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Reportaje:

El desnudo exquisito

Ahora que el 'burlesque' está de moda, volvemos la vista hacia un clásico del cabaré: Crazy Horse, en París, cumple 60 años. Además, el director norteamericano Frederick Wiseman ha realizado un documental sobre su historia, y sus 18 bailarinas se trasladan por primera vez a Madrid para recrear su ambiente 'sexy' y elegante.

Como todas las tardes, Alain Bernardin saludó al portero vestido de guardia montado de Canadá a la entrada de su negocio. La recepcionista le dedicó un pizpireto bonjour y lo vio perderse escalera abajo, sorteando los 20 peldaños, dispuestos en una suave curva y enmoquetados en rojo, en busca de ese mundo que había creado para la fantasía y el deleite. Atravesó el salón principal, sembrado de mesas y sillones tapizados en terciopelo e iluminado con esa tonalidad encarnada que es sinónimo de pasión, energía y libertad. Tal vez se detuvo unos instantes para admirar por última vez el pequeño escenario donde cada día en dos funciones, de tarde y noche, se celebraba lo que él denominaba su "absoluta admiración por las mujeres". Con decisión, continuó hacia su oficina, cerró la puerta, se puso un revólver en la cabeza y apretó el gatillo.

Su creador se movía por su absoluta admiración hacia las mujeres

Bernardin lo bautizó con el nombre del jefe de los indios sioux, Caballo Loco

"El canon estético de las bailarinas no puede variar: 21 centímetros entre pezón y pezón"

Loa Vahina: "Lloré mucho antes de los ensayos, luego terminé del todo enamorada"

Al día siguiente, el 16 de septiembre de 1994, el diario The New York Times publicó el siguiente texto: "Alain Bernardin, propietario del Crazy Horse Saloon, fue encontrado muerto en su oficina en lo que, aparentemente, parece un suicidio. Tenía 78 años. Trabajadores del club entraron en la oficina del señor Bernardin después de que este no apareciera para la primera función de la tarde y le encontraron muerto con un arma de fuego junto a su cuerpo, según explicó su socio Louis Camiret. No dejó ninguna nota de suicidio. El señor Bernardin, un pintor retirado, reivindicaba el desnudo como un arte. 'Encontré mi camino en la vida con una chica desnuda, Miss Fortunia', dijo una vez Bernardin. 'Fue al desnudarla una noche, tras una gala, cuando comprendí que en el cuerpo de una mujer era donde residiría mi fortuna".

El Crazy Horse abrió sus puertas hace 60 años (el 19 de mayo de 1951), cuando aquel francés nacido en Dijon e inspirado por el burlesque y la mítica cultura del saloon del viejo Oeste estadounidense comenzó a labrarse la leyenda que le sitúa hoy como el creador del strip-tease moderno. Fue precisamente la idea de traducir al gusto europeo lo que había visto en EE UU lo que le llevó a bautizar un amplio sótano de la avenida de George V, junto a los Campos Elíseos de París, con el nombre de Caballo Loco, jefe de la tribu sioux, uno de los más bravos guerreros indios. Un lugar ya mítico que tiene a gala haber sido anfitrión de personalidades como J. F. Kennedy, Madonna, Almodóvar, Spielberg y el mismísimo Elvis, por nombrar algunos de una lista casi interminable. Un lugar que ha seducido al documentalista y padre del llamado "cine directo" Frederick Wiseman en su última cinta, un retrato del club parisiense de dos horas de duración, que ha podido verse este año en los festivales de cine de Venecia, San Sebastián y Nueva York. Esta Navidad, la maison que se enorgullece de su refinamiento y elegancia llega por primera vez a España con un espectáculo titulado Forever Crazy, que, según sus creadores, "ha sido concebido como tributo a Alain Bernardin, preservando la herencia artística del mítico cabaré y añadiendo un toque de modernidad, humor y sofisticación".

"Lo encontraron muerto en ese mismo sofá en el que está usted sentado", confiesa al periodista Andreé Deissenberg, actual directora general del Crazy Horse. "Y no, sus más allegados no creen que se encontrara especialmente deprimido en aquellos días, ni enfermo... Mi opinión personal respecto al enigma de su muerte reside simplemente en que él tenía la sensación de que había cumplido su misión en el mundo y decidió marcharse. Tal vez incidieran los daños colaterales de la primera guerra del Golfo y cierta crisis económica, o que él veía que sus facultades físicas estaban mermadas. Pero yo creo que en su alma anidaba el convencimiento de que había concluido aquello por lo que había venido a este mundo".

Asistir a una representación del resultado de aquello por lo que un hombre "había venido a este mundo" supone una cura de prejuicios. A las ocho de la tarde de un otoñal, pero cálido, miércoles de noviembre, están ya ocupadas las 250 localidades con las que cuenta el Crazy Horse. Sobre las mesas, cubiteras transparentes iluminadas por un foco desde abajo en las que un abundante hielo cubre una botella de champán. La mayoría del público son hombres entrados en la cincuentena. Tan solo unas 40 mujeres acompañan a sus parejas. La primera fila está ocupada casi en su totalidad por hombres orientales. El rojo, los dorados, los espejos, la iluminación, los brillos del telón que todavía esconde el escenario, ayudan a un despliegue inicial de sospechas infundadas. Pero de pronto se apagan las luces, se levanta el telón y todo comienza a cambiar. Por la cabeza pasan los nombres de grandes de la fotografía que, sin duda, han inspirado gran parte de este show, como Helmut Newton, David Lachapelle, Bill Brandt, Richard Avedon y Vittorio Storaro. Casi todos los fetiches están: el ejército, las astronautas, las ataduras de bondage, la mucama, las ejecutivas agresivas, ciertos (pocos) tintes de lesbianismo... Pero es cierto que las 18 bailarinas evolucionan en cuadros que recuerdan la imaginería kitsch de los cincuenta y los sesenta, los títulos de crédito de las películas de James Bond o aquel vídeo de Addicted to love de Robert Palmer. Tanto, que es cierto el tópico: llega un momento en el que a uno se le olvida que las mujeres que tiene delante se desnudan. Al final del espectáculo, uno ha de admitir que donde reside realmente lo importante es precisamente en lo que viste a esas mujeres: las coreografías, las luces, los decorados, la intención, la seducción.

Tras la muerte de Bernardin, sus hijos Sophie, Didier y Pascal asumieron las riendas del negocio. En 2001, Le Crazy Horse emprendió un triunfal camino de vuelta hacia EE UU, el país que había obsesionado a su fundador, implantando la visión francesa y chic del desnudo femenino en el casino MGM Grand de Las Vegas. Pero la descendencia del creador no heredó la pasión femenina de su padre, y en 2005 los tres cachorros decidieron vender el negocio familiar. Es entonces cuando entra en escena Deissenberg, una profesional que venía de una experiencia de más de 12 años como responsable de mercadotecnia y ventas del Cirque du Soleil. Ella sería la encargada de modernizar Crazy Horse, destinado "a una audiencia más joven, no necesariamente masculina y que ame el glamour, la música, el diseño y la moda".

Podría tocarlo todo menos una cosa. El canon estético impuesto por Alain Bernardin respecto a los cuerpos de las bailarinas. "Deben medir entre 1,68 y 1,72 metros; la distancia entre los pezones ha de ser de 21 centímetros, y de 13 entre el pubis y el ombligo", confirma Deissenberg de carrerilla. "Ese es un legado intocable. Se trata de la marca de la casa. En EE UU le dan mucha importancia al pecho, pero en Francia le aseguro que lo más importante es el trasero. Aunque lo realmente importante es que hemos renovado por completo las herramientas con las que contamos para vestir a las chicas. Desde 2007 tenemos un nuevo sistema de sonido envolvente y de iluminación con proyectores de alta definición y otros elementos técnicos en los que este cabaré ha sido pionero".

Además, llamó a un hombre que ya conocía, al bailarín y coreógrafo francés Philippe Decouflé, un tipo acostumbrado a grandes encargos, como las ceremonias de apertura y clausura de los Juegos Olímpicos de invierno de 1992 en Albertine (Francia). Resultaba, además, ser el hombre perfecto para crear 10 nuevas coreografías que habían de desarrollarse en el minúsculo escenario del Crazy Horse (seis metros de ancho por dos de alto y tres de fondo, y que se trasladará tal cual a Madrid), pues se había especializado trabajando con el maestro estadounidense Merce Cunningham precisamente en eso: geometría, problemas de distancia, ilusiones ópticas y movimiento.

Como colaborador y codirector artístico, fichó al polifacético y exigente fotógrafo, cineasta y artista plástico Ali Mahdavi, toda una leyenda en París. Llega casi una hora y media tarde a su cita con El País Semanal. En París hay huelga de metro y dice haber estado atrapado en un atasco. Aparece vestido de negro riguroso y, tras saludar, se despacha de un solo trago un whisky doble con hielo. "Hoy ha sido un día muy triste", se excusa. "Vengo del funeral de Loulou de la Falaise, la musa indiscutible de Yves Saint Laurent, con la que trabajé mucho en fotografía y moda, y estoy destrozado". Mahdavi es un ser extraño que habla por los codos, pero con un universo interior que impregna todo el espectáculo. "Uno de los viajes más bonitos de mi vida han sido mis 17 años de psicoanálisis. Los procesos de creación no son fáciles, y Crazy Horse ha sido una de las grandes obsesiones de mi vida. Fue algo que me poseyó desde el primer día. No exagero nada si le digo que temblé de emoción y comencé a venir una noche detrás de otra. Pude ver este show más de 200 veces, se lo aseguro. Y les forcé a que me contrataran. No paré hasta que me dieron la oportunidad. Tengo la suerte de ser muy amigo de Dita von Teese (exmujer de Marilyn Manson y reina indiscutible del burlesque contemporáneo), que fue una de las estrellas invitadas por el Crazy Horse y me dejó hacerle un número. Tuvo tanto éxito, que Andreé Deissenberg me permitió ser el codirector artístico del nuevo espectáculo".

No todas las primeras aproximaciones a esta casa han sido siempre tan fáciles. Loa Vahina (nunca se da el nombre real de ninguna de las bailarinas para preservar su intimidad) tiene 26 años y es francesa. Lleva seis trabajando en el Crazy Horse: "La primera vez que vi el show pensé que no era un trabajo para mí. Era muy tímida. Así que antes de los ensayos lo pasé un poco mal... Lloré mucho. Pero mis amigos me convencieron para que probara, que viera de qué se trataba y decidiera después de saber a qué me estaba enfrentando. No has de firmar de entrada tu contrato. Tienes dos meses de ensayos y entrenamiento, y le aseguro que terminé enamorándome del todo de este espectáculo. Así que, ya ve, aquí me tiene seis años después y con ganas de estar mucho tiempo".

¿Y qué hay de las críticas feministas contra este espectáculo? Contesta la bailarina Dita Novita, de 22 años: "No puedes discutir o hablar con gente que tiene una imagen preconcebida de lo que es este espectáculo sin haberlo visto. Sobre todo porque lo que tienen en la cabeza es sencillamente un error tremendo. No puedes criticar al Crazy Horse sin haber venido. Si vienen, seguro que cambiarán de opinión".

El espectáculo 'Forever Crazy' estará en Madrid, en los Teatros del Canal, del 21 de diciembre al 8 de enero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de diciembre de 2011