Crisis del coronavirus

La OCDE vaticina un futuro económico menos sombrío pero aún muy frágil

El organismo económico cree que la economía global volverá a la situación previa a la pandemia a finales de 2021, pero advierte de que la recuperación será muy irregular

El secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, en una imagen de archivo
El secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, en una imagen de archivoFernando Álvarado

Hace seis meses, las cosas solo podían ir mal o peor por la pandemia. Hoy el mundo sigue sumido en la mayor crisis desde el final de la Segunda Guerra Mundial a causa del coronavirus, pero el panorama es algo menos sombrío, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). La promesa de una pronta vacuna y la efectividad de las políticas de contención de la crisis de muchos Gobiernos, sobre todo en materia de preservación de empresas y empleos, hacen pensar que la economía global podrá, a finales de 2021, volver al menos a donde estaba en aquel 2019 prepandémico. Pero es una esperanza frágil y, sobre todo, desigual, según advierte el organismo en su nuevo informe de perspectivas económicas, presentado este martes en su sede en París.

“La asunción de que se lograrán contener nuevos brotes del virus y la perspectiva de una vacuna ampliamente accesible para finales de 2021 apuntala la confianza de que en los próximos dos años debería lograrse una recuperación gradual, pero desigual”, señala la OCDE. “La vacuna ha disipado algo la niebla de la incertidumbre, aunque aún no estamos fuera de peligro”, declaró el secretario general del organismo, Ángel Gurría, al desgranar el informe.

Según sus previsiones, la economía mundial acabará este 2020 con un crecimiento negativo del 4,2% que el año que viene se tornará en un robusto 4,2%, esta vez en positivo. La tendencia se vislumbraba ya en septiembre, pero el contraste con las perspectivas del último informe global, el de junio, son abismales. Entonces, aún recién salidos los primeros países de la primera ola de coronavirus, la OCDE alertaba de una recesión mundial este año de al menos -6% y de hasta -7,6% en el peor de los escenarios posibles, el de una segunda oleada. Esta se ha producido, pero no se han cumplido las sombrías expectativas y la OCDE se atreve ahora incluso a poner la palabra “esperanza” en el título de su nuevo informe: Coronavirus: transformar la esperanza en realidad.

“Lo peor se ha evitado, la mayor parte del tejido económico ha podido ser preservado y podría revivir rápidamente”, celebra la economista jefa del organismo, Laurence Boone. Pero no es momento aún de cantar victoria. “La situación sigue siendo precaria para muchas personas vulnerables, empresas y países”, previene. Las cifras corroboran esa advertencia sobria en un momento en que todo, especialmente la confianza, sigue siendo muy “frágil”. Y las pérdidas han sido masivas. En comparación con las previsiones de hace un año, “hemos perdido el equivalente del PIB combinado de Alemania y Francia”, escenificó Boone durante la presentación.

De acuerdo con las últimas estimaciones, la eurozona crecerá este año -7,5%, una variación mínima del -7,9% que calculaba en septiembre, pero significativamente mejor que en junio, cuando preveía una caída de hasta -11,5%. En 2021, el conjunto de los países del euro crecerán un 3,6%, cifra que pasará a estar en el entorno del 3,3% en 2022. Todos los grandes motores europeos sufrirán fuertes caídas este año —Alemania -5,5%; Francia e Italia -9,1%—, pero deberían volver a la senda de la recuperación contundente en 2021, sobre todo Francia, para la que se prevé una recuperación de hasta el 6%. Muestra, sin embargo, de esas desigualdades de las que advierte la OCDE —y de que no son solo hemisféricas o entre países desarrollados y pobres— es que España sufrirá este año una caída de -11,6%, solo equiparable en la zona europea con el -11,2% británico. Ambos países sin embargo deberían volver también a la senda del crecimiento positivo en 2021.

El alumno aventajado vuelve a ser China, que con 1,8% es la única gran economía que no terminará este año en negativo y que en 2021 logrará un asombroso 8% de crecimiento, logrando así, en los dos años que a priori habrá dominado la pandemia, casi un 10% de crecimiento que le pondrá muy por delante de otros países que apenas aspiran a volver a los niveles de 2019. De hecho, la OCDE cree que muchos de los países seguirán en 2022 registrando un crecimiento 5% menor que antes de la crisis.

Estados Unidos por su parte, que en 2021 vivirá un cambio político con la llegada del demócrata Joe Biden que podría afectar de manera profunda a la economía mundial —sin mencionarlo explícitamente, la OCDE durante los años de Donald Trump alertó de forma insistente del daño que hacían sus medidas proteccionistas y las tensiones comerciales, estrategias que se espera que revierta el presidente electo— acabará este 2020 con un crecimiento de -3,7% aunque debería recuperarse hasta el 3,2% en 2021.

Cuidado con las cicatrices

Pero que la economía empiece a cerrar heridas no quiere decir que estas no vayan a dejar cicatrices. Y si no se actúa con cuidado, estas pueden quedar para siempre. “Las políticas de sanidad eficaces y bien financiadas (lo que implica no solo reacción a pandemias, sino garantizar una sanidad preventiva y asequible para todos) y las medidas macroeconómicas y estructurales de apoyo flexibles son esenciales para contener el virus y minimizar el potencial coste a largo plazo de la pandemia en los niveles de vida”, subraya la OCDE. Sobre todo es crucial no retirar demasiado pronto los instrumentos de ayuda establecidos por los Gobiernos, “como se hizo tras la crisis financiera global” de 2012.

Así, aconseja la OCDE, es necesario “continuar la política monetaria acomodaticia” y las medidas fiscales “mientras las medidas de contención (del virus) limiten la actividad económica”, para que se puedan “mantener vivos sectores, empresas y los empleos relacionados”. Pero a la par, los Gobiernos deben hacer un cuidado análisis para que las enormes deudas contraídas no redunden en políticas fallidas. En este sentido, Boone establece tres prioridades en el gasto público: invertir en educación —siendo los jóvenes la clave del futuro, pero también los más afectados por la crisis—, en salud y en infraestructuras físicas y digitales; acometer “acciones decisivas” para revertir un incremento duradero de las tasas de pobreza y desigualdad de ingresos y, finalmente, promover la cooperación internacional. Porque el “proteccionismo y el cierre de fronteras no son la respuesta” a la primera crisis global completa desde la Segunda Guerra Mundial, subraya la economista jefe. Y hay que fijarse un objetivo claro, concluye: “El mundo debe evitar que la crisis sanitaria y económica se convierta también en una financiera”.

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