Lagarde aguanta el tipo
Esperar y ver era la decisión más conveniente para el BCE pese a los fantasmas del pasado reciente

Cuando dirigía el Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde solía comenzar los discursos con referencias al tiempo para enlazar con la situación económica: sol, aunque riesgo de precipitaciones; nubarrones, pero anticiclón a la vuelta de la esquina, esas cosas. El día limpio y radiante con el que amaneció Fráncfort, cuartel general del Banco Central Europeo (BCE), sin embargo, complicó este jueves la metáfora más adecuada al momento. Pocas horas antes de que los guardianes del euro comunicasen su decisión sobre los tipos de interés, el petróleo estaba escalando a los 126 dólares por barril, el nivel más alto en cuatro años, y se hicieron públicos unos datos poco halagüeños la zona euro: el PIB quedó prácticamente estancado en el primer trimestre, con crecimiento del 0,1%, y la inflación escaló hasta el 3% en abril, cuatro décimas por encima de marzo.
La falta de avances en las negociaciones para reabrir el estrecho de Ormuz y el temor a que Estados Unidos ataque de nuevo a Irán mantiene a los mercados sobresaltados, por una parte, y el choque energético ya ha hecho mella en los costes de la vida, por otra. El BCE, con todo, ha optado por esperar y ver, ha mantenido los tipos de interés donde están, en el 2%. Y ha hecho bien. El fantasma de la Navidad del pasado, el error de haber infravalorado la escalada inflacionista en 2021 y 2022 como algo “transitorio” y haber reaccionado tarde, flota en el ambiente del eurobanco. Cuando aprobó la primera subida de tipos, en julio de 2022, la inflación se encaminaba al 10%. Pero el temor a repetir la historia no debe atenazar.
Al BCE de Lagarde se le debe crédito de haber llevado a cabo una “inmaculada desinflación”, el haber sacado al euro de semejante espiral sin haber provocado una recesión, algo tirando a inusual en la historia económica, con la ayuda, eso también, de las políticas fiscales expansivas de los Gobiernos. ¿Hubiese sucedido del mismo modo con subidas de tipos mucho más prematuras, cuando se trataba de una inflación de factores exógenos? Tal vez sí, pero es mejor emplear el tiempo en preguntas sobre el presente. Y, ahora, una subida prematura del precio del dinero golpearía la demanda en un momento en el que consumidores y fabricantes ya se están viendo lastrados por la actual coyuntura y se han rehecho a duras penas en un mundo ya sin el petróleo barato de Rusia.
Un trabajo de los investigadores del eurobanco, publicado en 2024, abordaba un escenario de choque de precios energéticos y las respuestas en materia de política monetaria para concluir que, bajo una política pasiva, cuatro quintas partes de la caída del consumo se atribuyen a efectos indirectos de los ingresos. Mientras que, en claro contraste, bajo una respuesta política activa, tres cuartas partes de la caída del consumo se explican por el efecto directo real de los tipos y, por tanto, está directamente relacionado con la política monetaria.
Los banqueros centrales, en resumidas cuentas, juegan con fuego, especialmente cuando se trata de ponerse estrechos porque su eficacia resulta mucho más evidente en esos casos. John Maynard Keynes solía comparar la política monetaria con una cuerda: si tiras de ella (subiendo el precio del dinero), es claro que embridarás una economía recalentada, pero las cuerdas no se empujan, la efectividad de relajar tipos es menor cuando hay un problema de confianza. Los mercados daban por descontado el desenlace de hoy y esperan una subida en junio, con otra posible antes de terminar el año. Fráncfort está dejando anticipar sus movimientos para mantener la calma.
No es casualidad que otros grandes bancos centrales —Reserva Federal estadounidense, Banco de Inglaterra y Banco de Japón— hayan tomado la misma vía esta semana. Y el BCE dispone de un mayor margen de maniobra que la Fed, por ejemplo, cuyos tipos se mueven en una horquilla del 3,50%-3,75%. Europa —y el mundo— sufren, sobre todo, un problema de desaceleración y grave incertidumbre; y este jueves había que aguantar el tipo, en todos los sentidos.


























































