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Crítica:68ª EDICIÓN DE LA MOSTRA DE VENECIA

La hija de Michael Mann clausura dignamente la notable Sección Oficial

El director Michael Mann está en Venecia. No figura ninguna película suya en la programación ni su estancia aquí obedece a unas vacaciones. Lógicamente, periodistas auténticamente cinéfilos que saben de la enorme personalidad de este hombre, creador de al menos tres incontestables obras maestras centradas en el género de aventuras, el cine negro y el periodismo como son El último mohicano, Heat y El dilema, poseedor de una fuerza visual, una narrativa y una complejidad moral que le emparenta con los grandes clásicos del pasado en el cine estadounidense, han intentado sin éxito entrevistarle, lograr que alguien que se expresa primorosamente con la cámara pero que siempre es parco en sus manifestaciones hable en profundidad de su obra y de sus proyectos. No ha habido forma. Michael Mann ha acudido a la Mostra por una razón muy poderosa, para apadrinar Texas killing fields, que es la ópera prima de su hija Ami Canaan Mann y en la cual este figura como productor ejecutivo.

'Texas killing fields' no abusa de las pretensiones de autoría, pero sí posee un tono sombrío

Imagino que dedicarte al mismo arte de tu padre cuando este ha demostrado ser un insuperable virtuoso implica inseguridad y miedo, la certeza de que siempre te van a comparar con él, te van a observar con lupa aunque sea injusto. Texas killing fields no abusa de las pretensiones de autoría ni intenta redimir al mundo, pero sí posee un tono sombrío, una cámara que se mueve con estilo pero que nunca es gratuita ni exhibicionista y una historia muy negra resuelta con cierto talento. Basada en hechos reales, describe la investigación de dos policías de una serie de asesinatos de niñas que andaban a la intemperie o que sobrevivían en familias disfuncionales. Sospechas que Michael Mann ha estado muy encima en la gestación y en desarrollo del primer largometraje de su cachorra, pero también constatas que ella tiene un talento autónomo para moverse con soltura y hacer entendible esta crónica de la maldad. No es una película deslumbrante pero sí digna, con suspense, con una atmósfera opresiva.

El director ruso Alexander Sokurov se había ocupado anteriormente en un cine que a mí me resulta indigerible de la naturaleza, las sombras y el peligro que representa el poder absoluto en sus lóbregos retratos (el color con el que están concebidos exige demasiado esfuerzo a la vista, no es que sean voluntariamente oscuras, sino que a veces te cuesta un montón distinguir lo que ves en la pantalla) de Hitler, Lenin y el emperador Hirohito. En Fausto prosigue ese discurso adaptando en su estilo a Goethe. Es una película insufriblemente retórica, espesa en sus imágenes y en sus diálogos, complementada por una voz en off que va vomitando la retorcida visión del protagonista sobre las personas, los sentimientos y las cosas.

El jurado, presidido por Darren Aronofsky, autor de un cine tan personal como a veces esotérico, va a tener complicado decidir el palmarés ante la cantidad de heterodoxo talento que han exhibido numerosas películas de la Sección Oficial. Resulta transparente la calidad que acompaña a las obras de Roman Polanski, Steve McQueen, George Clooney, David Cronenberg y Tomas Alfredson, entre otros. Pero los jurados acostumbran a dar desagradables sorpresas, a sentir antipatía por la lógica, a promocionar todo lo que huela a experimento caprichoso e intelectualismo forzado. Esperemos que se imponga la sensatez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de septiembre de 2011