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Los Veintisiete se enzarzan por el poder en la cúpula del supervisor bancario

Alemania corrige a su favor el pacto sobre la vigilancia europea de entidades

Luis De Guindos, ministro de Economía, conversa con el ministro de Finanzas portugués, Vitor Gaspar
Luis De Guindos, ministro de Economía, conversa con el ministro de Finanzas portugués, Vitor Gaspar AFP

Esperar soluciones ejecutivas de las cumbres de la UE es como arrojar piedras a un pozo profundo: la respuesta llega, pero solo con mucha demora y apagada. Esa historia mil veces repetida pareció cambiar en junio. Los líderes de la UE aprobaron entonces medidas anticrisis urgentes y propuestas de largo aliento para reparar los agujeros del euro. La estrella era y es la unión bancaria: el BCE como supervisor único de todos los bancos del euro, con un calendario ambicioso y la posibilidad de recapitalizar directamente las entidades con problemas (incluso con efectos retroactivos, para alivio de España e Irlanda) con objeto de romper el círculo vicioso entre crisis financiera y de deuda. Alemania salió de esa cita como gran perdedora respecto a la alianza entre Italia, Francia y España. Fue un espejismo: Berlín reinterpretó en septiembre la letra y la música de ese pacto. Y este miércoles, en la reunión de ministros de Finanzas de la UE —el Ecofin—, impuso definitivamente la ley del más fuerte.

Pese a que el Ecofin seguía discutiendo al cierre de esta edición un acuerdo político de mínimos que despeje el camino a la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno que arranca hoy, la unión bancaria se hará tal y como quiere Alemania: la respuesta final, una vez más, llega con demora respecto al calendario inicial y con menos brillo, con menos ambición para convertirse en el punto de inflexión que necesita Europa para salir de las arenas movedizas de la crisis.

Sigue siendo un paso adelante. Pero la complacencia ha vuelto a la Unión una vez desaparecida la sensación de urgencia, a pesar de la crisis italiana, y los ministros estaban cerca de firmar un compromiso político algo deslucido respecto a las perspectivas iniciales, dispuestos a dejar para más adelante los detalles espinosos, que pueden aplazar notablemente la puesta en marcha efectiva del supervisor.

La unión bancaria viene cargada de tecnicismos, pero en realidad se trata de lo de siempre: quién tiene el poder. Alemania ha convencido a los demás de que el BCE solo supervisará los bancos nacionalizados y los más grandes —con activos por encima de los 30.000 millones, probablemente—, para dejar los demás en manos de los supervisores nacionales. A pesar de que en principio se pensaba que el supervisor único podía tener potestad para controlar, en un momento dado, cualquier entidad en dificultades, Alemania bloqueó esa opción: eso deja fuera de la órbita del BCE a los bancos de los länder, cargados hasta las cejas de basura tóxica y que se mantendrán bajo la vigilancia del Bundesbank.

La unión bancaria está cargada de tecnicismos, pero importa el poder

Alemania impone también una solución descafeinada para el fondo de garantía común (consistirá, simplemente, en homogeneizar los fondos nacionales) y un retraso considerable para el fondo de resolución bancaria (un mecanismo para cerrar bancos si es necesario), que en algún momento pudo ser una forma de mutualizar los problemas del euro por la puerta de atrás. Y en casi todo lo demás consigue retrasar el calendario, contra la opinión de Italia, Francia y sobre todo de España, el país más expuesto por el flanco financiero.

La cúpula, el gran escollo

La gran polémica fue por la cúpula del supervisor único. Y ahí, una vez más, Schäuble consiguió lo que se proponía: levantar una muralla entre las labores de política monetaria del BCE —en manos de su consejo de gobierno— y las labores de supervisión para garantizar la sacrosanta independencia del Eurobanco. Queda por decidir quién se sienta en el nuevo consejo de la parte del BCE que se encargará de la supervisión. La idea es que esa cúpula no sea tan numerosa como la del consejo del BCE (23 sillas), pero eso significaría dejar sin presencia a algunos países. Ahí hay dos posibilidades: que todos los países del euro roten, o que haya sillas aseguradas para los más grandes (Alemania, Francia, Italia y puede que España) y el resto vayan rotando. El ministro español, Luis de Guindos, defendió que la presencia en ese consejo debe estar en función del peso del sector bancario de cada país, una tesis parecida a la de Alemania. Pero está por ver qué se decide finalmente. A falta de consenso, Berlín sugiere dejar ese punto para más adelante.

Schäuble habló poco, pero en una sola frase resumió lo que se puede esperar del Ecofin, quizá de toda la cumbre: “En los tres últimos años hemos creado demasiadas veces expectativas que no podemos cumplir”, dijo, empeñado en rebajar la expectación que ha levantado la unión bancaria como potencial solución para el euro. Berlín repite una y otra vez que en la eurozona debe haber solidaridad, pero sobre todo solidez; que antes de hacer una propuesta debe quedar claro quién va a pagarla. Quien paga, manda. Y el dinero, en este momento, está al este del Rin.