RECUPERAR LA INFANCIA EN EL VERANO DE LA COVID | 5

Planeando un verano con hijos: artistas cotidianos a domicilio

Cultivar la faceta más creativa de la infancia puede ser clave en su éxito educativo. La pedagoga María Acaso y la artista Lucía Loren explican la importancia de trabajar el pensamiento artístico e incorporar la naturaleza en los procesos de evasión

Uno de los talleres de la artista Lucía Loren en el que invitaba a crear un nido con lo que encontraran en la naturaleza
Uno de los talleres de la artista Lucía Loren en el que invitaba a crear un nido con lo que encontraran en la naturalezaLucía Loren

Pedro, de ocho años, dice que los dibujos de titanes y criaturas fantásticas le han “salvado”. También han convertido el pasillo de su casa y su dormitorio en un improvisado museo repleto de acuarelas. Y la suya no es una excepción. Durante el confinamiento que mantuvo más de 100 días a niñas, niños y mayores encerrados en sus casas, la creatividad y las artes plásticas han sido las grandes aliadas de muchas familias para hacer más llevadero el encierro. Pero detrás de ese impulso creativo existen argumentos educativos y científicos que ayudan a entender por qué son clave estos procesos de evasión artística y cómo y por qué podemos mantenerlos también en verano. La artista y educadora Lucía Loren y la pedagoga y la investigadora en arte y educación María Acaso nos dan las claves para incorporar la naturaleza y las vacaciones a este pensamiento artístico.

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El parque, la playa y la naturaleza son el mejor taller artístico

Verduras, agua, hielo, hojas secas, o hilo se convirtieron en obras de arte en el confinamiento tras los talleres de Plena Inclusión Madrid y Fundación Repsol que impartió la artista Lucía Loren. Las artistas, en sus casas, eran mujeres con discapacidad intelectual junto con sus hijas. Y el reto era trabajar en equipo con tres conceptos: nidos, mariposas y abrazos. “Fue sanador, terapéutico. Surgieron muchísimas emociones que eran incapaces de expresar con palabras. Convertir tu cárcel en un nido les ayudaba hablar del hogar y expresar lo que suponía para ellas. Las mariposas les daban pie a hablar de ese proceso de transformación y esa liberación que nos aguardaba al desconfinarnos y que, a veces, anhelaban y, a veces, temían. Y los abrazos eran esa necesidad que todas tenían, pero que a todas inquietaban. No necesitamos nada más que lo que tenemos alrededor. Y el arte nos permite compartir y expresar experiencias vitales y emocionales a veces difíciles de verbalizar”, explica Lucía Loren, creadora plástica especializada en proyectos de arte y naturaleza y educadora.

Por eso, para los niños ha sido un recurso tan importante, porque instintivamente se estaban comunicando e iba mucho más allá del mero divertimento, explica la educadora: “Todos los procesos creativos sirven para expresarse y compartir y en este caso la experiencia fue tan intensa que necesitaban contarlo a su manera con el dibujo, la escultura y todos procesos creativos a su alcance”.

Lucía Loren cree que, además, si a estos procesos se les incorpora el elemento natural, la experiencia es más beneficiosa y tiene un componente pedagógico muy importante. “Salir al exterior y crear de manera respetuosa, usando maderas, troncos, ramas, hojas y agua, obras de arte que se relacionen con el paisaje y con el entorno nos permite conectar con la naturaleza, pero a la vez conectar con nosotras mismas, porque el ser humano necesita de este contacto con lo natural. Y más en la infancia, que está vinculada con el mundo natural y no se separa de él”, explica. Y añade que sirve para compensar la sobrexposición a esta sociedad tan artificial tan tecnologizada: “Dentro del proceso educativo es útil, porque el utilizar elementos naturales no estructurados nos abre la posibilidad de trabajar desde el hemisferio más creativo lo simbólico, lo espacial, lo creativo, que son aspectos más olvidados por el sistema educativo tradicional, que incide más en las actividades más analíticas y concretas. Así que les ayudamos en su desarrollo”.

Para ello es clave mancharse, pisar charcos y tocar el barro. “Evitar que tus hijos se manchen es alejarlos de la propia vida. Hay que permitirles volver a lo esencial para hacernos sentir parte de un ecosistema”, advierte. Entre las capacidades que pueden desarrollarse en contacto con la naturaleza señala: “La creatividad, procesos de empatía y escucha al estar atento a los materiales con los que trabajas, también el proceso colaborativo que te permite compartirlo con otros niños y niñas como parte de la creación. A nivel físico te permite estar más saludable al estar fuera. Puedes trabajar la psicomotricidad fina al manejar materiales con las manos y una dimensión espiritual por esa conexión con lo que somos. Hemos sido arrancados del entorno, algunos incluso no han podido escuchar los pájaros. Y necesitamos volver a la naturaleza, a sentir su abrazo. Allí nos sentimos plenos, es restauradora, relajante, nos da seguridad y confianza y eso se refuerza y potencia muchísimo en la infancia”, concluye Loren.

Y propone dos actividades para conectar con la naturaleza artísticamente: “Crear una escultura de hielo con algún elemento natural en su interior y que al fundirse vaya regando las plantas o sirva para que los pájaros beban. O crear un cuento con personajes ocultos en el bosque, en las formas de los árboles, las piedras o, incluso, fabricar los personajes con palos y piñas o semillas y esconderlos en el parque o en el bosque”, explica.

El pensamiento artístico o los Talleres Inesperados en Familia

Cuando María Acaso y sus hijas tuvieron que mudarse, decidieron convertirlo en una experiencia artística. En concreto, fue una obra de arte relacional. “Teníamos que elegir un objeto que nos encantara y quisiéramos llevarnos a nuestra nueva casa y uno que quisiéramos perder de vista para dejarlo en la vieja. Tras escogerlos, lo pensamos, lo reflexionamos, los fotografiamos para documentarlo y escribimos sobre ello. Finalmente, hicimos nuestra instalación. Tardamos varios días en hacerlo, pero al cabo de una semana teníamos nuestras obras de arte listas. Y no se trataba tanto de la obra en sí misma, sino de la mirada artística para enfrentarnos a la realidad”, recuerda la investigadora en arte y educación. Y esta es la misma filosofía que ahora propone aplicar para este verano en familia. En su caso, no era la primera vez que se enfrentaban al hecho artístico desde lo cotidiano: también probaron a bañarse con gominolas en la bañera, por ejemplo, y llamaron a estas intervenciones Talleres Inesperados en Familia (TIF).

“Se trata de apreciar lo que ocurre a tu alrededor como haría un artista. Por ejemplo, ver un reflejo muy bonito en un charco o un dragón en las nubes, cosas nimias como una puesta de sol, una playa, que se pueden convertir en momentos alucinantes. Esto te amplía el mundo, porque ves cosas donde los demás no las ven y en los niños suele estar presente de forma natural. Pero si no se pone en valor, se pierde. Para trabajarlo, hay que educar la mirada, mirando de forma estética y artística”, explica la investigadora.

Para ella, este pensamiento y mirada artísticos son tan importantes porque llevan a pensar como un artista, de forma creativa y esa es una de las competencias más demandadas y las principales carencias en el siglo XXI, opina: “Eso supone tener un pensamiento divergente, abierto y placentero, de disfrute. Pero es a la vez un pensamiento crítico que cuestiona el mundo y nos lleva a preguntarnos el porqué de las cosas. Y ese es el punto de partida para una transformación”.

Además de educar la mirada, Acaso cree que también hay que generar un extrañamiento, algo que descoloque y que es muy propio del arte contemporáneo. “Ese desconcierto hace que desarrolles una atención especial y eso crea un conocimiento distinto basado en las emociones”, explica. Y otra ventaja que tiene el pensamiento artístico es que convierte a cualquiera en productor cultural y cualquier actividad puede ser una producción artística: un profesor organizando una clase o una actividad de una madre con sus hijos. “El que seamos capaces de producir algo nos convierte en más capaces de conseguir cosas utilizando el pensamiento creativo”, explica.

Y si el padre, madre o lector tiene en mente que su hijo puede ser un artista ermitaño aislado en su torre de marfil, para Acaso no hay nada más alejado de la realidad del proceso artístico en el siglo XXI. “Los artistas trabajan en equipo y la mentalidad artística ha pasado del Do iI Yourself (hazlo tú solo) al Do It With Others (hazlo con los demás) y pone en valor la inteligencia colectiva, el trabajo con los afectos y el trabajo con procesos complejos”, apunta. Así que, mejor ir buscando un grupo de pequeños artistas con los que compartir el proceso creativo.

Otro de los aspectos que se pueden trabajar con el arte es la paciencia y el valor del trabajo a largo plazo, algo muy útil para compensar estos tiempos del clic y la inmediatez. “Los procesos artísticos son largos y eso es un aprendizaje, el del poco a poco”, señala Acaso. Al emprender un proyecto artístico debe haber una reflexión previa: “Debemos preguntarnos para qué lo queremos, a dónde queremos llegar y cómo lo vamos a hacer. Y todo eso se puede trabajar y documentar, sea cual sea el acto cotidiano o experiencia estética que estemos convirtiendo en arte relacional, que puede ser una mudanza, un baño con gominolas en la bañera o una performance con las papeleras del aeropuerto porque para hacer arte solo necesitas pensar, tu cuerpo o un espacio. Podemos convertir en arte un pícnic en el parque o la cena en el balcón”, apunta la investigadora que invita a llenar nuestro verano de TIF. Y remata: “El arte está en todas partes. Es una forma de hacer, una experiencia de vida. Si aprendemos a mirarnos como tal, todos somos artistas”.

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