Musk, Zuckerberg y el papel de sus empresas globales en la guerra en Ucrania

Las compañías privadas influyen no solo retirándose del mercado ruso, sino también con iniciativas de apoyo a Kiev

Sede de Meta en California.
Sede de Meta en California.Nick Otto (Bloomberg)

Las guerras se libran en muchos frentes y no solo importan los tanques. Horas antes de que Rusia lanzara su invasión de Ucrania el 24 de febrero, Microsoft detectó un ciberataque y asesoró a Kiev para neutralizarlo, según informa la compañía. Días después del inicio de la agresión rusa, Starlink, de Elon Musk, había suministrado a Ucrania una primera entrega de antenas para reforzar las telecomunicaciones en el país utilizando su constelación de satélites. A las tres semanas y media del ataque, más de 400 empresas han congelado sus operaciones en el mercado ruso.

El conflicto desatado por la invasión rusa de Ucrania está demostrando la creciente relevancia de las empresas en las confrontaciones bélicas en nuestra época. El protagonismo de titanes privados dueños de servicios de gran importancia estratégica y el nivel sin precedentes de interconexión entre sociedades son dos de los factores que otorgan al sector empresarial una importancia en la confrontación entre Estados desconocida hasta ahora.

Esa relevancia se encarna en distintos planos. En primer lugar, las compañías privadas son el instrumento principal a través del cual se materializa el efecto de las sanciones económicas, y en un mundo globalizado, esta dinámica es especialmente impactante. Pero, además de su función instrumental a demanda de poderes públicos, las empresas pueden ir más allá, tomando libremente iniciativas para castigar a una parte o para apoyar a otra, a veces con un gran potencial.

La abrupta estampida de empresas del mercado ruso es un movimiento sin parangón. De las más de 400 compañías que han tomado medidas por la invasión, según un recuento llevado a cabo por la Universidad de Yale, unas 160 se han retirado del mercado ruso con un corte limpio; otras 180 han suspendido operaciones, pero manteniendo opciones para reactivarlas, y 70 más han reducido su actividad y/o congelado nuevas inversiones. En gran medida, son decisiones voluntarias, no dictadas por sanciones occidentales.

“Se trata del conocido como ‘efecto paralizante”, comenta Maria Shagina, investigadora del Instituto Finlandés de Asuntos Internacionales especializada en materia de sanciones. “Aunque no lo requieran las sanciones, las compañías se retiran, multiplicando el efecto de las primeras. El cálculo sobre los daños a la reputación desempeña un papel clave. En el caso de Rusia, muchas empresas, además, tienen ahí operaciones de tamaño reducido, así que el cálculo de coste-beneficio ha sido claro”, dice. Además del elemento reputacional, también influyen consideraciones sobre la dificultad de operar en un entorno de prohibiciones y volatilidad, por ejemplo en la cotización de la divisa.

Una vez que empieza la estampida, el fenómeno se torna casi imparable. Shagina apunta que, por tamaño de la economía golpeada, rapidez y amplitud del corte, se trata de un episodio sin precedentes. “Es una mezcla de sanciones al estilo iraní con efecto paralizante de estilo norcoreano”, comenta la experta.

Pero en algunos casos, además del cumplimiento con los requerimientos de las sanciones o de la retirada voluntaria del mercado ruso, hay empresas que adoptan una posición proactiva. Los casos más significativos se registran en el sector tecnológico, que cuenta con gigantes en ciertos sentidos más poderosos que muchos Estados. Compañías como Apple, Microsoft, Alphabet (Google), Amazon, Tesla y Meta (Facebook) tienen niveles de capitalización bursátil que equivalen al PIB anual de grandes países ―todas ellas se situarían entre los primeros 20 países del mundo por PIB con su cierre de mercado a 31 de diciembre―. Y controlan tecnologías de un interés estratégico absoluto.

Raquel Jorge, investigadora del Real Instituto Elcano especializada en la agenda tecnológica digital, apunta una cuestión clave. “Ciertas empresas ofrecen servicios que los propios gobiernos no son capaces de resolver con tanta especialización”. Antes, el soporte esencial que las empresas privadas ofrecían en los conflictos era en el sector industrial de la defensa. Ahora, hay conocimientos y servicios digitales que se antojan extremadamente relevantes para las guerras de nuestro tiempo. A continuación, tres ejemplos recientes que ejemplifican esa dinámica.

La ciberdefensa de Microsoft

La compañía fundada por Bill Gates no solo ha decidido, como tantas otras, dejar de vender sus productos en el mercado ruso. Ha asumido públicamente los objetivos de “proteger a Ucrania de los ciberataques” y activarse en contra de “campañas de desinformaciones respaldadas por Estados”, en clara referencia a noticias falsas difundidas por medios rusos, según un texto publicado por Brad Smith, presidente la empresa.

Smith señala que Microsoft se activó ya horas antes del inicio de la ofensiva bélica rusa al detectar ciberataques contra Ucrania, ayudando al Gobierno de Kiev en esa circunstancia y, posteriormente, asesorándole ante potenciales amenazas y medidas defensivas. Microsoft considera que algunos ciberataques rusos podrían violar la Convención de Ginebra y comparte información en su poder con la OTAN. El día 4 decía haber actuado ya frente a una veintena de operaciones rusas dirigidas contra organizaciones gubernamentales, financieras o de información y tecnología ucranias.

Las conexiones de Starlink

El 28 de febrero, pocos días después del inicio de la invasión, el Gobierno de Kiev anunció que había recibido el primer cargamento de terminales para internet de Starlink, la unidad de satélites de SpaceX, empresa de Elon Musk. La iniciativa busca reforzar las posibilidades de conexión a internet en Ucrania a través de una red complementaria que puede representar una alternativa si otras sufren disrupciones. Las terminales permiten a sus usuarios conectarse al sistema configurado por la constelación de satélites Starlink, que ya tiene 2.000 aparatos, de un total de algo más de 5.000 en órbita. El día 9, Kiev afirmó haber recibido un segundo cargamento, y otro más el día 18.

La acción no está exenta de problemas asociados. El propio Musk alertó de que en algunas zonas de Ucrania las antenas de Starlink activadas pueden ser el único sistema de comunicación que no esté bajo control ruso y, por tanto, las posibilidades de que se conviertan en una diana son altas. Musk recomendó activarlas solo cuando sea necesario y colocarlas lo más lejos posible de personas. Pero, incluso con esos riesgos, es evidente que redoblar la posibilidad de comunicarse en un escenario de guerra, con un enemigo propenso a destruir servicios básicos como agua potable o electricidad, es un factor de mucho peso.

El megáfono de Facebook

La agencia Reuters informó el día 10 de la existencia de documentos internos de Meta, compañía madre de Facebook o Instagram, según los cuales se revisaban las políticas internas acerca de la censura de mensajes de odio para permitir en una docena de países ―entre ellos Ucrania― la incitación a la violencia contra objetivos rusos y las exhortaciones a asesinar a los presidentes de Rusia y Bielorrusia cuando no tuviesen rasgos de plan real. Posteriormente, la compañía ha perfilado de forma mucho más estricta las excepciones a su política general contra el discurso del odio, informó Reuters el día 14. Se aplican solo al territorio ucranio y no cubren ni la violencia contra ciudadanos rusos ni la incitación al asesinato de los líderes.

La cuestión ha causado cierta polémica y ha sido mencionada con tono muy crítico por Vladímir Putin en un discurso pronunciado el miércoles. El razonamiento de fondo de la compañía es el intento de recalibrar la libertad de expresión ante el oprobio de una agresión ilegal, injustificada y brutal como la rusa. Pero en un contexto inflamable como el actual y en medio de movimientos para conformar brigadas internacionales, a nadie se le escapan las consecuencias trascendentales que tienen las políticas de edición de contenidos de plataformas de masas como Facebook o Instagram.

Activistas de defensa de los derechos humanos también han comentado críticamente el asunto, señalando los riesgos que acarrea y también la sensación de doble estándar entre la actuación en este caso y la inacción en otros. Los fallos de Facebook en detener la propagación del discurso del odio contra los rohingya en Myanmar fue un elemento clave en la terrible persecución que estos sufrieron hace un lustro.

Cada conflicto tiene sus circunstancias y el tipo de reacción empresarial ante la invasión de Ucrania no necesariamente se repetirá. Pero pone de manifiesto el nuevo y enorme potencial de estos actores en áreas clave. El sector privado, con sus titanes, debe incluirse en todos los análisis sobre los equilibrios de fuerzas en los escenarios de confrontación. Pesan mucho más en el siglo XXI que en los anteriores.

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Sobre la firma

Andrea Rizzi

Corresponsal de asuntos globales de EL PAÍS y autor de una columna dedicada a cuestiones europeas que se publica los sábados. Anteriormente fue redactor jefe de Internacional y subdirector de Opinión del diario. Es licenciado en Derecho (La Sapienza, Roma) máster en Periodismo (UAM/EL PAÍS, Madrid) y en Derecho de la UE (IEE/ULB, Bruselas).

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