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El BCE acelera el fin de los estímulos ante la espiral inflacionista agravada por la guerra

La institución eleva su pronóstico de la inflación hasta el 5,1% en 2022 y se compromete a “tomar las medidas necesarias” para garantizar “la estabilidad de precios y salvaguardar la estabilidad financiera”

La presidenta del BCE, Christine Lagarde, durante una comparecencia en Fráncfort (Alemania), este jueves.
La presidenta del BCE, Christine Lagarde, durante una comparecencia en Fráncfort (Alemania), este jueves.DANIEL ROLAND (AFP)
Lluís Pellicer

La invasión de Ucrania amenaza ya con convertir en insoportable la inflación de la zona euro. Y ante un recrudecimiento de las tensiones entre el Kremlin y las potencias occidentales que dispare el precio de la energía, el Banco Central Europeo (BCE) ha decidido este jueves acelerar el paso en la retirada de los estímulos que se lanzaron para salvar a la economía tras el golpe de la pandemia. La institución que preside Christine Lagarde irá reduciendo su programa de compra de deuda hasta los 20.000 millones de euros mensuales en junio. A partir de entonces, el Eurobanco podría poner punto final a esas adquisiciones masivas y empezar a pensar en una subida de los tipos de interés. O todo lo contrario, si es que la inflación empieza a relajarse. Sin embargo, el conflicto en el Este de Europa ha abierto un panorama tan complejo como sombrío. Por ahora, Lagarde, que lució una bandera de Ucrania en la solapa, prevé menos crecimiento y más inflación. Y advirtió de que solo tiene dos escenarios alternativos: uno “malo” y otro “peor”.

El BCE intenta hallar el camino que permita que las economías de la zona euro transiten entre el crecimiento y la inflación mientras dure la guerra de Ucrania, que considera que ha sido “un punto de inflexión”. En las últimas semanas, halcones y palomas ya habían ido tomando posiciones en vistas a la reunión de esta semana. El Norte, capitaneado por el Bundesbank, reclamaba seguir adelante en el endurecimiento de la política monetaria ante el riesgo de que la inflación siguiera desbocándose. El Sur, por medio de los gobernadores de Grecia o Portugal, pedía esperar ante el peligro de estanflación. En la rueda de prensa de este jueves, Lagarde admitió que el Consejo de Gobierno vivió esa división, pero que sus dos almas finalmente se encontraron en una propuesta presentada por el economista jefe de la institución, Philip Lane, que consiste en reducir las compras de deuda, pero de forma “gradual” y garantizando que el consejo se tomará “algún tiempo” después de finalizar ese programa para decidir una subida de tipos, que de momento siguen intactos (la financiación en el 0% y la facilidad de depósito, en el -0,5%).

Dos semanas de guerra han supuesto ya un deterioro de medio punto en las perspectivas de crecimiento de este año, que el BCE ha rebajado del 4,2% al 3,7%. La institución no ve probable que a corto plazo la zona euro pueda recuperar esas décimas que va dejándose por el camino, puesto que prevé que el avance para 2023 sea del 2,8% en lugar del 2,9% y que en 2024 las economías de la moneda única se expandan un 1,6%, como ya proyectó en diciembre. La invasión llegó justo cuando el mercado laboral mejoraba, los cuellos de botella se deshacían y la economía parecía sortear bien el impacto de la variante ómicron. Ahora, dijo Lagarde, Europa puede acusar “un aumento más pronunciado de los precios de la energía y las materias primas” y sufrir un mayor retroceso en el comercio y la confianza.

El peligro, que Lagarde no quiso mentar, se llama estanflación. Máxime si se agudizan las tensiones sobre los precios de la energía sin que los líderes europeos, reunidos en París, les pongan remedio. Los técnicos del BCE contemplan que este año el alza de precios sea del 5,1% (en lugar del 3,2% que auguraban en diciembre), que en 2023 se sitúe en el 2,1% (frente al 1,8%) y en 2024, en el 1,9% (una décima más). “El Consejo de Gobierno ve cada vez más probable que la inflación se estabilice en su objetivo del 2% a medio plazo”, afirmó la francesa. Fuentes financieras sostienen que ahora el BCE interpreta que, pese al fantasma de la estanflación, los riesgos de una inflación galopante son mayores que los de una recesión. Y sin embargo, Lagarde sostuvo que todavía no están viendo una presión del alza de precios sobre los salarios.

Nuevo calendario

El calendario del BCE hasta ahora pasaba por poner fin este mes al programa de compras vinculado con la pandemia (PEPP, por sus siglas en inglés), que ascendió a 1,85 billones de euros, y aumentar la dotación del plan tradicional de adquisiciones (APP) a un ritmo de 40.000 millones de euros mensuales en el segundo trimestre, 30.000 millones en el tercero y 20.000 a partir de octubre. A la vista del “entorno incierto” actual, el BCE ha recalibrado el programa y las compras serán de 40.000 millones en abril, 30.000 en mayo y 20.000 en junio. A partir de entonces, la supervivencia del plan de compras dependerá de las perspectivas de inflación a medio plazo.

Un banquero central, sin embargo, es también un artesano de las palabras. Y Lagarde rechazó de llano hablar de “endurecimiento” de la política monetaria. Ni siquiera de “acelerar” los planes de retirada. La presidenta del BCE dijo que la institución busca tener todas las opciones posibles a su alcance para intervenir en cualquiera de los dos sentidos. Se trata, dijo, de tener las manos libres para ir decidiendo sus movimientos en función de los datos que le llegan en cada momento dada la elevada incertidumbre de la guerra. “Ante el riesgo de estanflación y la elevada incertidumbre, esta decisión da la máxima flexibilidad al banco central y mantiene abierta la opción de una suba de tasas antes de fin de año”, afirmó el jefe de Macro de ING, Carsten Brzeski. Además, Lagarde se dirigió a los líderes europeos, a los que recordó que “el apoyo fiscal” también es crítico en una situación geopolítica compleja.

La nueva hoja de ruta presentada por Lagarde supuso un repunte momentáneo del euro frente al dólar y del sector bancario, que ansía la subida de tipos para ver mejores rentabilidades en sus balances. Sin embargo, el mercado de deuda soberana acusó esas perspectivas. La rentabilidad del bono alemán a diez años subió hasta el 0,275%, mientras que la del español lo hizo hasta el 1,26%, incrementando su prima de riesgo. Lagarde, sin embargo, releyó el primer párrafo de la nota enviada por el BCE. “El Consejo de Gobierno adoptará cuantas medidas sean necesarias para cumplir el mandato de estabilidad de precios encomendado al BCE y para salvaguardar la estabilidad financiera”, ha dicho la banquera. Y aunque ha admitido que hay un cierto abuso del célebre whatever it takes, ha remachado: “No tengan duda”.


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Sobre la firma

Lluís Pellicer
Es jefe de sección de Nacional de EL PAÍS. Antes fue jefe de Economía, corresponsal en Bruselas y redactor en Barcelona. Ha cubierto la crisis inmobiliaria de 2008, las reuniones del BCE y las cumbres del FMI. Licenciado en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona, ha cursado el programa de desarrollo directivo de IESE.

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