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“El BID no puede darse el lujo de tener un presidente que polarice”

La expresidenta de Costa Rica aspira a convertir el organismo en una suerte de OCDE para los países latinoamericanos de renta media y no descarta la necesidad de una ampliación de capital

Laura Chinchilla, en octubre pasado en Miami.
Laura Chinchilla, en octubre pasado en Miami.Giorgio Viera (EFE)

Laura Chinchilla (Carmen, 1959) era la gran favorita para convertirse en la nueva presidenta del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) hasta que en plena crisis sanitaria Donald Trump dio un golpe de mano para convertir a uno de sus fieles, el cubano-estadounidense Mauricio Claver-Carone, en el primer jefe no latinoamericano del multilateral. Preocupada por la pandemia y por el futuro de la institución en caso de que caiga en manos de un candidato que “polarice”, pero aún esperanzada sobre sus opciones de acceder al cargo expresidenta de Costa Rica conversa con EL PAÍS desde su casa.

Pregunta. ¿Qué le lleva a aspirar a la presidencia del BID?

Respuesta. Es una oportunidad excepcional para colaborar con los Gobiernos de nuestra región, con los sectores productivos y los ciudadanos en general para avanzar hacia un crecimiento económico mucho más dinámico y una economía más solidaria y sostenible. No hay manera de que uno no sienta impaciencia por lo que ha pasado: América Latina es una región con grandísimas posibilidades, pero que ha tenido un desarrollo mediocre.

P. ¿Cuándo tomó la decisión de presentarse?

R. No es una cosa de ahora: la tomamos a principios de este año. Lo que América Latina está demandando en este momento y ahora, con la pandemia, aún más, es un liderazgo experimentado, capaz de trabajar con diferentes actores y sectores y que mire a la región no solamente desde el punto de vista de balances financieros sino un punto de vista integral y complejo. Que permita a la región tener mejores políticas públicas. Tras la pandemia, el panorama es devastador y lo primero que debemos hacer es entender la magnitud de lo que se nos viene: si no, va a ser muy difícil estar preparados para responder.

P. ¿Cree que se está entendiendo lo que se viene encima?

R. No lo veo. Hay que hacer mucho más por entender lo que debemos evitar, que es otra década perdida, y apuntar hacia dónde queremos avanzar. Y en esas tareas el Banco es el socio más importante para nuestra región: es el bien público regional más importante que hemos logrado construir los latinoamericanos.

P. La crisis en el peor momento para la región.

R. Sí, pero tampoco es casual: nos hemos acostumbrado a ciclos de bajo crecimiento y estancamiento de los indicadores económicos, sin ningún espacio fiscal y con una deuda externa que se ha incrementado 120% en los últimos 10 años. A diferencia de la década perdida de los años ochenta, hoy hay desesperanza en los latinoamericanos. Temo, además, algunas tendencias: el proteccionismo en un momento en el que tenemos que hacer un gran esfuerzo de integración de los mercados regionales; el clientelismo en el manejo de los fondos; el autoritarismo; y el egoísmo en el diseño de las políticas públicas que vienen: si hay algo que ha golpeado a la región es la desigualdad y esto [la pandemia] va a profundizarla. Tenemos que sentar las bases de quiénes van a llevar a sus espaldas los costes del ajuste fiscal.

P. ¿Y quién debería acarrear este coste?

R. No pueden ser los sectores más débiles, eso está claro. No solamente por razones éticas sino tampoco desde el punto de vista de la conveniencia: viendo lo que pasó en 2019, cuando varios países vivieron escenarios de convulsión social y los Gobiernos no pudieron responder, no conviene que eso sea así.

P. ¿Ha hecho el BID todo lo que estaba en su mano durante esta crisis?

R. Creo que ha hecho bastante por la región. Pero vamos a ser claros: el Banco tampoco puede sustituir a las decisiones soberanas de los Gobiernos, con ciclos políticos tan cortos y binarios como tenemos por la naturaleza presidencialista de nuestros sistemas políticos. Eso atenta contra visiones estratégicas de continuidad de los esfuerzos y de sostenibilidad de las políticas públicas. Ahí sí, creo que se puede hacer más: el Banco se tiene que convertir en un referente de buenas prácticas y lecciones aprendidas. Tiene que ser una especie de OCDE para los países de renta media que no pueden acceder.

P. ¿Una OCDE a escala latinoamericana?

R. Así es. Nada nos impide que el BID lo haga [ese papel] en la región. Y lo otro que tenemos que hacer es que los recursos que muchas veces quedan muy contenidos en Washington vayan al terreno: estar mucho más cerca de los países y acompañarles, que las políticas no sean acartonadas, de copy-paste… América Latina es un mosaico de realidades muy diferenciadas y las estrategias también deben serlo.

P. ¿Valoraría el cambio de sede del BID; llevarla de Washington a alguna capital latinoamericana?

R. No sé. Estaría mucho en función de costos. Más que pensar en el simbolismo de una sede, lo que es más importante es que los recursos fluyan hacia la región: ya ha habido, con el presidente actual, procesos de descentralización de las operaciones. Pero los recursos humanos deben salir más de la sede principal e ir al terreno. Y, tras la pandemia, hay que adelgazar la institución y hacerla más eficiente.

P. De ganar la votación, sería la primera mujer y la primera centroamericana en llegar a la presidencia del BID. ¿Qué importancia le da a esto?

R. Ciertamente hay símbolos que hablan mucho del progreso de las instituciones y de las sociedades. No lo digo como un asunto de vanidad: podría ser cualquier otra mujer o cualquier otro centroamericano, pero tendría un gran simbolismo. También de democratización en la elección de la persona que lo va a presidir: venimos de un país que no tiene siquiera un punto porcentual del capital accionario del banco. Y el hecho de ser una mujer mandaría un mensaje muy poderoso para muchas mujeres latinoamericanas que ambicionan moverse en la pirámide hacia los puestos de decisión.

P. ¿Qué cálculos maneja para hacerlo posible?

R. Soy realista y reconozco que hay una situación compleja. Presenté mi candidatura cuando solo había un candidato más, el de Argentina, y luego en el proceso surgieron aspiraciones adicionales. Estaba convencida de que, como ha sucedido siempre en los procesos de elección del BID, íbamos a llegar varios candidatos con un tono de debate edificante e iba a poder llegar a la última ronda de votación. Ha surgido a última hora una candidatura de EE UU que ha generado un movimiento importante y no quiero adelantar temas que tengan que ver con la votación. Me encantaría ganar esta elección y estoy segura de tener las mejores condiciones para el puesto, y tengo la impresión de que hay naciones de que aún están a la expectativa de que no todo está dictado. Una elección sin competencia afectaría a la legitimidad del proceso: sería un error garrafal forzar un resultado por aclamación.

P. Lo que ha roto la baraja ha sido la irrupción, por primera vez en los 60 años de historia del BID, de un candidato no latinoamericano.

R. Por mi propia naturaleza y los principios que siempre me han orientado, no está en mí discutir la nacionalidad de quien aspire a cualquier puesto en un organismo internacional. La pregunta fundamental es si el candidato o la candidata tiene la visión que la región requiere. Tiene que dar las garantías de poder convocar acuerdos: la institución no se puede dar el lujo de tener un presidente que polarice. Nuestra candidatura se construye sobre la base de no polarizar más a la región: no nos podemos permitir eso. Y muchísimo menos, polarizar en el país [EE UU] que aporta el 30% del capital y que, además, ejerce un veto sobre cualquier ampliación de capital.

P. ¿Tendrá que ampliar capital el BID para afrontar el escenario pospandemia?

R. Muy probablemente es un escenario que se va a tener que considerar, y si no hay ambiente en Washington para que eso suceda no vamos a poder avanzar.

P. ¿No sería más lógica una candidatura latinoamericana, y no dos, para que haya más opciones de que alguien de la región sigue al frente del BID?

R. Ese es un asunto que solo las circunstancias podrán ir definiendo. No soy de forzar alianzas que solo tengan por propósito oponerse a algo: eso generalmente no funciona. Aquí lo más importante es si en el camino nos vamos a poder encontrar en tesis comunes que refuercen al Banco: si eso sucede siempre estaré abierta a unirme a cualquier causa. Pero no por razones negativas, sino por razones positivas: no por precipitar alianzas nos podemos garantizar el resultado.

P. Pero el candidato estadounidense afirma haber asegurado ya el apoyo de 15 países, lo que le sitúa a las puertas de la presidencia.

R. Cada quien hace las campañas a su estilo, y el mío es diferente: no voy a estar predicando los apoyos.

P. Flota también en el ambiente la posibilidad de forzar que no haya quórum en la votación para postergar la elección hasta después de los comicios presidenciales en EE UU.

R. No está en nosotros influenciar en temas de quórum o no quórum. Estoy trabajando en el escenario en el que habrá una elección y trataré de prepararme lo mejor posible para ello.

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Ignacio Fariza
Es redactor de la sección de Economía de EL PAÍS. Ha trabajado en las delegaciones del diario en Bruselas y Ciudad de México. Estudió Económicas y Periodismo en la Universidad Carlos III, y el Máster de Periodismo de EL PAÍS y la Universidad Autónoma de Madrid.

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