Banco Central Europeo

El BCE y el plan europeo de recuperación llevan el interés de la deuda pública a mínimos históricos

Más de la mitad de los países de la eurozona ya cobra por financiarse. Portugal se sumó el martes y España acaba de emitir este jueves obligaciones a diez años a tasas negativas

Lagarde, Merkel y Von der Leyen, hace un año, en una cumbre de líderes europeos.
Lagarde, Merkel y Von der Leyen, hace un año, en una cumbre de líderes europeos.Nicolas Economou / EL PAÍS

Ajeno a la crisis sanitaria y económica, en plena segunda ola del coronavirus y con la pandemia haciendo estragos en el tejido productivo, la deuda española sigue su rumbo al suelo, inmutable. El bono a 10 años, la referencia del mercado sigue perforando mínimos históricos a la espera de lo que pueda anunciar el Banco Central Europeo (BCE) tras su consejo de gobierno. Tras esta aparente paradoja —máxima incertidumbre, mínima rentabilidad exigida— destacan dos factores: la magna artillería desplegada por el propio BCE, que ha salido con todo para frenar cualquier atisbo de tensión en los mercados; y la respuesta política de la UE, que forzada por las circunstancias ha lanzado un gran plan de recuperación y ha cruzado la línea roja que durante años pareció infranqueable, la de los eurobonos.

Hace solo una década, en plena crisis de deuda soberana, con los países del arco mediterráneo al descubierto y todo el edificio comunitario tambaleándose, la falta de solidaridad norte-sur estuvo a punto de tirar por la borda décadas de construcción europea. Hoy, con la mayoría de países de la Unión afrontando el peor año económico que se recuerda, parece que el Viejo Continente ha aprendido la lección.

Frente a la inacción del BCE entonces, que tardó años en reaccionar y que tuvo que esperar a la llegada de Mario Draghi para dar un giro de 180 grados, el instituto emisor ha cometido algunos deslices —”no estamos aquí para cerrar las primas de riesgo; no es nuestra función”, dejó caer Christine Lagarde en marzo, en el más sonado de sus resbalones—, pero no ha dudado en sacar el bazuca a pasear cuando ha hecho falta, cumpliendo siempre las expectativas. Y frente a las peleas entre acreedores y deudores de aquellos años funestos, Europa ha alumbrado un fondo de recuperación a gran escala financiado con deuda mancomunada. El objetivo: reflotar a los países meridionales, de nuevo los más golpeados.

Los mercados cotizan este viraje. Si en 2012, tras el rescate, la rentabilidad exigida a la deuda española llegó a superar el 7%, poco más de ocho años después esta supera por la mínima el 0%. Aún más llamativo es el caso portugués: tras llegar a tener que pagar casi un 15%, hoy cobra por financiarse, al igual que una docena de países de la eurozona siempre capitaneados por Alemania. Solo nueve de los 19 países del euro —entre ellos tres de los fundadores de la moneda única, España, Italia y Grecia— seguían el miércoles fuera de ese cada vez menos selecto club, aunque no parece que por mucho tiempo. En el caso español, incluso tras la emisión en negativo, en el mercado secundario la deuda sigue cotizando en números verdes. No parece, en todo caso, que por mucho tiempo.

”El BCE está asegurando que los países pueden cubrir las necesidades de financiación derivadas de la covid. Y para el resto, en su mayoría inversores extranjeros, la aprobación del fondo de recuperación ha sido clave: es señal de más Europa, y eso hace que se sientan cómodos invirtiendo en la periferia”, apunta Rubén Segura-Cayuela, economista jefe para Europa del Bank of America. “A los euroescépticos españoles habría que preguntarles dónde estaríamos ahora. La pertenencia a este club es la inversión más rentable de la historia de las instituciones españolas”, opina Emilio Ontiveros, presidente de la consultora Afi. “En la anterior crisis se cometió el gran error de la austeridad, pero ahora su paraguas protector está siendo enorme”.

Hay, también, otros factores más prosaicos. Con la liquidez rebosando y el ahorro de los hogares en niveles récord, “tanto los bancos como los fondos de renta fija y las aseguradoras han aumentado sus carteras de deuda pública en cartera”, recuerda Sylvain Broyer, economista jefe de la agencia de rating S&P. Y mayor demanda es, siempre, sinónimo de menores tipos de interés.

En paralelo a la mejora del bono, la prima de riesgo —el diferencial entre el rendimiento del bono español y el alemán, la indiscutible referencia europea— también está en zona de mínimos: 60 puntos básicos, a años luz de los 650 que acarició en los peores días de la crisis financiera. Con todo, Nicola Mai, de Pimco —el mayor inversor en renta fija del planeta—, aún ve “potencial” para la deuda de los países periféricos.

Detrás de esta seguridad, de nuevo, la “convincente” respuesta europea a la crisis. Nada que ver con lo sucedido en 2011. “Entonces, cuando nos reuníamos con fondos de inversión asiáticos, nos decían que estaban ansiosos de invertir en Europa. Pero que antes necesitaban una señal de que los países europeos confiaban unos en otros. Eso ha cambiado por completo: ahora el principal apoyo ha sido interno”, rememora Rafael Doménech, jefe de análisis del BBVA.

En clave puramente interna, los inversores “también están demostrando que no les preocupa España: si rechazasen los Presupuestos o tuvieran duda sobre la gobernabilidad, se vería”, remarca Ángel Talavera, economista jefe para España de la consultora Oxford Economics. “El BCE anestesia, pero si hubiese ruido, afectaría, como hemos visto hace no tanto con Italia”.

Nueva emisión del Tesoro

Del lado de la oferta, algunos factores también explican este nuevo mínimo histórico del bono español. Lo más duro de la pandemia ha quedado atrás, el zarpazo económico de la segunda ola ha sido mucho menor que el de la primera y la vacuna está batiendo todas las previsiones —¿quién habría pensado hace solo tres meses que antes de final de año ya se estaría inmunizando en Europa?—, despejando el horizonte económico de los países más dependientes el turismo, como España. El resultado de este cóctel es una caída en las necesidades de financiación.

La tendencia a la baja de los tipos de interés de la deuda en todo el mundo se ha acelerado en los últimos años, pero viene de atrás. A rebufo del envejecimiento de la población —un enorme catalizador del ahorro— y, más recientemente, del funcionamiento a toda máquina de la impresora de dinero de los bancos centrales, esa es la tendencia desde mediados de la década de los ochenta, altibajos al margen. “Y toda esa cantidad de dinero, abrumadora, tiene que ir a algún lado”, apunta Francisco Quintana, jefe de inversiones del banco ING en España. Ese lado, en realidad, son dos: los bonos, sí, pero también las Bolsas, que tras un noviembre récord, van camino de recuperar casi todo lo desandado en 2020.

En la cresta de la ola, el Tesoro ha afrontado este jueves el último examen de envergadura de 2020, con una subasta de 1.500 millones en obligaciones a diez y siete años. El aprobado con nota estaba más que asegurado. Y la incógnita de si lograría o no traspasar la barrera de las tasas negativas se ha resuelto pronto: España ya cobra por financiarse a una década vista.

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