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España se sobrepuso a la peste negra, pero con una recuperación lenta y desigual

El rebote de la actividad tras la crisis del final de la Edad Media vino de la mano de una intensificación de la producción agrícola

Calendario del siglo XV con distintas   escenas de las labores del campo que se realizaban en un año.
Calendario del siglo XV con distintas escenas de las labores del campo que se realizaban en un año.Christophel Fine Art (Universal Images Group/Getty)
CAPÍTULO I. [ Ver serie completa ]

Europa vivió su primera gran depresión al final de la Edad Media. El crecimiento tanto demográfico como económico que había venido experimentando de manera sostenida desde el siglo XI se detuvo abruptamente en la segunda mitad del Trescientos cuando una serie de calamidades se abatieron sobre el continente y provocaron el hundimiento de su población y la desorganización de su economía. Entre ellas, la más grave fue, sin duda, la irrupción de la peste negra, el mayor desastre biológico en la historia de la humanidad, cuyo primer brote en 1348 se llevó consigo entre uno y dos tercios de la población total, aunque en la península Ibérica la media seguramente no superase el 20%. En todo caso, lo peor fue que no se trató de una epidemia aislada, y a la primera oleada siguieron otras muchas en las décadas y siglos siguientes que, aunque ya no alcanzaron la gravedad de la primera, contribuyeron a incrementar el número total de muertes y, sobre todo, dificultaron la recuperación.

A la peste se unieron las hambrunas y las guerras para crear un cuadro catastrófico generalizado. Las hambres eran un fenómeno recurrente en las sociedades europeas, anteriores a la llegada de la epidemia y vinculadas a las malas cosechas y a las crisis agrarias. Pero con la progresiva comercialización e integración de la economía, el abastecimiento alimentario, en particular el de las grandes ciudades, no dependía ya tanto de la producción agrícola de la propia región como de la importación de zonas cada vez más alejadas. Y las hambres dependían más del mercado —de la interrupción de los suministros, del acaparamiento, de la especulación— que de la meteorología.

En cuanto a la guerra, que se había vuelto casi permanente a lo largo del Trescientos, mucho más importantes que las bajas en combate eran las muertes causadas por la devastación que seguía al paso de los ejércitos, con la destrucción de cosechas e infraestructuras, y sobre todo el exorbitante esfuerzo fiscal exigido a la población para costear las campañas militares. La nueva fiscalidad de Estado desarrollada a lo largo del siglo XIV nacía fundamentalmente para financiar la guerra, para hacer frente con los subsidios e impuestos votados en cortes, o con los recaudados directamente por las ciudades y villas reales, al creciente y ya desmedido gasto bélico, que pronto provocaría el endeudamiento de las haciendas locales e, incluso, la bancarrota de algunas de ellas y la ruina de muchas economías familiares, en particular las campesinas, que veían cómo a las rentas y tributos señoriales y al diezmo eclesiástico venían a unirse ahora los impuestos reales y municipales.

Algunos autores sugieren que los problemas venían ya de mucho antes. El crecimiento habría tocado techo a finales del siglo XIII, cuando la población eu­ropea habría alcanzado unos niveles máximos, imposibles de seguir manteniendo. Esta interpretación neomalthusiana no parece aplicable a la península Ibérica, pues si la Europa de 1300 podía ser “un mundo lleno”, no ocurría lo mismo al sur de los Pirineos, donde la expansión territorial de los reinos cristianos a costa de Al Andalus, y la necesidad de consolidar la conquista con la colonización, permitió transferir al sur los excedentes demográficos del norte. En todo caso, la conjunción de calamidades desatada desde mediados del siglo XIV se tradujo inmediatamente en un colapso demográfico y económico, con repercusiones también a medio y largo plazo, del que Europa en su conjunto y la península Ibérica en particular tardarían mucho tiempo, más de un siglo, en recuperarse.

Mano de obra

Ya desde los primeros momentos se arbitraron medidas para contener los efectos más inmediatos de la crisis. La pérdida de población había encarecido la mano de obra disponible y tanto en Castilla, la Corona de Aragón y Portugal como en Inglaterra, Francia y otros países se dictaron ordenanzas inmediatamente después de la primera irrupción de la peste en 1348, fijando los salarios de jornaleros agrícolas y artesanos, incluyendo los de las mujeres, cada vez más presentes en el mercado laboral —por la escasez de brazos mascu­linos— y cuya retribución no siempre era la mitad que la de los trabajadores varones —aunque fuese lo más habitual—, sino que dependía del tipo de tarea.

Estas medidas de contención salarial no resultaron efectivas, como muestra su reiteración en la legislación laboral, y los trabajadores, en particular los jornaleros, vivieron una verdadera “edad de oro”, al crecer más los salarios que los precios y, por tanto, ser mayor su poder adquisitivo. Para contrarrestar el alza de los salarios, los propietarios también recurrieron a fórmulas más perversas, como la importación de esclavos. A principios del siglo XV, por ejemplo, algunos ciudadanos de Barcelona, descontentos con los immoderats salaris que pedían los labradores y braceros, proponían a los consellers de la ciudad que se comprasen esclaus i esclaves con el fin de que aquellos volviesen al salario debido y acostumbrado.

El cataclismo demográfico repercutió igualmente en el aumento de los despoblados —al que también contribuía el éxodo rural hacia las ciudades—, el abandono de muchas explotaciones agrícolas y, en general, la reducción de la superficie cultivada. Menos tierra labrada en términos absolutos, pero más cantidad proporcionalmente para los campesinos supervivientes y un incremento de la productividad media, ya que la producción agrícola se mantuvo bastante estable e incluso aumentó en algunos momentos. Ambos factores, el retroceso de la tierra cultivada y el descenso en el número de brazos para trabajarla, acelerarían a su vez la caída de las rentas señoriales, ya afectadas por su conmutación en metálico y por la inflación, en un porcentaje que oscilaba entre un tercio y la mitad. La crisis, además, había alterado los equilibrios entre los factores de producción, encareciendo la mano de obra, mientras que la tierra y el capital resultaban más abundantes y asequibles. Como consecuencia, muchos señores, sobre todo en Castilla, transformaron sus tierras de cultivo en pastos, menos intensivos en trabajo, aprovechando también los grandes espacios vacíos que la conquista y la colonización cristianas habían creado en el centro y sur de la Península y que se incrementaron con la regresión demográfica del Trescientos.

Mayor especialización

En realidad, y a pesar de sus efectos devastadores inmediatos, la crisis llevó a una profunda transformación y reajuste de las estructuras productivas, sobre las que se basó, a su vez, la posterior recuperación. En términos generales se puede decir que esta vino con —o se materializó en— una intensificación de la producción agrícola y ganadera, su creciente adaptación al mercado, una mayor especialización de los cultivos y una redistribución y concentración de la propiedad de la tierra. Este último proceso benefició en par­ticular a los labradores más acomodados, que fueron también los principales impulsores de las innovaciones técnicas (como la extensión del regadío) y productivas (la difusión de nuevos cultivos como el arroz, el azúcar, la morera, el lino, el cáñamo, el azafrán, mucho más lucrativos). De estas élites rurales, que incluían también, junto al estrato superior del campesinado, a artesanos, mercaderes e hidalgos, vendría en parte la reactivación de la demanda, que ya no era, como lo había sido hasta entonces, fundamentalmente aristocrática y urbana.

La amplia reconversión agraria se traduciría también en una mayor comercialización del producto agrícola y ganadero que, a su vez, estimulaba la especialización. El aumento de la ganadería —que se convertiría en la principal actividad económica y fuente de riqueza en gran parte de Castilla, pero también en Aragón, el norte valenciano y Mallorca—, así como el cultivo de lino, cáñamo y morera, estaban estrechamente relacionados con el desarrollo de la industria textil lanera y sedera, tanto en la Península como en otros países a los que se exportaba la lana en bruto. Por su parte, el avance de la viña y de los cultivos hortícolas en la proximidad de las ciudades respondía en buena medida al aumento de la demanda urbana. De hecho, otra de las claves de la recuperación fue el incremento de la tasa de urbanización, gracias a una creciente y sostenida emigración del campo a las ciudades, atraída por las mayores posibilidades que ofrecía el mercado de trabajo.

Por todas partes, sin embargo, la recuperación y el crecimiento agrícolas iban unidos a la expansión del trigo, que seguía siendo el más comercial de todos los cultivos al estar destinada gran parte de su producción al mercado e, incluso, a la exportación. Solo en el arzobispado de Sevilla la producción cerealista pasó de unas 30.000 toneladas en la primera mitad del siglo XV al doble en las décadas centrales (1451-1467), a 77.000 en 1484 y a 92.000 en 1503. Como muestra el gráfico que acompaña a este artículo, elaborado a partir de los datos del diezmo, la producción agrícola experimentó un fuerte crecimiento, que los autores del estudio atribuyen tanto a la expansión de la superficie cultivada como al aumento de la demanda. Por supuesto, los datos de Sevilla no son extrapolables al conjunto de la Península, pero sí que resultan indicativos de las áreas de mayor crecimiento, de más reciente colonización, y en todo caso muestran que la producción agraria crecía por encima de la población, del mismo modo que su descenso había sido menor durante el periodo de regresión demográfica.

Con todo, la recuperación fue lenta, con altibajos y asimétrica, con ritmos regionales muy diversos en los distintos reinos ibéricos, del mismo modo que había sido muy diferente el impacto de la crisis. Castilla, en donde la incidencia de la peste había sido menor, daba muestras ya de reactivación —demográfica y económica— a partir de las primeras décadas del siglo XV, aunque el crecimiento se vio interrumpido por una nueva contracción entre 1460 y 1470, tras la cual la recuperación continuaría hasta más allá de los tiempos medievales.

Las cosas fueron muy distintas en la Corona de Aragón y Portugal, en donde la reconstrucción fue más tardía. En realidad, en Cataluña la crisis se había superado ya a finales del Trescientos y principios del Cuatrocientos, cuando se produjo un nuevo crecimiento neto de la economía, el comercio exterior con Oriente Próximo Oriente alcanzó su cénit, el comercio interior se mantuvo en niveles altos y la creación de la Taula de Canvi, un ejemplo pionero de banca pública, contribuyó a la reducción de la deuda municipal. Sin embargo, desde las primeras décadas del siglo XV se sucederían las fases de recesión y recuperación hasta que la guerra civil, las revueltas remensas y el cierre del Mediterráneo oriental ante el avance turco acabarían por hundir a la economía catalana en una severa depresión, a pesar del redreç impulsado por Fernando el Católico y en contraste con el crecimiento que experimentaban otros reinos de la Corona, como el de Valencia, convertido en pulmón financiero de la monarquía.

No hay duda de que la peste y las demás calamidades de la segunda mitad del Trescientos habían sumido a las economías de los reinos ibéricos, como también al resto de Europa, en una profunda depresión. Pero ya desde finales de esta misma centuria se habían seguido las primeras muestras de recuperación, que se confirmarían y afianzarían a lo largo del siglo XV, tras las grandes transformaciones y reajustes que la propia crisis había propiciado. Entre ellas, la reconversión agraria, con el incremento de la ganadería (como ocurría también en Inglaterra, en donde las tierras de labor retrocedían ante los pastizales), la introducción de nuevos cultivos y las mejoras técnicas y productivas. Todo ello resultaría en una importante mejora en la productividad, principalmente agrícola, y en la calidad, especialmente en la industria, que haría más competitiva la producción ibérica y reforzaría su posición en el gran comercio internacional. Lejos de situarse en los márgenes o la periferia de Europa Occidental, la España bajomedieval ocupaba un lugar importante, gracias a sus altos niveles de urbanización, la creciente comercialización de su economía, el desarrollo de sus instituciones —que aquí apenas se ha podido esbozar— y el proceso de construcción estatal de los reinos que compartían la Península y competían por imponer su hegemonía.

Integración

En todos los sectores, el paso decisivo fue el cambio de la producción doméstica para el autoconsumo a la producción para el mercado, así como la cada vez mayor integración de este último. España no solo era una península dividida políticamente en varios reinos, sino que dentro de cada uno de ellos había también una gran diversidad regional, que generaba complementariedad, pero que al mismo tiempo tenía que hacer frente a una gran competencia productiva. La integración era, en primer lugar, local, al nivel de las ciudades y sus respectivas áreas de influencia, en donde ferias y mercados contribuían a la homogeneización de pesos y medidas, monedas y marco legal.

A su vez, estas esferas locales se articulaban e integraban en espacios más amplios en torno a las grandes capitales regionales. Y si bien no se llegó a una verdadera integración interregional dentro del mismo reino, y menos aún en el conjunto de la Península, algunas de las ferias más importantes, como las de Medina del Campo, adquirieron el carácter de “ferias generales”, a las que acudían mercaderes no solo de todos los reinos hispánicos, sino también de otros países, al mismo tiempo que los mercaderes ibéricos ampliaban sus redes comerciales y de negocios cada vez más lejos, de Flandes e Inglaterra a Italia y el Mediterráneo oriental. A finales del siglo XV la gran depresión bajomedieval había quedado atrás, la recuperación se había consolidado y había dado paso al crecimiento y la expansión, con las conquistas portuguesas y castellanas en África y América. En el Mediterráneo peninsular el futuro no se presentaba tan halagüeño, con el traslado del centro geoestratégico al Atlántico, que abriría una nueva etapa en la historia económica de la Península, con resultados muy diferentes para los distintos reinos y territorios.

Antoni Furió es catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Valencia.

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