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Crítica:LAS COLECCIONES DE EL PAÍS

El burdel de la memoria

Después del inusitado éxito de su primera novela, La ciudad y los perros, publicada en 1962, Mario Vargas Llosa tenía delante un reto inmenso. Su carta de presentación literaria había sido coronada en pocos meses con el premio Biblioteca Breve y, al año siguiente, con el de la Crítica Española. El impacto que tuvo cambió por completo no solo el panorama de la literatura peruana, sino que llamó la atención internacional sobre un fenómeno que venía cuajando en distintos rincones del continente, más tarde conocido como el "boom de la literatura latinoamericana".

Instalado primero en el hotel Wetter, en el barrio Latino de París, y después en una modesta buhardilla de la Rue de Tournon, el joven autor encaró el desafío de una segunda novela que estuviera a la altura de la primera, con entrega, disciplina y las ideas muy claras. El escritor tenía un modelo, un guía: William Faulkner. El mundo áspero y preciso, de rencores contenidos, negras pasiones, secretos de familia y violencia brutal daban tono a la atmósfera que él quería reproducir.

Biblioteca Vargas Llosa, mañana con EL PAÍS, por 7,95 euros

'La casa verde' alterna lugares y secuencias en una dinámica trepidante

Mario Vargas Llosa conocía bien los escenarios peruanos de su nueva novela. Eran los terrenos áridos de los alrededores de la ciudad norteña de Piura, donde pasó algunos años de su niñez. Una vida provinciana de personajes esculpidos por las costumbres y prejuicios más arraigados. Se tituló La casa verde y tardó tres años en terminarla.

La casa verde es el nombre de un prostíbulo. Levantada en un arenal por un forastero de oscuro pasado, don Anselmo, esta "casa de placer" se convierte pronto en meollo de conflictos y tragedias que terminan con su destrucción. Años después el burdel será reconstruido y abierto con el mismo nombre por una mujer de carácter, La Chunga.

Paralelamente se desarrollan las historias de otros personajes, como el sargento Lituma (que el escritor retoma más tarde en otras novelas como Lituma en los Andes y ¿Quién mató a Palomino Molero?, además de la obra teatral La Chunga) junto a su pandilla de amigos desalmados conocida como Los inconquistables. El tercer eje de la narración recae en la historia de Fushía, un despiadado bandolero de origen japonés que opera principalmente en la selva amazónica peruana. Santa María de Nieva, una factoría y misión religiosa perdida en el corazón de la Amazonia, es el segundo escenario de la novela.

El entramado de esta obra (que publica mañana EL PAÍS dentro de la colección Biblioteca Vargas Llosa) es complejo y los personajes numerosos.

El joven Vargas Llosa -por entonces no llegaba a los 30 años- maneja con seguridad un mundo que absorbe completamente al lector y es capaz de sostener su atención a pesar de las arriesgadas técnicas narrativas que utiliza. En ocasiones va alternando secuencias que ocurren en momentos y lugares distantes creando una dinámica trepidante.

Estos recursos no son gratuitos, forman parte del creciente "ruido y furia" del relato. Lo que parece, por momentos, un laberinto no es sino una sólida construcción perfectamente resuelta. Hay novelas destinadas a subsistir con idéntico brillo a lo largo del tiempo. La casa verde es una de ellas. Publicada en 1966, obtuvo el Premio Rómulo Gallegos, la principal distinción de las letras latinoamericanas.

Sobra decir que Vargas Llosa no solo superó el desafío que se había planteado, sino que a partir de entonces seguiría dando pasos igual de firmes y deslumbrantes en una carrera literaria que continúa hasta ahora y que el año pasado le valió el Premio Nobel.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de noviembre de 2011