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OBITUARIO

David Taguas, un hombre de acción en la ortodoxia económica

El economista dirigió la oficina económica de Zapatero en La Moncloa

Este mismo mes había publicado un libro sobre la crisis del euro

Taguas, en su despacho en Seoan en 2009.
Taguas, en su despacho en Seoan en 2009.

La noche del miércoles falleció David Taguas, economista. En los últimos días, andaba entusiasmado, y muy agitado, con su libro Cuatro bodas y un funeral, que aborda la crisis de la deuda. De su contenido habló el mismo miércoles en la cadena SER en una intervención encendida, tras la que se sintió mal. Se marchó a casa a descansar. Allí le sorprendió un fatídico infarto que acabó con su vida a la edad de 59 años.

David Taguas Coejo (Madrid, 1954) era un hombre de acción, un ortodoxo de la economía. Una de esas voces discordantes que había alcanzado un estado de libertad de pensamiento de las que gusta encontrar, de las que siempre aportan cosas nuevas. “Era capaz de los más sofisticados análisis cuantitativos y un enorme generador de ideas, un torrente”, coincidían ayer sus conocidos, que recordaban que nunca había dejado de ir al trabajo. Defendía sus postulados con pasión y vehemencia. Procesaba una especie de sacerdocio, quería difundir sus tesis y, quizá por eso, se había hecho devoto de Twitter, donde tenía 5.304 seguidores y había escrito 7.893 mensajes en cuatro meses. También era muy activo en o Eskup, Argumentos y posiciones que defendió igualmente en sus  colaboraciones en EL PAÍS, donde hace pocos días publicó un artículo titulado Deuda pública y solvencia bancaria. Este mismo miércoles había sido  entrevistado en la Cadena Ser.

Esas características alcanzaban tintes extremos por su contundente vozarrón, que “llegaba a intimidar”. Dicen sus amigos que entonces no había que hacerle caso, aunque reconocen que a veces le gustaba provocar. Pero todos, amigos y no, siempre acaban calificándole de “excelente persona”. Porque, además de pasión, Taguas era nobleza en estado puro, un hombre de los que hacía falta.

En la actualidad dirigía el Instituto de Macroeconomía y Finanzas de la Universidad Camilo José Cela. Su carrera académica, tras acabar Económicas en Madrid y doctorarse en Navarra, pasó por el ICADE, la Universidad de Navarra y la Carlos III. Después de ocupar algunos cargos en el Ministerio de Economía, en 1997 se incorporó de la mano de Miguel Sebastián al servicio de Estudios del BBVA como subdirector, cargo que ocupó hasta 2006. Ese año fue nombrado jefe de la Oficina Económica del presidente del Gobierno en sustitución de Sebastián, que le había recomendado a Rodríguez Zapatero cuando este le encargó asaltar la alcaldía de Madrid. Taguas heredó el cargo y un problema. La oficina actuaba al margen del ministro de Economía, Pedro Solbes, con quien tuvo un enfrentamiento sonado, a través de los medios, el pasado otoño tras la publicación de las memorias de este.

En ese puesto vivió la incipiente crisis económica, cuya magnitud, como él mismo reconocería luego, no previó. También tuvo que negociar con Panamá la supresión de la doble imposición ante el contrato para la ampliación del canal al que optaban varios grupos españoles y que ganó el consorcio de Sacyr. Esas negociaciones le permitieron estrechar lazos con las grandes constructoras y, cuando dejó La Moncloa, llegar a la presidencia de la poderosa asociación Seopan, bien recomendado por Zapatero. El cargo le dio opción a entrar en la directiva de la CEOE, poco acostumbrada a escuchar intervenciones desde la izquierda como las de aquel hombre de discursos bien armados y entusiastas. Aunque no duró demasiado (lo dejó en 2012) y provocó algún que otro incendio, se ganó el respeto y el aprecio de subordinados y empresarios.

De ideas progresistas, aunque sin carné, la relación con la política le llegó como espectador crítico con el país, de un “patriota convencido”, como le definió ayer su mujer, María Jesús Saez. Desde esa perspectiva, formó parte del autodenominado Grupo Hazaña, constituido en casa de Sebastián la noche de las elecciones de 2000. Era un grupo de desencantados integrado, además, por David Vegara, Germá Bel, Soledad Núñez, Javier Vallés, Maurici Lucena, entre otros, y tenía como interlocutor a Jordi Sevilla, responsable de economía del PSOE. Ese fue el núcleo que formó Economistas 2004, el grupo que colaboró con ese partido en la elaboración del programa económico en las elecciones que ganó Zapatero. Anteriormente había sido uno de los padres del tipo único en el impuesto de la renta. También fue de los primeros en denunciar el apagón estadístico, en el que el Gobierno de Aznar manejaba a su antojo los datos.

De aspecto reservado y observador, con agudo sentido del humor, siempre tenía algo que decir. Era eminentemente intelectual y un gran conversador. Fumador infatigable (lo intentó dejar habitualmente) y bebedor empedernido de café, sus charlas se podían alargar horas, sobre todo cuando le tocaban sus temas preferidos (la econometría, la estadística y la política fiscal o la historia, los viajes, el cine y el fútbol).

Asiduo al palco del Bernabéu, también se mostraba crítico en ese terreno y, como todos, tenía sus preferidos, empezando por Xabi Alonso (“¡qué sería del Madrid sin él, Dios mío!”, enfatizaba). Era madridista de los de bufanda y banderín. Tanto que puso al segundo de sus dos hijos el nombre de Hugo, en homenaje a Hugo Sánchez, que reinaba en la delantera blanca cuando nació. Acudió a las tres últimas finales de la Copa de Europa (a la de Ámsterdam, en coche) que ganó el Madrid, para mofa y escarnio de su amigo Sebastián, colchonero confeso y antimadridista. Ahora esperaba la décima Copa y, por supuesto, acudir a Lisboa a celebrarlo.

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