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COLUMNA

10 años que estremecieron al mundo

El debate del CETA es sobre la globalización: comercio, sí; desregulación, no

Protesta contra el CETA en Madrid.
Protesta contra el CETA en Madrid. Getty

Estos días se cumplen 10 años de los primeros movimientos que provocaron la Gran Recesión. Dos fondos de alto riesgo especializados en hipotecas locas, propiedad del quinto banco de inversión de EEUU, Bear Stearns, iban a quebrar y contagiarían a todo el mundo, en una demostración rotunda del momento globalizador en que vivía éste. Bear Stearns, como Lehman Brothers o Merrill Lynch —que pertenecían a la aristocracia de más rancio abolengo de la banca de inversión mundial— hoy ya no existen.

Empezamos a conocer en toda su extensión lo que ha sucedido. La Gran Recesión forma parte de las cuatro grandes crisis mayores que ha padecido el capitalismo, junto a las dos guerras mundiales y a la Gran Depresión. Crisis que cambiaron el modo de vivir y de pensar de la gente. En comparación con la Gran Depresión, la de ahora es una crisis al menos igual de larga, menos profunda (excepto para países mártires como Grecia) pero más compleja de resolver por la cantidad de desequilibrios que ha incorporado. De ella se sale sin una Teoría General que ayude a hacer un diagnóstico concertado, como fue la de Keynes del año 1936.

El balance se medirá no sólo en términos económicos y sociales (paro, empobrecimiento, desigualdades, debilitamiento de la protección social, deslocalizaciones…) sino políticos. En mitad de la Gran Recesión emergió un gran movimiento de desconfianza hacia las instituciones que produjo la crisis de representación política en la que estamos inmersos, con la emergencia de los indignados, de populismos de uno y otro extremo, y la extensión de muchas de sus ideas a los partidos centrales del sistema. Aquellas señales de indignación que se extendieron por las calles y plazas de medio mundo tenían al menos un elemento común que se manifestaba en el grito de ¡Democracia real, ya!, y la búsqueda de un mayor equilibrio entre la política y la economía. A diferencia de otros momentos de la historia no había un sistema alternativo al capitalismo.

El marco de referencia ha sido el de la globalización, con muchos perdedores y escasos ganadores. Una globalización mutilada en la que hay una libertad casi absoluta de movimientos de capitales, relativa en los que se refiere a bienes y servicios, y restringida en las migraciones y refugiados. Nadie demanda una vuelta a la autarquía pero sí una globalización con condiciones y semáforos: libre comercio sí; desregulación no.

Este es el trasfondo del debate que muy afortunadamente se ha abierto estos días en torno al Tratado de Libre Comercio con Canadá (CETA), que no dejaría de resultar anecdótico y exclusivamente para técnicos si no afectase a estas condiciones de la globalización: el papel del comercio en sociedades en las que no existe competencia perfecta, el equilibrio entre derechos y poderes, la armonización de los estándares regulatorios, los mecanismos de compensación a los perdedores, las exigencias medioambientales, etcétera.

A partir de ahora ya no se podrá utilizar el libre comercio como cemento ideológico acorde con aspiraciones meramente teóricas y cargadas de absolutos: bueno o malo.

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