Ucrania y la próxima subida de tipos desafían la economía de EE UU tras dos años de tensión extrema

La inflación en máximos y cortes en la cadena de suministro amenazan con ralentizar la recuperación y provocar incluso una fase de estanflación

Operadores en el parqué de la Bolsa de Nueva York, el 16 de febrero.
Operadores en el parqué de la Bolsa de Nueva York, el 16 de febrero.SPENCER PLATT (AFP)

Teoría y práctica del aleteo de la mariposa. Una guerra en un país situado a miles de kilómetros de la ciudad de EE UU más cercana amenaza con aumentar el coste de la vida en Boston o Chicago, ya de por sí elevado por la inflación. También con sacudir las carteras de inversión y ralentizar la recuperación económica, que avanzaba con brío tras la pandemia pese a las turbulencias del atasco global en las cadenas de suministro. La suma de todos los factores —aumento desbocado de los precios, volatilidad bursátil, escasez de materias esenciales en la industria, además de una energía cada vez más cara— constituye un desafío mayúsculo para la economía norteamericana tras dos años de tensión extrema. De la inflación, algunos han pasado a hablar del riesgo de estanflación —alta inflación, bajo crecimiento—, sobre todo si la contienda se prolonga. Las comparaciones con otros contextos históricos traumáticos —la crisis del petróleo de los setenta; el impacto en los precios del crudo de la revolución iraní de 1979— proliferan. El veto de la Casa Blanca al crudo ruso añade incertidumbre al escenario.

“La estanflación está recibiendo la atención que merece en la coyuntura actual. Durante la pandemia, inyectamos miles de millones de dólares a las economías y no pensamos en las consecuencias. Además, no podríamos haber previsto el efecto de los cortes de la cadena de suministro y la guerra en Europa. Sumados todos los factores, los precios solo tenían una salida, ir hacia arriba, mientras el PIB en muchos países se desinflaba. La estanflación demuestra que la teoría económica suele ser correcta”, sostiene Eric Adams, profesor de Economía de la universidad canadiense de Ryerson.

El actual constituye un escenario convulso. La Reserva Federal (Fed, las siglas del banco central estadounidense) anunciará el miércoles la primera subida de tipos desde marzo de 2020, teóricamente del 0,25%. Las lecciones de los setenta aconsejan calma y el presidente del organismo, Jerome Powell, ha insistido en que el banco se moverá “con cuidado” a la hora de endurecer su política monetaria. Hace únicamente un mes, el encarecimiento del precio del dinero era visto como una medida oportuna para contener la inflación, que subió al 7,9% en febrero; ahora parece una tirita intentando taponar una sangría. Los economistas prevén que pueda alcanzar una tasa en torno al 9% en los próximos meses.

La Fed se agarra a la inflación subyacente —descontados los precios de la energía y la alimentación, más volátiles— para transmitir ese mensaje de calma, pero el precio real del petróleo ajustado a la inflación se ha disparado casi al nivel que alcanzó durante la revolución iraní. EE UU está mucho más protegido que otros países debido a que su producción iguala su consumo, por lo que un incremento del precio del barril tendrá un impacto neutro en el PIB. Pero no en el bolsillo de los consumidores, como subrayó el presidente Joe Biden al anunciar este martes el veto a la importación de crudo ruso: “Defender la libertad tiene un coste, también para nosotros”.

Volatilidad extrema

La volatilidad que genera el conflicto aconseja previsiones diarias, casi al minuto, para no quedar obsoletas o pecar de pacatas. El precio del barril de Texas, el de referencia en EE UU, se redujo este miércoles un 12,1%, hasta los 108,70 dólares, tras el pico de 130 dólares alcanzado el domingo (el más alto desde 2008). Su punto de equilibrio se sitúa en los 75 dólares. Este miércoles el precio promedio del galón (3,7 litros) en los surtidores del país era de 4,252 dólares, con picos de 5,573 en lugares como California. Los precios de los futuros de petróleo eran más bajos que los precios al contado, lo que sugiere que el mercado prevé que el aumento sea temporal.

Con la aprobación, este lunes, del duodécimo intercambio de 2,7 millones de barriles de crudo a ExxonMobil desde la Reserva Estratégica de Petróleo, Washington ha liberado desde finales de noviembre 24,4 millones de barriles para limitar el impacto de la subida en el consumidor. Una medida forzada por la inflación que ha acabado resultando premonitoria, además de preventiva.

“Aunque EE UU es más independiente energéticamente que la UE, tendrá que lidiar con una inflación aún más alta debido al shock energético global”, sostiene Jack Rasmus, profesor de Economía en el Saint Mary’s College de California. “Las compañías petroleras elevan los precios no por causas legítimas de oferta o demanda, sino porque, como monopolios en sus respectivas economías, simplemente pueden hacerlo. Eso ya ha venido sucediendo en la economía estadounidense antes de la guerra. Casi la mitad de su última tasa de inflación anual del 7,5% está vinculada al precio del petróleo”.

Previsión del PIB

Las señales son contradictorias, cambiantes. Frente a los sombríos pronósticos que se ciernen sobre la eurozona, EE UU puede salir casi indemne, con un daño “moderado”, según la agencia de calificación crediticia Moody’s, y una previsión del PIB ligeramente inferior a la esperada este año (un 3,5% frente al 3,7% esperado). El exceso de ahorro en los hogares por la inyección de estímulos del Gobierno federal para contrarrestar la pandemia puede amortiguar la fuerte subida de la energía. Pero no solo suben los combustibles y la luz: también, de manera desbocada, los alquileres; los coches usados, las tarifas de avión… por no hablar de la cesta de la compra.

“Es difícil medir el sentimiento general entre economistas, analistas de mercado y quienes fijan los precios. Pero es cierto que hay una conversación emergente y más visible sobre la posibilidad de una estanflación. Es una combinación de crecimiento económico bajo o negativo e inflación alta. El bajo y el alto de la oración anterior son arbitrarios. Aquellos que ven una inflación del 5% al 7% como alta y un crecimiento económico inferior al 2% como bajo, ya están hablando de estanflación. ¿Puede esto continuar por un tiempo? Podría (a menos que los salarios se mantengan estables, lo que significa que los trabajadores siguen impotentes para negociar salarios más altos), y por eso no es tan descabellado hablar de estanflación, incluso si no crees que una inflación del 5%-7% es alta”, apunta por correo electrónico Talan Iscan, especialista en crecimiento de la Universidad Dalhousie.

La volatilidad de otras materias primas tendrá en el caso de EE UU especial impacto en la cadena de suministros, ya tensada desde la aparición de la variante delta del coronavirus. Materiales como el níquel, el aluminio o el gas neón, por no citar el tungsteno, cuyas reservas mundiales se reparten China y Rusia, son esenciales en la fabricación de láseres, baterías electrónicas, semiconductores, instalaciones de energías limpias e industria automovilística. Es decir, la amenaza de un ulterior desabastecimiento podría paralizar la actividad en sectores ya gripados durante 2021. Pero también en el sector primario: los agricultores se preparan para un aumento en el precio de los fertilizantes, ya en niveles récord antes del conflicto. Rusia, productor mundial de abonos de bajo costo y gran volumen, es el segundo mayor productor del mundo de potasa después de Canadá, un nutriente clave utilizado en los principales cultivos, lo que tendrá consecuencias directas en el precio de algunos alimentos.

Aluminio y níquel

“El segundo día de la invasión [25 de febrero] Biden anunció que las exportaciones de aluminio de Rusia quedaban exentas tras reunirse con los responsables de las industrias automotriz y conservera, que dependen de las importaciones rusas de aluminio en bruto; son el 10% del total. Se puede esperar que otras importaciones críticas a base de metales obtengan silenciosamente exenciones en la batería de sanciones”, explica Rasmus. Además del níquel, el precio de los metales usados en la industria automotriz, desde el aluminio de las carrocerías al paladio de los radiadores, también se ha disparado desde la invasión.

El profesor Rasmus vislumbra una recesión probable. “El aumento sostenido de la inflación, los recortes en gasto social y el aumento de las tasas de interés retrasarán en conjunto una recuperación económica incipiente; es muy posible que se produzca una recesión a fines de 2022 o principios de 2023. En resumen, la economía estadounidense sentirá los efectos negativos de la guerra de Ucrania en términos de inflación, ingresos familiares disponibles y políticas monetarias inestables del banco central. De alguna manera, los efectos de la guerra serán menores que los efectos que se sienten en Europa; si bien en otras formas quizás sean más severos”.

Sobre la estanflación, Rasmus propone aguardar a conocer los datos de crecimiento del primer trimestre del año. “Se empieza a hablar de ello, pero los principales medios hacen todo lo posible para no exagerar. Creo que la probabilidad crecerá una vez que se publique el informe del PIB del primer trimestre de 2022, con un crecimiento sorprendentemente bajo, tal vez incluso cero, según el pronóstico preliminar de la Fed en Atlanta [0,5%, cálculo del 8 de marzo; medio punto más que el 1 de marzo]. En cuanto a Europa, pronto, si no ya, caerá en otra recesión, ya que su industria depende tanto del petróleo, del gas y de las materias primas, cuyo precio sigue aumentando. Europa será la más afectada. La inflación de las materias primas continuará creciendo durante meses, mientras que las economías reales sufrirán un gran golpe. Eso es estanflación”.

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