Columna
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Estados Unidos, ante una decisión sobre su deuda

El Gobierno no debería actuar como un banco que acumula deudas a corto plazo para financiar a largo

Rafael Ricoy

Hasta ahora, el Tesoro de Estados Unidos y la Junta de la Reserva Federal han trabajado juntos para mantener reducida la deuda pública a largo plazo, con el objetivo de bajar el interés que paga el sector privado. En la actualidad, la duración media de los títulos de deuda de Estados Unidos (que integran el balance de la Reserva Federal) es de menos de tres años, muy por debajo de la mayoría de los países europeos, incluso con los enormes programas de flexibilización cuantitativa de sus bancos centrales.

La preferencia por el endeudamiento a corto plazo como forma de tratar de estimular la economía ha tenido sentido hasta ahora. Además, como el tipo de interés de la deuda de Estados Unidos a 30 años es aproximadamente 200 puntos básicos superior al de la deuda a un año, acortar los plazos suponía un ahorro para el fisco.

Pero el Gobierno no debería actuar como un banco o un fondo de cobertura, que acumula deudas a corto plazo para financiar proyectos a largo plazo; es demasiado arriesgado. Como la deuda pública de Estados Unidos ya anda por el 82% del PIB, el posible costo fiscal de una rápida subida de tipos puede ser enorme.

Nadie dice que semejante aumento sea probable o inminente, pero no es una perspectiva tan remota como algunos quisieran creer. Para empezar, los tipos de interés podrían dispararse en caso de guerra o algún otro acontecimiento catastrófico. Otra posibilidad menos dramática, pero más probable, es que un día la Reserva Federal encuentre el modo de aumentar las expectativas de inflación, que (lo mismo que en la mayoría de las economías avanzadas) vienen cayendo inexorablemente. Si lo logra, los tipos subirán.

Otra causa posible de aumento del tipo de interés sería el daño autoinfligido. Supongamos, por ejemplo, que los votantes estadounidenses eligieran como presidente a un empresario impredecible e incompetente, para el que una quiebra es cosa de todos los días. O una secuencia de líderes populistas que adopten la estrafalaria idea de que el nivel de deuda pública no tiene importancia y nunca debería ser obstáculo a la maximización del gasto público.

Por desgracia, si un día Estados Unidos se encontrara con una normalización abrupta de los tipos de interés se vería obligado a implementar un ajuste impositivo y fiscal importante. Y, por norma general, es casi seguro que el coste de ese ajuste (incluido un aumento del desempleo) caería sobre todo sobre los pobres, hecho que los populistas que creen que endeudarse es gratis se cuidan bien de mencionar.

Pero alargar los plazos de la deuda no implica necesariamente que haya que endeudarse menos. La mayoría de los economistas coincide en que tiene sentido aumentar el déficit si se usa para financiar infraestructuras y mejoras educativas (por no hablar de la seguridad nacional, en el plano material y cibernético). Hay una larga lista de proyectos valiosos postergados, y el tipo de interés real (ajustado a la inflación) está en un nivel bajo (aunque si se mide bien, puede ser bastante mayor a lo que indican las cifras oficiales, sobre todo porque la incapacidad del Gobierno para contabilizar debidamente los beneficios de la nueva economía lleva a que exagere el nivel de inflación). Ojalá el próximo presidente cree un grupo de tareas para temas de infraestructura con suficiente independencia y experiencia técnica para ayudar a gestionar las propuestas de proyectos, como hizo el Gobierno británico anterior al Brexit.

Estados Unidos tiene margen para endeudarse, porque controla la moneda de reserva internacional; pero debe estructurar sus deudas con prudencia. Hace algunos años, todavía tenía sentido que la Reserva Federal extremara el ingenio para bajar el costo financiero a largo plazo. Hoy que la economía se está normalizando, políticas creativas como la FC (que en la práctica acorta el plazo de la deuda pública al succionar del mercado bonos a largo plazo) ya no parecen tan razonables.

Por eso es hora de que el Tesoro de Estados Unidos considere endeudarse a más largo plazo que lo que fue habitual estos últimos años; hoy, el máximo es el bono a 30 años. Pero España ha podido emitir deuda a 50 años a tasas muy bajas, mientras que Irlanda, Bélgica e incluso México han vendido deuda a 100 años. Por supuesto, nada garantiza que los tipos no bajarán más, pero la cuestión es reducir el riesgo de los flujos de pagos de intereses futuros.

Muchos críticos más próximos a la izquierda señalan el caso de Japón (cuya deuda neta anda por el 140% del PIB) como prueba de que es razonable endeudarse más, a pesar de las escasas cifras de crecimiento. Esto lleva implícita la idea de que no hace falta preocuparse por la deuda, y mucho menos por su estructura de vencimientos. Pero en realidad, muchos políticos y economistas japoneses están más que preocupados, y no recomiendan que otros países imiten la actitud de su Gobierno en este tema.

El caso de Europa es ciertamente distinto, ya que allí el desempleo es mucho mayor y hay razones más convincentes para seguir estimulando la economía, aunque sea a riesgo de aumentar los pagos futuros. Pero ahora que la economía estadounidense está en firme recuperación, puede que lo mejor sea acelerar la normalización de la política de endeudamiento y no dar por sentado que los prestamistas extranjeros serán pacientes, sin importar la dirección que tome la política estadounidense.

Kenneth Rogoff, ex economista principal del FMI, es profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard.

© Project Syndicate, 2016.

Traducción de Esteban Flamini.

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