Opinión
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La sombra de la canciller

La celeridad es esencial. No lo entendieron los recelosos, y pagarán el error de su cálculo obstruccionista. Quien lo supo casi desde el primer momento fue Angela Merkel

Angela Merkel, el miércoles en Berlín.
Angela Merkel, el miércoles en Berlín.CHRISTIAN MARQUART / POOL / EFE

Si los retoques al plan de recuperación europeo de la Comisión acaban siendo solo los que se apuntan, serán homeopáticos. O sea, peajes incómodos pero aceptables a cambio de alcanzar la unanimidad y de su rápida aprobación. Alto: si se respeta su tamaño y sus tenues requisitos, nada de “estrictas condicionalidades”.

La celeridad es esencial no por capricho, sino porque la recesión ya está aquí, no espera, muerde. Si el acuerdo no se alcanza antes de agosto, será difícil que empiece a ejecutarse efectivamente al inicio de 2021, incluso un poco antes, como es urgente para la economía real.

La celeridad es esencial. No lo entendieron los recelosos, y pagarán el error de su cálculo obstruccionista. Quien lo supo casi desde el primer momento fue la canciller Angela Merkel. Por su empeño, el acuerdo deberá llegar en la cumbre del 17 y 18 de este mes. Aunque sea parando el reloj y prolongándola unas horas, unos días, hasta la fatiga escénica.

La sombra de la canciller no es alargada, picuda y oscura, como en la Gran Recesión de 2008. Sino diáfana, sin aristas.

¿Tanto cuesta entender el cambio ajeno cuando es para bien? ¿Acaso no es más progresista y europeísta la conservadora Angela de hoy que el primer ministro sueco, pretendidamente socialdemócrata pero austeritario, Stefan Löfven?

Merkel ha cambiado su lenguaje. Fíjense en tres conceptos. Cuando antes ensalzaba el rigor fiscal, ahora exalta la solidaridad a valor sin discusión posible.

Donde se obnubilaba por las reglas pactadas (e incumplidas por su país), ahora se inquieta por la pervivencia del mercado interior, y por el daño a la Unión que le infligiría una depresión mediterránea.

Y si caía en la retórica con la salvación del euro, ahora proclama, clara y sin escrúpulos, que su interés propio, su interés nacional, depende de la estabilidad económica de Europa. Bravo.

El cambio no es solo verbal. Con mezquindad algunos opinan que Berlín envía de heraldo cicatero a La Haya. ¿Por qué entonces firmó con París el generoso proyecto previo de reconstrucción, por 500.000 millones solo en subsidios? Que el analista sea cínico no obliga a que el protagonista lo sea también.

Busquen la explicación del pulso de Merkel a los halcones en la geoestrategia mundial, como saben sus círculos íntimos. Alemania es hoy la más cosmopolita gran economía europea. Sabe lo que significa para cada exportación el arancel americano, la imposición rusa, la trampa china.

La República Federal de la canciller se siente por vez primera pequeña, casi aislada, ante tanta insidia de las grandes potencias. Tiende a arroparse en la UE para sobrevivir entre gigantes agresivos.

Durante años solo ansió dos puestos de poder en Bruselas: el Servicio Jurídico de la Comisión (¡las reglas!) y la dirección general de Ayuda al Desarrollo (el sucedáneo de una política exterior). Hoy, cada rincón relevante de Bruselas habla alemán. Y como Europa es otra vez su clave de bóveda, la canciller escucha. Y responde.