Opinión
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El fiasco del rescate bancario

No es solo numérico, sino de objetivos: ha ocurrido lo contrario de lo prometido

Un 'stand' de la Sareb, en la feria SIMA de 2017.
Un 'stand' de la Sareb, en la feria SIMA de 2017.Pablo Monge

La quiebra técnica del banco malo o Sareb (Sociedad de Gestión de Activos Procedentes de la Reestructuración Bancaria), soterrada durante años, incrementa ahora —en la peor fase de la economía desde la Guerra Civil— la deuda española en 35.000 millones de euros, sumándole tres puntos, del 117,1% al 120% del PIB. Una cantidad que equivale a la mitad de los fondos de recuperación europeos no reembolsables previstos para España.

Es el fiasco que desborda el vaso. El conjunto de las pérdidas estimadas para las dos patas de la reforma financiera del PP, organizada hace casi un decenio por su titular de Economía, Luis de Guindos, roza el doble, los 70.000 millones.

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Primera: el rescate bancario (con inyecciones de capital para salvar entidades insolventes y compensaciones a sus compradores, los “esquemas de protección de activos”) se financió sobre todo con ayudas de la UE de más de 40.000 millones. El saldo a 20 de noviembre de 2019 ha sido un coste de 42.561 para el erario público, según el Banco de España (y de hasta 65.725 millones de pérdidas contando el daño al sector privado).

Segunda: a esa cantidad se le añade el agujero ya certificado del banco malo, 9.704 millones a final de 2020 (7.512 millones de pérdidas más 2.192 millones de capital consumido). Que aumentará al menos en otros 10.000 millones los próximos años, según la estimación más optimista. Y quizá el doble, pues solo le quedan por vender los peores activos (inmobiliarios: suelo sin clasificar, casi invendible; y créditos-promotor, otro tanto), consumiendo, para el diablo, buena parte de la deuda pública que ahora se multiplica. De ahí que se rocen los 70.000 millones.

El doble fiasco no es solo numérico, sino de objetivos. Ha ocurrido lo contrario de lo prometido. El rescate no detraería “ni un euro” a los ciudadanos, se comprometió el Gobierno.

No habrá “un coste para los contribuyentes” (Guindos, mayo 2012); “ningún coste para la sociedad, sino todo lo contrario” (Guindos, junio 2012); es solo “un crédito a la banca que va a pagar la propia banca” (Mariano Rajoy, junio 2012), se alegó.

Y la Sareb, cuyo derrumbe es la noticia de ahora, también debía ser un paraíso. Tendría “una rentabilidad del 15% en 15 años” (Guindos, noviembre 2012), gracias a un plan de negocio “sólido y prudente”, como lo presentó su primera presidenta, Belén Romana, ex directora general y candidata del ministro a cualquier puesto (marzo de 2013), cuyo segundo, Walter de Luna, matizó a sus mayores: “La rentabilidad acumulada para los inversores va a estar entre el 13% y el 14%”.

Eso sí, Guindos advirtió que “podría tener pérdidas en algún momento”, pero los beneficios llegarían a partir de “la mitad” de su vida, prevista hasta 2027. Menudo acierto. Jamás los tuvo, sino pérdidas crecientes: 261 millones en 2013; y 585, 103, 663, 565, 878, 947 y 1.073 millones negativos en cada uno de los siguientes ejercicios.

Y eso que se le prodigó ingeniería financiera. El primer truco, que ahora pagará el contribuyente, el aval del Estado a los 50.000 millones de deuda (solo se han recuperado unos 15.000), pasivo con el que se financió la compra de unos activos ruinosos; pero como la mayoría del exiguo capital la ostentaban las entidades privadas para que su deuda no computase como estatal, la Sareb no obedecía a los criterios de transparencia e incompatibilidades del sector público.

Segundo truco, ya en 2014 las pérdidas absorbieron todo el capital obligando a enmascararlas convirtiendo en capital la deuda subordinada. Tercero, como en 2015 afloró un agujero de 3.000 millones, pues una circular del Banco de España obligó a retasar todo el ladrillo a precios de mercado, se optó por difuminarlo a los años anteriores. Y como remate, en 2016 el Gobierno cambió la normativa permitiendo no apuntar las minusvalías a la cuenta de resultados sino a otra desde la que no aflorarían… Y así.

Gestión —continuista— aparte, y abstrayendo también los costes exorbitantes de su nutrida plantilla, la principal razón de tanto fracaso fue el penoso diseño de la corporación. Por la pésima calidad de los activos absorbidos de las entidades fallidas: fue “sensiblemente inferior a la inicialmente esperada”, ha reconocido el director general del FROB con Guindos y uno de los creadores de la Sareb, Antonio Carrascosa (Expansión, 12/4/2021). ¡Pero que se tasaron en base a los números de la consultora favorita, Oliver Wyman (reducidos), y la Comisión Europea ya advirtió que eran exagerados! Así que se impuso la venta a pérdidas, a precios del ladrillo inferiores a su valor en libros.

Y, para empeorar las cuentas, Romana contrató en verano de 2013 un derivado asegurador, un crédito swap para protegerse de aumentos de los tipos de interés sobre la deuda. Genial visión en una ex directora general del Tesoro: por efecto del “haré lo que sea necesario para salvar al euro” anunciado un año antes por Mario Draghi, los tipos REFI ya se habían desplomado a la mitad y en 2014 se pondrían a cero.

Lo que generó pérdidas añadidas por 3.200 millones a la Sareb, por apostar a la mula coja de una próxima subida. Y correlativas ganancias para el sindicato de bancos asegurador, copilotado por el Santander, a cuyo consejo se incorporó Romana en enero de 2015 sin cursar ninguna cuarentena por razón de incompatibilidad moral; legal no la había.

Todo muy discreto. Pero algunas entidades, menos ingenuas, no se dejaron engañar. Provisionaron sus aportaciones de capital dándolas por fallidas casi al inicio.

¿Era ineluctable el fracaso? Pues no. El banco malo de Suecia, creado en 1993 recuperó 50.000 millones de los activos (cuantificados en 65.000) que absorbió. Al Nama irlandés, fundado en 2009, se le colocaron 70.000 millones de activos tóxicos y saldó las deudas en marzo de 2020.

No era la idea lo malo del banco malo español, sino sus fundamentos: “Era todo una quimera”, rememora uno de los participantes en el proyecto, “que ha redundado en una gigantesca transferencia de deuda privada al sector público y a otras entidades saneadas, una verdadera socialización de pérdidas”.

Esa precaria arquitectura obedeció a la premura con que Guindos precipitó el estallido de la crisis de las cajas, con unas declaraciones al Financial Times, al inicio de 2012, afirmando que la banca española necesitaba provisiones por 50.000 millones… sin tener preparados los mecanismos para hacer frente al estallido.

Era su estrategia de presión, insólitamente pública en un gobernante, para romper con la del “aterrizaje suave” que encabezaba el entonces gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez. “Queríamos ir a por todas. Huíamos del parcheo anterior”, alegó el ministro en su libro España amenazada. Solo dos años después, en febrero de 2014, invirtió su óptica: “Lo importante es ganar tiempo y Sareb es un instrumento para ganar tiempo”. El exjefe de Lehman Brothers en España ganó tiempo y posición. El contribuyente paga esa fiesta.

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