Opinión
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Más vale exagerar que quedarse corto

La Comisión ha blindado por dos años el Pacto de Estabilidad, lo que es muy positivo; aun así es necesario reemplazarlo porque está desfasado

El comisario de Economía, Paolo Gentiloni (derecha) junto a Valdis Dombromvskis, comisario de Comercio, este miércoles en Bruselas.
El comisario de Economía, Paolo Gentiloni (derecha) junto a Valdis Dombromvskis, comisario de Comercio, este miércoles en Bruselas.OLIVIER HOSLET / POOL / EFE

Noticia estupenda. Lo es la propuesta de la Comisión de mantener hibernado el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) no solo este año, sino también en 2022.

Su texto es contundente. Dificulta a los talibanes obstruirlo. Recuerda que la situación sigue siendo “altamente incierta”, aunque haya “luz al final del túnel”. Fija, como “criterio clave” para volver al rigor, el “nivel de la actividad económica comparada con los niveles pre-crisis”, previstos para “mediados de 2022”. Exime a los más perjudicados por sus “situaciones específicas”. Defiende “evitar la retirada prematura de los estímulos”. Y patrocina la “política fiscal expansiva en 2021 y 2022”.

La distancia con la Gran Recesión: mejor exagerar que quedarse corto. Lo prudente es la ambición. Pidamos, pues, más.

No basta con aplazar la vigencia del PEC. Hay que reemplazarlo como manual de seriedad fiscal. Se han apuntado ya distintas razones, todas ellas válidas: porque ha sido procíclico, empeorando las peores crisis; casi todos los socios lo han incumplido; y su aplicación es enrevesada.

Y porque está desfasado. Nació en un contexto muy distinto: de crecimiento. Con deudas públicas bajas y tipos de interés altos. Y cuando la UE contaba con un rival, EE UU, y China dormitaba. E incluía a un socio, el Reino Unido, con un ciclo económico distinto: ya no es el caso.

Pero además, hemos ido descubriendo otros elementos. El lanzamiento del plan de recuperación (Next Generation EU) ha subrayado la utilidad del examen de los 27 en bloque, más que país por país. Y la prevalencia del mercado interior.

Ha contribuido a ello la aplicación del casi desconocido Procedimiento de desequilibrios macroeconómicos: sabemos que el déficit comercial de unos es en esencia el superávit de otros, dada la intensidad de sus balanzas de intercambios.

Además, se ha activado un retorno (casi) general al reconocimiento del papel esencial del sector público en la economía.

La cuestión, ahora, es ésta. El PEC ha sobrevivido a base de aplicarle sucesivas reformas para flexibilizarlo: ¿tiene más recorrido esa secuencia?. Dudoso. Su cláusula de flexibilidad sirve para un país concreto: cuando debe aplicarse a varios, la salida práctica —como se ha comprobado— es congelarlo. Porque ahora los grandes shocks sobre una economía continental tan integrada probablemente sean simétricos para todos, aunque de intensidades asimétricas. Algo que el PEC no resuelve.

Persistir en la vía agotada prefigura caricaturas. Cumplir con el Tratado de Estabilidad de 2012, cuando la deuda media de la eurozona raya el 100% del PIB (97,3%, a septiembre de 2020) implica tardar ¡veinte años! en bajarla al prescriptivo 60%.

Y puede reformularse el pacto sin acudir a una reforma dura del Tratado. Los topes del 3% del PIB (déficit) y del 60% (deuda) solo figuran en su Protocolo 12... que puede reescribirse en vía simplificada (artículo 126, 14), por unanimidad del Consejo. Sin conferencias intergubernamentales ni otros requisitos abrumadores.

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