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EDITORIAL i

Malos presagios

Los mercados no han hecho las reformas oportunas que se veían imprescindibles con la Gran Recesión

La cuestión, para los observadores económicos proecupados por una detección temprana de una nueva crisis financiera, es esta: ¿el crecimiento de la deuda mundial, la subida de los precios del petróleo hasta quedarse a vivir en el entorno de los 80 dólares por barril, la subida de los tipos de interés de la Reserva Federal como acicate inevitable para que el euro siga ese camino y la voladura del comercio internacional que está perpetrando Donald Trump son factores suficientes para detonar una recesión global? Una prudencia elemental exige declarar que es pronto para predecir males. Al fin y al cabo, las crisis económicas son construcciones desiguales, incluso desde el mismo patrón causal.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) tiene una visión distinta, quizá porque está obligado a detectar y a llamar la atención sobre los riesgos. Los mencionados son suficientes para estar alerta; si además añadimos la inestabilidad política, la debilidad económica de los países emergentes y factores tan desestabilizadores como el Brexit, la inquietud de Christine Lagarde y su equipo parece bien justificada. No cabe objeción al pronóstico del FMI sobre una desaceleración de la economía mundial. El punto de partida conceptual del Fondo es que las grandes convulsiones tienen pequeños principios; las crisis empiezan por una ligera desaceleración y se prolongan quizá en un estancamiento.

La mesura en los diagnósticos es coherente con señalar signos inquietantes. La caída de Wall Street no es sólo una reacción contra la subida acelerada de tipos, como supone de forma algo pueril Donald Trump, ni una manifestación de alarma por la guerra comercial con China, aunque el desatino pesa mucho en el ánimo de los inversores. Hay una reticencia de fondo al mecanismo de política económica que ha puesto en marcha Trump. En síntesis: la política fiscal procíclica conduce inevitablemente a una subida de tipos de interés, lo quiera o no Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal; porque cuando se agoten los efectos expansivos de la rebaja fiscal y de los planes de inversión, la Fed tendrá que contar con un margen de maniobra de política monetaria. Avivar las llamas de la caldera económica estadounidense, que es lo que hace el presidente, acelera la probabilidad de una recesión. Wall Street ventea, intermitentemente, esta hipótesis.

El Fondo no entra en una cuestión decisiva. Por más que se busquen causas momentáneas o políticas, el hecho es que los mercados no han hecho las reformas oportunas que se veían “imprescindibles”cuando estalló la crisis. Las prácticas especulativas han vuelto a la inercia previa a 2008, la actividad inmobiliaria recupera presión alcista sobre los precios, la regulación financiera, cuando no es deficiente, brilla por su ausencia y, en fin, las economías nacionales siguen sin resolver, en muchos casos, los riesgos que amenazan su estabilidad financiera.

En Wall Street podrán confirmar que las prácticas financieras se presentan tan semejantes a las que provocaron la segunda gran depresión. Respecto a la estabilidad, tenemos muy cerca un ejemplo de como se han soslayado las exigencias mínimas de ajuste del déficit y la deuda. Siete años de recortes dolorosos del gasto no han conseguido reducir el déficit estructura en una sola décima del PIB; la corrección del déficit se ha conseguido simplemente por la mejora del ciclo. Durante estos siete años, la deuda pública ha crecido sin parar, de forma que una hipotética convulsión en los mercados volvería a destruir empleo en España y a laminar el crecimiento.

 

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