El escaparate de los populismos
Los datos de EE UU y Reino Unido son más bien aceptables, gracias a la herencia recibida


El FMI profetiza un buen 2017, pese a las incertidumbres de los populismos gobernantes: desregulación, proteccionismo, guerras comerciales o monetarias. Son amenazas, pero (aún) más potenciales que efectivas.
El primer trimestre ha sido flojo para la economía de EE UU en alza del PIB, pero bueno en paro; los nueve meses desde el referéndum del Brexit, mejores de lo esperado para Reino Unido. ¿Han triunfado ambos Gobiernos contra los augurios pesimistas? Ninguno ha adoptado aún ninguna medida sustancial de política económica, salvo los signos sobre el comercio con México o la inmigración europea, pero son —casi— solo signos.
Así que su buen ritmo económico debe atribuirse a la buena herencia legada por Barack Obama y (aunque más discreta) por David Cameron. O mejor, a ellos y a los bancos centrales. Las subidas de tipos de la Fed han sido cautelosas. Y el apoyo del BCE y del Banco de Inglaterra fueron cruciales para evitar una recesión en las Islas: alguien debería agradecer el generoso (y gratuito) servicio prestado a los británicos por el Banco de la eurozona.
Dicho más a la brava. Aunque nos empeñemos, es imposible encontrar indicios de que los dos Gobiernos ultras hayan generado un solo resultado positivo significativo ni para la macroeconomía ni para la economía real.
Lo que funciona como agente positivo es la inercia de la etapa anterior: hasta un economista tan ultraconservador como el reaganiano Martin Feldstein viene a reconocerlo (implícitamente) en su reciente artículo The risks to america's booming economy (Project Syndicate, 9/3). ¿Cuánto durará esa inercia?
¿Hay lugar a dudas? Sí. Las tripas de algunos datos, sin desplomarse, declinan: así, el comercio minorista, el crédito a empresas o la producción industrial en EE UU.
Lo que galopa como un felino es el conjunto de expectativas de los agentes, las percepciones, los animal spirits de lord Keynes. En EE UU, los anuncios de rebajas de impuestos, de amnistía fiscal a los dividendos exportados, de barra libre a la banca y de presupuestos antisociales han disparado la Bolsa a niveles propios de la fase de “exuberancia irracional” de los mercados, como acuñó en 1996 el entonces gobernador Alan Greenspan. Wall Street se convierte así en un suntuoso escaparate (pero del voluntarismo).
Algunos creen que la política americana deviene el juego del siempre gana para los mercados: o “logran reducciones de impuestos o un caos de gobernanza” que siempre les favorece” (Growth momentum is fuelling the rally, not Trump, John Authers, FT, 4/3).
Otro tanto ha sucedido con la City. Aunque el británico medio se haya empobrecido internacionalmente un 20% desde junio —al depreciarse la libra—, la Bolsa de Londres impulsa su bulimia gracias a los dividendos exteriores de sus multinacionales cotizadas, cuya cuantía aumenta en ese mismo 20% al repatriarlos en libras encarecidas: 5.600 millones de euros de esta propina les regaló 2016.
El escaparate luce, la procesión va por dentro.
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