no éticos son algunas de las que surgen en este proceso de reflexión sobre las buenas prácticas dentro del potente sector oleícola español. “Ese tipo de empresas que no piensan su tarea sólo desde sí mismas, desde su beneficio, sino teniendo también en cuenta qué es lo que puede necesitar el contexto, qué es lo que puede precisar su entorno, en que ganen todos, la empresa que piensa en beneficiar a todos los afectados por su actividad, genera aliados, amigos y no adversarios y la sociedad la siente como parte suya, como una ciudadana más”, reflexiona la filósofa Adela Cortina, que da nombre a la cátedra del centro ubetense.

¿Y qué sería entonces el aceite ético? “El que es bueno por sí mismo, y que cuando se produce con justicia, beneficia al conjunto de la sociedad. Un conjunto que en los tiempos que corren, en un mundo que es ya global, alcanza a todos los confines de la tierra. Podemos decir que a la empresa que no actúe éticamente se le cerrarán puertas”, concluye la catedrática emérita de Ética de la Universidad de Valencia.

Del terreno en las fincas olivareras a la reflexión, la cátedra, que nació con el apoyo de la universidad jienense y, de modo especial, de los profesores Concepción Martínez y Santiago Jaén, intenta además completar el camino llevando sus propuestas de vuelta a la sociedad, intentando implicar a los agentes sociales y las empresas para que incorporen sus orientaciones a sus prácticas cotidianas. Con herramientas como el manual del bien común 5.0, que recoge como aspectos esenciales para lograr esos fines la dignidad humana, la solidaridad y justicia, sostenibilidad medioambiental, transparencia y participación democrática. Así, el aceite ético necesitaría algo más que un sello ecológico. “De lo que se trata es que todos esos principios estén contemplados en los procesos de producción y comercialización del aceite de oliva, incluyendo las prácticas laborales; lo ético y lo ecológico no tienen que ir a contracorriente de lo que es rentable desde un punto de vista empresarial”, aclara el profesor José Luis Soto.

De momento, todavía son pocos los empresarios que se dan por aludidos. Algunas excepciones vienen de la mano de diversas aceiteras de la Subbética cordobesa o la firma Aceites Vallejo, de Torredonjimeno (Jaén), que ya disponen de un distintivo que acredita su apuesta por la seguridad e inocuidad alimentaria, la gestión de la calidad y el cuidado al medio ambiente como pilares fundamentales en su gestión. “El objetivo final es que la mayor parte de las empresas oleícolas puedan contar con un sello de calidad del bien común totalmente homologado”, remarca Soto. “Al final se logra el efecto mariposa, es decir, que las pequeñas cosas que hacemos generen un efecto y una gran repercusión en una comunidad o en un sector económico”.

De este modo, lo que empezó siendo un foro de reflexión sobre la habitabilidad de los temporeros que llegan a la campaña de la aceituna se ha convertido en una plataforma de conocimiento para alumnos y profesores sobre la ética y la responsabilidad social, algo que para la filósofa Adela Cortina “es una garantía de supervivencia para las empresas”.

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