Masayoshi Son, el eterno ave fénix japonés

Su empresa, Softbank, perdió 8.293 millones de euros en 2019 por inversiones fallidas como Uber y WeWork, y ahora se enfrenta a la crisis global

Masayoshi Son, fundador  del grupo Softbank, en el Mobile World Congress de Barcelona en 2017.
Masayoshi Son, fundador del grupo Softbank, en el Mobile World Congress de Barcelona en 2017.Albert Garcia

Cuando a finales de marzo Masayoshi Son (Tosu, Japón, 1957) anunció su intención de liquidar activos de Softbank por valor de 4.500 billones de yenes (37.000 millones de euros) para rebajar su deuda y acumular efectivo, el sector financiero recibió una señal inequívoca de que se avecinan tiempos complicados. Al fin y al cabo, el famoso emprendedor está acostumbrado a enfrentar contratiempos. Y a salir airoso. Lo demuestra su presencia constante en las listas Forbes —segunda fortuna de Japón— pese a que nadie en la historia ha perdido más dinero que él: hasta 63.000 millones de euros a causa de la burbuja puntocom del año 2000. Son domina un arte misterioso: el de resistir. No en vano lleva toda una vida practicándolo.

A una edad en la que la mayoría de los niños sueñan con ser futbolistas, cantantes o actores, el adolescente Son —aunque en aquella época se apellidaba Yasumoto, por motivos esclarecidos más adelante— tenía un ídolo muy par­ticular: Den Fujita, fundador de McDonald’s Japón y uno de los empresarios más conocidos del país. Su sueño era conocerle en persona. Después de varias llamadas a sus asistentes que no fructificaron, Son optó por tomar la iniciativa: se subió a un avión rumbo a Tokio y se presentó en la puerta de su despacho. “Dile exactamente esto”, le dictó a la secretaria. “No tienes que mirarme. No tienes que hablar conmigo. Puedes seguir trabajando. Solo quiero ver tu cara”. Funcionó. Durante su conversación, Fujita le recomendó estudiar inglés e informática. Siguiendo su consejo, el joven de 16 años tomó otro avión. Este con destino a Estados Unidos.

Allí, en California, lograría su segundo hito vital: completar su educación secundaria en apenas tres semanas. Cuenta la biografía escrita por Atsuo Inoue que a los pocos días de matricularse solicitó una reunión con el director del centro. El recién llegado expuso su propósito sin rodeos: “Quiero ir a la universidad lo antes posible”. Durante una semana estudió a todas horas hasta que accedieron a pasarle al último curso. Pero Son no se detuvo ahí. Acto seguido, se presentó a las pruebas de acceso a la universidad. Estas consistían en un examen diario, que daba comienzo a las nueve de la mañana, durante cinco jornadas consecutivas. Como todavía estaba aprendiendo inglés, el comité organizador accedió a su petición de eliminar el límite de tiempo. ¿El resultado? Armado con un diccionario, Son entregó cada examen cerca de la medianoche. Dos semanas más tarde recibió una carta: “Aceptado”.

Son se enroló en Berkeley. Al leer un reportaje sobre microchips encontró su obsesión: a partir de ese momento se convenció de que la informática estaba a punto de desatar una nueva revolución. Con esa idea en mente comenzó sus incursiones en el mundo de los negocios. La primera le llevó a tocar en la puerta de uno de sus profesores, Forrest Mozer. “Un chico joven y menudo apareció en mi oficina con un plan comercial que tenía mucho sentido”, recordaba en una entrevista con la CNN. Son le propuso construir un traductor electrónico, el cual acabaría vendiendo poco después a Sharp a cambio de un millón y medio de euros. “Cuando volví a casa después de esa primera reunión le conté a mi mujer que acababa de conocer a un chico que sería el dueño de Japón algún día. Nunca pensé que fuera a estar tan en lo cierto”, dijo Mozer.

El joven regresó a su país dispuesto a lanzarse a la arena del emprendimiento. Pero su primera decisión no fue un prototipo o una inversión, sino un cambio de nombre. Son es un zainichi, japonés descendiente de emigrantes coreanos, colectivo sometido a frecuentes discriminaciones. A causa de ello, fue víctima de acoso escolar. “Hubo un momento en el que deseé quitarme la vida”, afirmaba el empresario en una entrevista al recordar aquella época, “pero todo eso me hizo más fuerte”. Su familia había adoptado un apellido japonés, Yasumoto, para esconder su origen étnico, una práctica habitual. De vuelta en Japón, no obstante, Masayoshi decidió recuperar su apellido ancestral, Son. “Quería convertirme en un modelo para los niños de origen coreano, que vieran que una persona como ellos, que usa de manera pública un apellido coreano, puede alcanzar el éxito”.

En 1981, con 24 años, Son fundó Softbank, la organización que hoy todavía dirige y que ha convertido en un pilar del sector tecnológico, con participaciones en más de 1.000 empresas de todo el mundo. El nombre elegido, de nuevo, refleja sus prioridades: “Banco de Software”. Desde el primer momento, Son lo apostó todo al auge de los ordenadores personales. Pero entonces la burbuja puntocom le estalló en las manos. “Un año antes, mi fortuna crecía a un ritmo de 9.000 millones de euros diarios”, rememoraba en una charla con Bloomberg TV en 2017. “Durante tres días fui más rico que Bill Gates”.

Jugador de riesgo

Softbank se recuperó de ese varapalo sin variar su estrategia. Son gusta de jugar al borde: ahí donde hay más riesgo también es donde hay más beneficio. Además, realiza apuestas de un modo poco convencional. En lugar de invertir módicas cantidades de dinero que aumentan en sucesivas rondas de financiación, él opta por volcar grandes sumas en las empresas emergentes líderes de cada sector. Esta fórmula tan audaz ha permitido que hasta ahora basten unos pocos aciertos para cubrir las pérdidas provocadas por los numerosos errores. Sin embargo, este año no le ha salido bien: el conglomerado japonés registró pérdidas de 961.576 millones de yenes (8.292 millones de euros) al cierre de su último ejercicio, según datos publicados esta semana.

En su lista de triunfos, un nombre destaca por encima de todos. Corría 1999 cuando Son decidió invertir 18 millones de euros en una empresa de Hangzhou creada por un hombre llamado Jack Ma. Aquella Alibaba apenas tenía 100.000 usuarios. Hoy es la octava organización más valiosa del mundo. Esos 18 millones que compraron un poco más de un cuarto de sus acciones se han convertido en 120.000. “No hablamos de beneficios, ni siquiera de un modelo de negocio”, suele contar Ma de aquel primer encuentro, “solamente de una visión compartida”.

Porque Son tiene una visión, cifrada en un plan empresarial a tres siglos vista que incluye telepatía, clonación y seres humanos de 200 años. Su objetivo es aprovechar su capacidad de manejar el presente para comenzar a edificar el futuro. Con esa idea en mente lanzó Vision Fund, un fondo dotado de 100.000 millones de euros con los que apostar por las empresas más innovadoras. Sus primeras apuestas, Uber y WeWork, han sido un fracaso que ha despertado el escepticismo.

A pesar de las pérdidas, Son vuelve a encomendarse a su capacidad de resistir. Su plan pasa por recaudar financiación, un repliegue con el que pagar deudas, recomprar bonos y acumular efectivo para la crisis que viene. Él, de todos modos, es optimista. “He cometido más errores que nadie, pero he aprendido de todos ellos”.


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