Toma de posesión del Gobierno de RajoyColumna
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Apariencia y realidad

Casi todo el mundo coincide en dos cosas sobre el nuevo Gobierno. Primero, que se trata de un Gobierno integrado por personas capaces de derecha moderada; y, en segundo lugar, la impronta marianista de todos sus miembros. Como casi todos los habidos hasta ahora en España, tiene, pues, un claro perfil presidencialista que se acentúa por la elección de una vicepresidenta en absoluta sintonía con su superior. Ambos rasgos lo hacen aparecer como compacto y tecnocrático, dos características imprescindibles para sortear los muchos y difíciles desafíos que le esperan. El que no se haya respetado la cuota femenina mínima ni se encuentre en él intento alguno por satisfacer la representación territorial -con, además, una clamorosa ausencia valenciana- no hace sino confirmar esta impresión. Es, literalmente, el Gobierno de Rajoy, el que "Dios manda", un Gobierno de "sentido común" para tiempos difíciles. Encaja como un guante en lo que cabría esperar de quien lo ha designado, y, por tanto, no podía sorprender.

La austeridad que se predica para la vida económica se llevará a la política de comunicación

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Primera conclusión a extraer de todo esto: el paso de Rajoy por la primera línea de la política española no se va a caracterizar por la sorpresa y el capricho, como algunas decisiones de Zapatero, o por los súbitos arranques de soberbia y narcisismo del Aznar de la mayoría absoluta. No habrá sobresaltos gestuales ni imprevistos. Es difícil saber qué se esconde detrás de su impenetrable "esfinge", pero puede que lo que esconda sea precisamente eso, que no se esconde nada. Por parafrasear lo que Einstein decía del mundo, el gran misterio de Rajoy es su comprensibilidad, que no tiene misterio. Y que va a hacer lo que decía, un Gobierno "para trabajar", no para dar espectáculo, ni para satisfacer los requerimientos de la vida de partido o los objetivos de la derecha ideológica. En definitiva, el sueño de todo Gobierno tecnocrático, no tener que hacer política, limitarse a la administración de las cosas. Como si Rajoy hubiera sacado las oposiciones a presidente del Gobierno y ahora tuviera que trasladar sus conocimientos técnicos a la dirección del Estado.

La austeridad que se predica para la vida económica se llevará también seguramente a la política de comunicación. Habrá una política de comunicación que consistirá en no tener política de comunicación -en pretender que no se tiene, claro. Este será el frame en el que se buscará enmarcar la retahíla de decisiones difíciles que nos esperan. Porque las decisiones que se presentan como necesarias, como producto de una mera aplicación de conocimiento científico-técnico, no requieren ser justificadas, se imponen por sí mismas. Respecto de ellas no hay spin que valga, no haría falta. Caer en la tentación de liberarlas de la necesidad de la carga de la justificación pública, de tener que "aportar razones" que las sustenten, hacerlas inmunes a la deliberación política, será casi con total seguridad una tentación irresistible del nuevo Gobierno. Y, dada su hegemonía parlamentaria, es un lujo que se puede permitir.

Pero ahí es donde está también su mayor peligro. Una cosa es decir que algo es necesario o imprescindible y otra convencer de que, en efecto, lo es (recuérdese la guerra de Irak). Los ciudadanos, por mucha macroeconomía que nos hayamos visto obligados a estudiar, queremos justificaciones políticas de todo lo que se decide en nuestro nombre, no meras propuestas técnicas; saber si existen alternativas y los costes y consecuencias de las mismas; descubrir la realidad detrás de las apariencias. En tanto que portavoz del Gobierno, el desafío al que se enfrenta Soraya Sáenz de Santamaría es, pues, formidable. Ella es quien tiene la labor más difícil, ya que el imperativo de la justificación de lo que se hace no tiene solo que ver con cuestiones de legitimidad democrática; es también la condición de posibilidad de que las medidas adoptadas sean eficaces. Las decisiones que persuaden, las que responden a explicaciones convincentes, son las que luego generan menos resistencias por parte de los grupos sociales afectados. Y Rajoy, con su sobriedad característica, no parece el más indicado para llevar a cabo esta tarea. Cada ministro tendrá que poner algo de su parte.

Con todo, en esta etapa se nos abre, me temo, un horizonte de mortal aburrimiento en el escenario público. Esperemos que, como se suele decir de lugares como Suiza, este aburrimiento democrático sea para bien y genere los consensos mínimos y la necesaria estabilidad para salir adelante. Seguramente hubiéramos deseado algo más picante y entretenido, pero hasta en eso estamos en crisis. Menos mal que el principal partido de la oposición sí promete ofrecer espectáculo. Por ahora solo por cuestiones internas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 23 de diciembre de 2011.

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