Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Educación kafkiana

Poner el conocimiento al servicio del bienestar emocional es una necesidad social de interés público

Alumnos del colegio  San Ramón y San Antonio de Madrid durante una función.
Alumnos del colegio San Ramón y San Antonio de Madrid durante una función.Fundación Botín.

Franz Kafka tuvo depresión gran parte de su vida. Junto a ello, otros condicionantes lo llevaron a plasmar en La metamorfosis el sufrimiento de Gregorio Samsa, personaje que acabó viviendo en su piel la transformación no de él sino de las personas que lo rodeaban. No tanto se convirtió, pues, en un insecto ―interpretación literal―, sino que fueron sus allegados los que sufrieron la gran metamorfosis del mundo moderno: la deshumanización. Ello conllevó que sus emociones empezaran a ser desatendidas, lo que provocó su sufrimiento y su trágico final.

La educación está también viviendo constantes transformaciones y giros de guion. De hecho, una sesión de clase es una mutación continua que pone a prueba la capacidad de adaptación del docente. Sería atrevido ponerles a muchos de estos giros el adjetivo de “kafkianos”, ya que el Diccionario de la Lengua Española define esta palabra como aquello “que tiene el carácter trágicamente absurdo de las situaciones descritas por este escritor en sus obras.”

Sin embargo, algunas propuestas que circulan podrían acercarse a este sentido. De todas ellas, la que más me preocupa es la que esconde una cruzada contra el llamado “emotivismo”: la introducción de la educación emocional en el currículo.

Hace poco leí en este medio un artículo que defendía esta cruzada, texto que además aludía simbólicamente a la metamorfosis de Gregorio Samsa de humano a insecto. Aunque no desdeño su pulcritud, el artículo me ha invitado a reflexionar sobre el sentido de la educación, que en algunos de esos giros podría conducirnos a lo kafkiano.

Porque kafkiano es poner en duda que la principal labor del docente es explicar su materia y no realizar terapias. Sin embargo, me parece contradictorio cultivar a través de ese mensaje el alejamiento de la educación para las emociones de las aulas, uno de los factores que interfieren en el desarrollo educativo.

Que escuela y salud vayan juntas no me parece descabellado.

Si Kakfa, como otros muchos artistas, hubiese tenido arropo y comprensión en sus primeros años de vida, así como un entorno escolar cuidadoso ante su sufrimiento, tal vez no hubiese habido un Gregorio Samsa; pero sí que hubiese sido más probable que, a través de mecanismos adquiridos, hubiera alcanzado más momentos de felicidad. La educación para las emociones busca esa sabiduría ligada a disfrutar de la vida con mayor plenitud, en combinación con el disfrute que se alcanza con la adquisición de aprendizajes.

El debate sobre si la escuela debe ser una institución transmisora de conocimientos o si debe también atender a otras realidades emergentes revive en el momento en el que también se clama sobre la importancia de la dotación de recursos públicos destinados a la salud mental. Por ello mismo, que escuela y salud vayan juntas no me parece descabellado.

De hecho, desvincular la salud emocional de la escuela es como desligar, por ejemplo, la naturaleza de la literatura, por el hecho de que la literatura no se suela asociar al menos de forma directa al disfrute físico de los elementos naturales. La emoción está en muchos rincones escolares de la misma forma que la naturaleza abarca muchos “lugares comunes” literarios.

Tampoco creo que, para ello, sea necesario restar horario de las materias tradicionales: la búsqueda del equilibrio de las emociones necesita de esas horas de lengua, música, plástica, historia, matemáticas, etcétera. Sin embargo, poner el conocimiento también al servicio del bienestar emocional es una necesidad social de interés público.

Para tal fin, no es necesario que el docente ceda espacio de sus explicaciones para convertirse en profesional de otro campo; bastaría con que se pongan en alza los vínculos emocionales o psicológicos que existen en muchos territorios del saber y la cultura.

No es necesario que el docente ceda espacio de sus explicaciones para convertirse en profesional de otro campo

No se puede, por tanto, sacar la educación emocional de escuela, ya que si lo hacemos también estaríamos sacando, por ejemplo, las construcciones humanísticas que tienen raigambre sentimental o psicológica. La educación para las emociones clama por algo que no es nuevo, el cultivo del espíritu a través de la pintura, la literatura, la música, el cine, la fotografía, la escultura, etc. Y ese clamor, en épocas de crisis, necesita estar más presente que nunca.

La creación y los sentimientos que se vuelcan en ella moldean la vida interior, en una forma de introspección personal, y canaliza los estadios emocionales hacia un cauce que, en estas edades iniciales, difícilmente puede encontrarse fuera de la escuela: es a través del fomento de esta vertiente, y no, reitero, a través de una sesión clínica en el aula, como el alumnado puede adquirir las herramientas que les permitan vertebrar no solo su conocimiento, sino también su equilibrio vital.

Kafkiano es, a través de esta cruzada llevada hasta los extremos, sacar la faceta creadora y emocional de las escuelas: si lo hacemos, maniatamos la forja de la identidad del alumnado, que jamás debe ser conducida de forma estrepitosa hacia la deshumanización, lo último que el mundo necesita en estos momentos.

Albano de Alonso Paz es profesor de Lengua Castellana y Literatura y director del instituto San Benito (Canarias)

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