Opinión
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Inminente final del túnel

El FMI y la OCDE revisan al alza el crecimiento mundial en 2021. Y eso que no cuentan con el último ‘Plan de empleo americano’, de 1,7 billones

El presidente de EE UU, Joe Biden, este martes en la Casa Blanca.
El presidente de EE UU, Joe Biden, este martes en la Casa Blanca.OLIVER CONTRERAS / POOL / EFE

El final del túnel de la crisis pandémica a nivel mundial está a la vuelta de la esquina. La luz empezará a alumbrar este mismo año, y con mucha más fuerza de lo previsto. Gracias a los ingentes planes de gasto e inversión públicos.

Ese es un resumen, a brochazo, de los dos grandes papeles del FMI (el Outlook y el Fiscal Monitor) de ayer y anteayer: prevén un crecimiento del 6% del PIB mundial en 2021. Y coinciden con el último informe provisional de la OCDE (9/3): augura un 5,6%. Previsiones ambas superiores a las previas de los dos organismos.

Pueden quedarse cortos: no incluyen en sus cálculos el impacto del Plan de empleo americano, por 1,7 billones de dólares, anunciado por Joe Biden el 31 de marzo. Cierto que puede retrasarse por filibusterismo opositor y de los enemigos de los impuestos: Europa no ostenta el monopolio de los obstáculos.

Pero si el efecto del anterior Plan de rescate americano (por 1,9 billones de dólares, vigente desde el 11 de marzo) debía “incrementar el crecimiento mundial en un 1%”, según la OCDE, algo parecido debe suceder con el nuevo. Y además, le seguirá otro gran paquete, centrado en revitalizar salud y escuela. Objetivo último: disputar la hegemonía a China.

Algunas reacciones europeas al activismo de Biden resultan torponas. Como la coartada del presidente del Eurogrupo, el austeritario Paschal Donohoe. Se refugia en el paralelismo de los paquetes de ambas regiones decididos en 2020 para sostener que no hay que comparar nada (To compare the UE and US pandemic packages misses the point, FT, 29/3). Error. Medirse con lo bueno estimula.

O como las cansinas jeremiadas de los eurotrémulos sobre los defectos propios y la mayor ambición, tamaño y rapidez de los demás... que ya veremos.

La cosa va al revés. Europa debe secundar el activismo fiscal de Biden: en bien del crecimiento mundial (y su mejor distribución) y en el suyo propio. Y competir mejor: porque el nuevo presidente americano le ha puesto el listón más alto: el de disputar la hegemonía mundial.

Eso significa acelerar la aplicación de su plan de recuperación. Sortear la chinita de Karlsruhe, sustituyendo, incluso provisionalmente, sus primeros desembolsos (vía BEI, o con endeudamiento propio de la Comisión como en el SURE). Y aumentar su dotación, como requería el Tribunal de Cuentas comunitario. Y...

Pero competir ¡desde el aplauso! Porque los estímulos de Biden tienen un efecto arrastre en la economía europea (y global). Porque sus objetivos y estructura (política climática, energía renovable, I+D) calcan la Next Generation EU. Y porque congelan el designio de los halcones de volver al austeritarismo.

Obvio. Pues la expansión fiscal debe continuar “mientras sigue la vacunación, mejora la capacidad de detección y la recuperación económica se refuerza”, reza el Monitor. Oído: no hasta que esta empiece. Hasta que sea imparable.

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