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EDITORIAL

Pujanza agroalimentaria

La economía española tienen en el sector de productos transformados del agroalimentario uno de los puntales más importantes de su crecimiento que está sorteando aceptablemente la crisis. El sector de alimentación y bebidas factura al año en el entorno de 90.000 millones de euros. Casi el 17% del valor añadido de la industria española y cerca de 440.000 empleos corresponden a este sector. Junto al turismo y pocas actividades más mantiene una muy aceptable generación de ingresos por exportaciones y ambas mantienen un comportamiento complementario. La calidad o la imagen de uno alimenta la demanda del otro.

La balanza comercial en el sector es claramente excedentaria, desde una política de precios razonable, beneficiada por la clara contención salarial, y mejoras en calidad evidentes en muchos de las ramas de actividad. La evolución en los patrones de consumo de economías menos desarrolladas, especialmente las asiáticas, están contribuyendo a que sectores tan importantes como los transformados del porcino, o incluso el vinícola, hayan avanzado en la diversificación geográfica de las ventas al exterior en los últimos años. Todo ello a pesar de que hasta hace apenas unos meses el tipo de cambio del euro frente a la mayoría de las divisas no ha sido precisamente un factor impulsor de las ventas internacionales.

La economía española tienen en el sector de productos transformados del agroalimentario uno de los puntales más importantes de su crecimiento

Son fundamentos sólidos sobre los que habría que avanzar mejoras en la oferta para conseguir que las exportaciones crezcan ese 35% hasta el 2020 previsto por las asociaciones empresariales del sector. A exigencias competitivas crecientes ha de adecuarse la estructura empresarial del sector, excesivamente minifundista; sería conveniente elevar el tamaño de las empresas para generar mayores ganancias de productividad y ganar presencia no sólo en mercados emergentes, sino también en economías avanzadas con ritmos de crecimiento de la demanda superiores a los europeos. La acreditación de las marcas, las políticas de promoción y la capacidad de negociación con grandes clientes como las cadenas de alimentación más poderosas y la apertura de nuevos canales de comercialización exigen continuas mejoras de calidad y esfuerzos de diferenciación de la oferta. Y ello requiere de inversión en intangibles, de rendimientos a escala que no siempre están al alcance de empresas de pequeña dimensión. La atomización empresarial y la ausencia de políticas de alianzas, de cooperación entre oferentes de un mismo subsector, sigue siendo un rasgo demasiado común. Y una mala práctica en la persecución del liderazgo internacional o en la acreditación de marcas propias frente a la presión de las marcas blancas. O, simplemente, para resistir amenazas más o menos circunstanciales como las derivadas de la guerra comercial entre Rusia y la UE, dañina para algunos subsectores alimentarios.

Dormirse en los laureles siempre fue un error, pero puede ser muy grave cuando las expectativas de crecimiento de la demanda de consumo en la economía española, tanto por la evolución de las rentas salariales como de la población, seguirán obligando a hacer de la necesidad virtud y seguir afianzando cuotas de mercado fuera de nuestro entorno más inmediato. Modernización de la gestión empresarial y tamaños medios superiores son condiciones necesarias para la supervivencia en la escena global, también en este sector.