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La eurozona del canciller Scholz

La eurozona del canciller se dibuja como un proyecto aperturista de área monetaria-fiscal seria, pero no ‘austeritaria’

Olaf Scholz, el pasado jueves.
Olaf Scholz, el pasado jueves.DPA vía Europa Press (Europa Press)

La eurozona del canciller Olaf Scholz se dibuja como un proyecto aperturista de área monetaria-fiscal seria pero no austeritaria; altamente inversora pero no dilapidadora; dinámica en la integración federal, pero prudente en sus pasos.

No en vano, ese escenario responde a un pacto —además de con Los Verdes—, con el centroderecha del partido liberal (FDP) y su líder, el futuro ministro de Hacienda, Christian Lindner. Que es, precisamente, el encargado de ejecutar la política económica europea de Berlín, aunque “en estrecha cooperación con el canciller”, como reza el programa tripartito.

Esa política tiene dos patas. Una es la revisión del viejo manual del austeritarismo, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento: modestamente calificada como “desarrollo futuro”, para aludir a que no se quiere desmocharlo. Formalmente se pretende “simplificarlo”, hacerlo “más transparente” y “reforzar su aplicación”.

Pero la clave es el contenido de la reforma que busca el programa de coalición: antes que el rigor presupuestario prioriza “asegurar el crecimiento”; omite aludir al déficit aunque insta al “mantenimiento de una deuda sostenible” y, sobre todo, enfatiza el objetivo de “garantizar la inversión sostenible y favorable al medio ambiente”.

En traducción libre, eso abre claramente la puerta a una interpretación menos rigorista y más expansiva para las políticas fiscales de los 27 socios. Y particularmente a pavimentar la introducción de la regla de oro de la inversión que pretendió Jacques Delors en Maastricht: o sea, a excluir la inversión productiva pública del cómputo del déficit, para facilitarla.

En este caso, desde luego —al menos— la inversión verde. Su justificación es que debe financiarse en gran parte con endeudamiento, pues beneficiará a distintas generaciones. Parece obvio, pero entraña un vuelco ideológico y presupuestario susceptible de enervar a los halcones.

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La otra gran pata es la política fiscal común, formulada con mucha menor ambición. El plan de recuperación comunitario —Next Generation— se califica escuetamente de “instrumento limitado en el tiempo y el objetivo”. De lo que se inferiría la ausencia de voluntad de ampliarlo, profundizarlo o reeditarlo, por la vía netamente federal de convertir los eurobonos en perpetuos y crear un Tesoro europeo.

Pero también aquí se dejan abiertas, si no puertas, al menos ventanas. Como la propuesta de “lanzar con nuestros socios europeos una ofensiva inversora focalizada en proyectos transnacionales”. Ofensiva.

O la referencia a que el BCE podrá realizar mejor su política monetaria orientada a la estabilidad de precios si la política fiscal “en la UE en los Estados miembros cumplimenta sus responsabilidades”. Atención: se evoca implícitamente el expansionismo fiscal de la Unión antes que aludir a un rigorismo de los Gobiernos.

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