La reacción de los bancos centrales será distinta
La política monetaria global navega entre dos riesgos: repetir el error de 2022 y actuar tarde, o endurecer en exceso las condiciones financieras

La primera derivada de la guerra en Oriente Próximo se mide en barriles e inflación. La segunda, en tipos de interés. El conflicto bélico entre Irán y EE UU pone en primer plano el encarecimiento de la energía como detonante inflacionista global. Sin embargo, el cambio respecto a 2021 y 2022 podría ser la reacción de los bancos centrales. Ningún gobernador quiere subestimar un shock de oferta.
Los mayores precios de la energía pueden trasladarse rápidamente a los costes de producción, impactando negativamente a los consumidores. Este patrón recuerda el episodio tras la invasión de Ucrania en 2022, aunque el contexto actual es diferente. Hace cuatro años, la economía mundial salía de la pandemia con una demanda embalsada, cuellos de botella en las cadenas de suministro y mercados laborales tensionados, y el gas europeo alcanzó niveles no vistos anteriormente. Hoy, la inflación está más cerca de los objetivos de los bancos centrales, los tipos de referencia se encuentran en niveles neutrales y buena parte de los desequilibrios de oferta han desaparecido.
No obstante, esta mejora convive con un factor que opera en sentido contrario: la memoria. A diferencia de 2021, empresas y trabajadores han experimentado episodios recientes de alta inflación, aumentando el riesgo de reacciones más rápidas en precios y salarios ante nuevos incrementos de costes. El riesgo no es solo el shock inicial, sino su capacidad de generar persistencia inflacionaria.
Es precisamente esta lección la que marca el tono de los bancos centrales. Christine Lagarde, presidenta del BCE, insiste en detectar con rapidez cualquier señal de propagación hacia la inflación subyacente, con un sesgo claramente preventivo. Andrew Bailey, en el Banco de Inglaterra (BoE), subraya que la política monetaria no puede revertir un shock de oferta, pero sí debe evitar que derive en inflación persistente. En EE UU, Jerome Powell mantiene un enfoque algo más equilibrado dada la menor dependencia energética del país, aunque reconoce que un conflicto prolongado podría tener efectos más duraderos.
El mercado ya ha ajustado sus expectativas. A comienzos de año se anticipaba estabilidad en la facilidad de depósito del BCE y recortes de tipos significativos para Fed y BoE. Hoy se espera una primera subida del BCE en junio, del BoE en julio, y el mercado ya no espera recortes por parte de la Reserva Federal este año.
En definitiva, la política monetaria global navega entre dos riesgos simétricos: repetir el error de 2022 y actuar demasiado tarde, o endurecer en exceso las condiciones financieras en una economía que ya muestra signos de desaceleración. La diferencia es que ahora los bancos centrales actúan con una lección aprendida: cuando el precio de la energía sube, la inflación no siempre es transitoria, y cuando deja de serlo, el coste de corregirla es significativamente mayor.


























































