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El PIB japonés pide mujeres

Japón pierde población activa de forma alarmante, pero la urgencia de mano de obra choca con la tradicional discriminación laboral femenina

Una mujer pasa en bicicleta por una calle de Tokio en septiembre pasado.
Una mujer pasa en bicicleta por una calle de Tokio en septiembre pasado. Reuters

 Yuka Masumori, de 27 años, trabaja en una empresa de marketing en Tokio, donde ingresó tras estudiar Económicas en la Universidad de Seijo. Ella y su novio planean casarse en unos meses. Y cuando lleguen los niños, lo tiene muy claro: “Sin duda”, explica, dejará de trabajar fuera de casa. Es difícil que, si las cosas siguen como están, se plantee reincorporarse algún día a la vida del trabajo a tiempo completo. “La cultura laboral japonesa no facilita que las mujeres puedan continuar una carrera después de tener hijos”, sostiene.

La opinión de Yuka es común entre las jóvenes de su país, y una muestra de las dificultades que afronta el primer ministro japonés, Shinzo Abe, para aumentar la presencia femenina en el mundo laboral. Es una de sus grandes reformas estructurales pendientes, que requerirá no solo cambiar leyes sino también la mentalidad patriarcal de la sociedad japonesa y una estructura laboral que premia la lealtad y el número de horas trabajadas por encima de la eficiencia.

El objetivo del Gobierno japonés es conseguir que para 2020 el 73% de las mujeres entre los 24 y los 44 años trabaje. Y que, para esa fecha, el 30% de los puestos directivos en las empresas y en la política tengan una titular femenina.

No es que Abe, un político muy conservador, se haya convertido de repente en un feminista radical; aunque experiencias como su viaje por América Latina este verano, donde trató con dos presidentas (Chile y Brasil), le dejaron impresionado. “Nosotros también tenemos que ir por ese camino”, comentó a sus colaboradores al término de una reunión entre el Gobierno colombiano, repleto de mujeres, y la comitiva japonesa, compuesta por varones encorbatados.

El 60% de las trabajadoras niponas deja su trabajo tras tener el primer hijo

Se trata de una mera cuestión de números: la población activa japonesa afronta la reducción más rápida de todos los países de la OCDE, debido al descenso de la natalidad y el envejecimiento de la población. Incorporar a las mujeres a la vida laboral es vital —especialmente dada la resistencia de la población a admitir inmigrantes, la otra alternativa al problema— para conseguir que Japón se mantenga entre las principales economías del mundo. Según ha calculado este año el banco de inversión Goldman Sachs, si el número de mujeres en la fuerza laboral en Japón llegara al de los hombres, el PIB crecería un 14%.

Aunque sus mujeres se encuentran entre las más cualificadas del planeta, solo el 69,5% de las que se encuentran entre los 24 y los 44 años trabaja, según las estadísticas oficiales, frente al casi 90% de las mujeres suecas o el cerca del 75% de las estadounidenses. Únicamente el 7,5% de los puestos de mando se encuentran en manos de mujeres, que ocupan el 1,2% de los puestos de alta dirección. El 60% de las trabajadoras niponas dejan su puesto al tener su primer hijo.

Para conseguir su objetivo, el Gobierno de Abe programa la apertura de más guarderías —el objetivo es contar con 400.000 plazas más para 2018—, incentivar el teletrabajo o establecer ventajas fiscales. Pero lo difícil es quebrar la mentalidad tradicional, que prefiere, en igualdad de cualificaciones, a los hombres y que demanda de los empleados largas horas de trabajo como prueba de lealtad —aunque la productividad decaiga—. Apenas un 2% de los padres toman el permiso por paternidad. Yuka se ríe ante la posibilidad de que sea su futuro esposo el que se encargue de criar al bebé cuando lo tengan. “Es absolutamente impensable”, señala.

Es esta mentalidad la que está detrás del abandono laboral femenino, dice la profesora Machiko Osawa, del Instituto de Investigación sobre Mujeres y Carreras de la Universidad Femenina de Japón. No es tanto, dice, que “dejen de trabajar a causa de los niños, sino porque no tienen perspectivas de hacer carrera”. “La estructura de las empresas japonesas está aún muy orientada a los hombres, prefieren contratar y promover a los varones aunque haya candidatas de igual capacidad”. Aquellas que vuelven al mercado de trabajo se reincorporan por lo general o bien a tiempo parcial o bien a empleos muy por debajo de sus cualificaciones. O ambas cosas.

Keiko Takegawa, de la Oficina de Igualdad de Género del Ministerio de la Presidencia japonés, apunta que “3,5 millones de japonesas entre los 24 y los 44 años desearían volver a trabajar, pero no encuentran un empleo adecuado”. El objetivo de su Gobierno es potenciarlo. De momento, en los dos años de mandato de Abe lo han hecho ya 750.000 mujeres. Pero faltan iniciativas que permitan acortar las brutales horas de trabajo de los empleados japoneses y campañas de concienciación para las jóvenes generaciones.

Los mismos problemas ocurren en la vida política. Tan solo un 9,5% de los escaños en la Cámara baja japonesa, de 475 diputados, tiene una titular femenina. En Arabia Saudí, según los datos de la Unión Interparlamentaria, ese porcentaje es del 20%. El propio Partido Liberal Demócrata de Abe solo cuenta con un 8,6% de mujeres diputadas entre sus 291 escaños. En la actualidad cuenta con cuatro ministras en su Gobierno. Una quinta, Yuko Obuchi, dimitió como ministra de Industria en octubre tras un escándalo de financiación de su campaña.

“Están teniendo lugar algunos cambios, pero quizás aún haya que esperar a las generaciones más jóvenes” para lograr una mayor igualdad, considera Osawa. Yuka opina de manera similar. “La consideración de que tienen que ser los hombres quienes ganen el pan tiene una historia muy arraigada y no cambiará a corto plazo. Nuestra generación tiene la tarea de educar a la siguiente. Que nuestros hijos tengan muy clara la idea de que hombres y mujeres estamos igual de capacitados. Y que las tareas debemos repartirlas a partes iguales”.