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Crítica:

Moralina a bocajarro

El espectador con cierta memoria de los dislates y matrimonios contranatura propiciados en la era dorada de las coproducciones no puede sino arquear la ceja cuando contempla la composición de ciertos repartos. En De mayor quiero ser soldado, Danny Glover, Robert Englund y Valeria Marini encarnan, respectivamente, al director, al psicólogo y a la profesora de un instituto que se pretende estadounidense, pero que, en realidad, es, de manera harto reconocible -no ha habido maquillaje infográfico para tapar el rótulo-, el Colegio Alemán Barcelona de Esplugues de Llobregat. En otra secuencia, un coche con matrícula de Connecticut se detiene ante un semáforo inconfundiblemente barcelonés.

DE MAYOR QUIERO SER SOLDADO

Dirección: Christian Molina.

Intérpretes: Cameron Antrobus, Fergus Riordan, Robert Englund.

Género: thriller. España-Italia, 2010.

Duración: 100 minutos.

La imposible suspensión de la incredulidad, generada tanto por el pintoresco elenco como por la dislocación de sus escenarios, no es, en realidad, el mayor problema de este cuarto largometraje de Christian Molina: lo peor es, sin duda, la naturaleza de su discurso, una descarga de rancia moralina a bocajarro que, de hecho, contrasta con la polémica generada por su campaña publicitaria. Si Molina y su coguionista Cuca Canals están tan preocupados por la sobreexposición de la infancia a imágenes violentas: ¿por qué ese empeño en anunciarse en el espacio público con un icono -un niño que se coloca un arma en la sien- que ni siquiera aparece como tal en la película? Molina utiliza una caligrafía subAmblin para construir su moraleja unidimensional, sin reparar en que ahora el problema es otro: la tele ya no transforma al niño en psicópata, sino en consumidor patológico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de octubre de 2011