Inversión

Una bola de nieve llamada gestión pasiva

La inversión vinculada a índices crece a tal ritmo que los supervisores advierten de su impacto en los mercados

Un analista en la Bolsa de Nueva York la semana pasada.
Un analista en la Bolsa de Nueva York la semana pasada.Nicole Pereira / getty

El complicado 2020 ha reforzado algunas tendencias en la forma de invertir el dinero. La gestión pasiva, basada en colocar el dinero al albur de los índices de Bolsa, renta fija o materias primas mediante fondos cotizados (ETF) o fondos indexados vivió el pasado año un récord histórico: entradas netas en ETF (compras menos ventas) de 756.000 millones de dólares (624.800 millones de euros), muy por encima de los 660.000 millones de 2017.

Estos fondos se dedican a replicar el comportamiento de los índices y su éxito radica en eso mismo, en alejarse lo menos posible —por abajo o por arriba— de lo que hace el indicador en un periodo de tiempo. Para ello, bien compran todos los activos del índice o utilizan productos derivados (futuros, opciones) con los que replicar el mismo. Un objetivo que no difiere del de los fondos activos donde los gestores eligen bonos o acciones concretas, y a los que finalmente se juzgará sobre su capacidad para batir al índice en el mercado que operan.

Con datos facilitados por la gestora BlackRock, el patrimonio total de los fondos cotizados alcanzó a cierre del pasado año los 7,86 billones de dólares. Y el fondo cotizado más grande del mundo mueve nada menos que 250.000 millones de dólares. Actualmente, representan algo menos del 30% del total de fondos de inversión cuando en 2008 eran el 10%.

Las ventajas de esta forma de inversión son bastante evidentes: unas comisiones muy inferiores a los fondos de gestión activa y la posibilidad para el inversor de diversificar entre compañías, emisiones de bonos, y en todo el mundo si se desea. Pero su cada vez más abultado volumen abre incógnitas sobre cómo esta forma de invertir puede afectar a los mercados y, por tanto, a la liquidez, la formación de los precios, o a la propia eficiencia de las inversiones.

Un estudio publicado por la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) apunta a que los ETF pueden influir en el perfil de riesgo, rentabilidad, liquidez, correlación y eficiencia de la información de los activos a los que se referencian. Asimismo, los autores del trabajo subrayan que “la concentración de operaciones en un número reducido de contrapartidas, gestoras o especialistas puede generar riesgos para el sistema financiero en caso de producirse impagos o actuaciones coordinadas por parte de las principales entidades financieras relacionadas con los ETF”. Unos peligros que hacen referencia a aquellos fondos pasivos que utilizan estructuras de derivados, sobre todo cuando no se negocian en los mercados oficiales, sino que se pactan con un grupo financiero.

Óscar Gil Flores, profesor del Máster en Bolsa y Mercados Financieros del Instituto de Estudios Bursátiles (IEB), apunta a una cierta homogeneidad en los valores de un índice. “Cuando la inversión se centra en replicar las posiciones de un índice, esto tiene un efecto directo en la contratación de sus valores. En consecuencia, los movimientos en el mercado tienen efectos mucho más amplificados, puesto que no hay diversificación entre activos, geografías y sectores, si pertenecen a un índice de referencia con mucha inversión a través de productos indexados”, explica.

Un punto de vista que no comparte Aitor Jauregui, responsable para España, Portugal y Andorra del gigante BlackRock. Jauregui explica que los fondos de gestión activa cuentan con un patrimonio en el mundo de 32 billones de dólares, cuatro veces más que los ligados a índices y, además, apunta que por cada dólar que se rota en la gestión indexada, se mueven 20 en la activa.

Para defender el pequeño impacto de la inversión indexada en los mercados, el responsable de BlackRock tira de datos: “El valor de la renta variable global es de 70 billones de dólares, mientras que el del mercado de renta fija y deuda alcanza los 110 billones de dólares. Sin embargo, el dinero de ETF e indexados en todo el mundo alcanza los 7,86 billones de dólares de los cuales solo dos billones están en renta fija y otros cinco billones en acciones bursátiles. Esto supone que este tipo de gestión representa menos del 2% del valor de los mercados de deuda y renta fija, y el 7% de los bursátiles. El impacto sobre el mercado es, pues, pequeño”, indica.

Impacto en el precio

Pero la inquietud sobre el auge de estos productos surge de cómo se estructuran y de los productos en los que invierten. La preocupación entre los supervisores de los mercados por los fondos cotizados no se debe tanto a la naturaleza de los ETF como a que utilizan estrategias de estructuración, préstamo de valores y elección de activos complejos que podrían generar problemas. En este sentido, el estudio publicado por la CNMV, y firmado por Carlos Aparicio Roqueiro y Francisco Javier González Pueyo, explica que especial atención merecen los fondos cotizados sobre materias primas y empresas de menor capitalización y liquidez. “Es posible que, a corto plazo, los precios de estos valores subyacentes se vean influidos significativamente por los precios de algunos ETF que tienen un peso importante en el mercado de dichos activos”, concluyen.

Otra visión positiva sobre la inversión en ETF la ofrece Kevin Koh Maier, director de Inversiones de Finizens, —firma dedicada a la gestión pasiva con ETF de otras gestoras— que explica que “la diversificación de un fondo ligado al índice hace que cualquier evento especialmente negativo en una compañía ni siquiera la note el inversor en su rentabilidad total”. Además, considera que los ETF han dado buena muestra de su liquidez en momentos complicados como en marzo y abril del pasado año. “El índice suele ser más líquido que un valor y, de momento, no se han visto problemas en este sentido”. Este experto también avisa de los distintos sesgos que, por ejemplo, tienen los diferentes índices de las Bolsas del mundo. Por ejemplo, en Europa los índices tienen un mayor peso de economía tradicional con bancos y aseguradoras frente a los estadounidenses más volcados en la tecnología.


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